jueves, mayo 05, 2016

«S.O.S.», de ABBA



Where are those happy days, they seem so hard to find
I tried to reach for you, but you have closed your mind
Whatever happened to our love?
I wish I understood
It used to be so nice, it used to be so good

So when you're near me, darling can't you hear me
S. O. S.
The love you gave me, nothing else can save me
S. O. S.
When you're gone
How can I even try to go on?
When you're gone
Though I try how can I carry on?

You seem so far away though you are standing near
You made me feel alive, but something died I fear
I really tried to make it out
I wish I understood
What happened to our love, it used to be so good

So when you're near me, darling can't you hear me
S. O. S.
The love you gave me, nothing else can save me
S. O. S.
When you're gone
How can I even try to go on?
When you're gone
Though I try how can I carry on?

So when you're near me, darling can't you hear me
S. O. S.
And the love you gave me, nothing else can save me
S. O. S.
When you're gone
How can I even try to go on?
When you're gone
Though I try how can I carry on?
When you're gone
How can I even try to go on?
When you're gone
Though I try how can I carry on?

Lectura de 5 de Mayo de 2016 a las 1200 horas



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miércoles, mayo 04, 2016

Viajar fuera de la Tierra sin seguro de vida

Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins, tripulación
de la misión Apolo XI
Cualquier persona que comience a leer este artículo, por necesidad o por fuerza, ya sabrá lo que es dejarse engatusar por bellas y dulces palabras, ideadas por un eficaz equipo de publicistas, y con las que ha acabado contratando una póliza de seguros que cubra casi cualquier eventualidad que le rodee. Ya le resultarán familiares o conocerá el significado amplio de términos como tomador, aseguradora y asegurado, prima, condiciones generales, franquicia… y, hasta es probable, que haya tenido el disgusto de saber qué se oculta en el reverso de la medalla tras comunicar un siniestro en un momento como en el actual, en el que las compañías de seguros entienden que todo parte es un instrumento potencial de fraude.

Entre las diversas clases de pólizas destaca la de vida. Cubre, paradójicamente, la muerte del asegurado y, aunque el dinero no hace que vuelva nadie del Otro Lado, permite que los beneficiarios puedan pasar el trago sin estreches económicas; casi a modo de premio de consolación.

Durante los primeros años de la carrera espacial en la NASA, concertar seguros de vida para los astronautas tendría que haber sido una práctica habitual, pues recibir tal cobertura forma parte del paquete de prestaciones propio para todos los funcionarios públicos de la Administración federal de los Estados Unidos de América; sin embargo, casi nadie contaba con el serio inconveniente que supondría pagar las primas una vez llegados al programa Apolo. Por supuesto, había entidades aseguradoras dispuestas a brindar un paraguas a estos hombres, pero nadie podía hacer frente a las económicas exigidas por éstas. Como ejemplo, contamos con la relación entre el sueldo anual de Neil Armstrong como astronauta, el primero hombre en pisar la Luna, y prima de seguro que le correspondería: frente a un salario anual de 17.000 $, la prima anual suficiente para cubrir la contingencia ascendería a 50.000 $.

Como hemos dicho, absolutamente nadie podía hacerse cargo, con su salario, de semejante importe, fijado de forma objetiva ante el alto porcentaje de probabilidades de un fallo catastrófico durante el desarrollo de las misiones a la Luna; y el pago de la prima al seguro era casi, si no superior, a la cantidad que percibirían los beneficiarios en caso de muerte.

Hallar la solución a tan peliagudo problema no fue tarea para tomársela a broma. Ser astronauta ya supone vivir en constante tensión y estrés, algo a lo que no son ajenas las familias, que reciben un golpe psicológico incluso mayor, teniendo por esposo/a y padre/madre a un/a completo/a desconocido/a, mudanzas que no parecen tener fin, desilusiones constantes y el miedo a la pérdida; por lo que, en aquellos primeros años de exploración, ante el peor de los escenarios posibles, el ingenio primó. Esos seguros de vida alternativos lo proporcionaron los propios buscadores de curiosidades y fanáticos de la carrera espacial, asiduos coleccionistas de memorabilia de las misiones. ¿Cuánto podría valer una fotografía autografiada por la tripulación del Apolo XI en caso de fallo catastrófico? Seguramente varios cientos de dólares de la época como poco.

Durante el periodo marcado de cuarentena previa al lanzamiento, los astronautas se dejaron las huellas dactilares y un callo en el dedo corazón apretando bolígrafos y firmando de todo: fotografías, sobres de primer día, etc.; un autógrafo era un seguro de vida tangible, a la par que sombrío, pero necesario, y todo el material firmado fue confiado a las personas correspondientes y a las familias, por si acaso.

Uno de los objetos más interesantes que podemos encontrar son los sobres de primer día de circulación (aunque no eran tales en este caso, ya que estaban preparados por aficionados y no por el Servicio postal), conmemorativos de la misión. Material filatélico con valor de coleccionista que, tras ser autografiados, se dejaba bajo custodia de los familiares de los tripulantes.

Si buscamos por Internet ejemplares con la firma de la tripulación del Apolo XI, daremos con algunos cuyo valor de venta se cifra en 5.000 US Dólares, lo cual nos proporciona una rotunda imagen de lo que suponían en su momento, en 1969.

Lectura de 4 de Mayo de 2016 a las 1200 horas



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4 de Mayo de 2016



martes, mayo 03, 2016

Guardia de cine: reseña a «Marte», de Ridley Scott

Título original: «The Martian». Año: 2015. Color. EEUU-RU. 144 Minutos. Thriller-Ciencia ficción. Dirección: Ridley Scott. Guión: Drew Goddard (basado en el best-seller de Andy Weir). Elenco: Matt Damon, Jessica Chastain, Sean Bean, Kristen Wiig, Jeff Daniels. 

Antes que de que se distribuyera la cinta de «Blade Runner» por las salas de proyección, donde se esperaba con zozobra la siguiente obra del director de «Alien», se procedió a realizar (como es sana costumbre en la Industria) a tantear al respetable sobre el montaje en cuestión en distintos pases previos. Aquellos primeros y afortunados espectadores se levantaron de sus butacas, al de dos horas, con las retinas dilatadas ante el despliegue visual servido con elegancia en la gran pantalla; sin embargo, absolutamente nadie ocultó su malestar en las fichas de opinión: no se habían enterado de la misa la media, ni siquiera los que habían leído antes la obra de Philip K. Dick en la que el guión se inspiraba («Sueñan los androides con ovejas eléctricas?»). Pocos hubo que se sintieran de forma distinta a pulpos en un garaje.

Ridley Scott se vio obligado a dar el brazo a torcer al desbordarse las salas de reuniones con productores que se arrancaban mechones de pelo: no quedó otra que introducir comentarios de Rick Deckard en off, explicando aquí y acullá la jugada, pues el director se pasó, quizá, un poco de rosca y de criptográfico (para su alivio, pudo hacer y deshacer años después, razón por la cual tenemos seis versiones distintas del filme, si es que no me he dejado ninguna atrás).

Pues otro tanto de lo mismo puede suceder con «The Martian», aunque ya hay pocos productores capaces de soplarle a Scott. La cinta adolece de no pocas carencias para el público que no se haya trasegado la obra de Andy Weir y que necesita verse apoyado con más comentarios en off. Bueno es que no se nos dé la tabarra con el tema de las patatitas, pero se va a tal velocidad en el silencio durante las primeras decenas de minutos, que la gente que estaba a mi lado no se enteraba de nada. Se abandona al espectador en el más frío y desolador escenario, sin permitirle conocer en toda su extensión la verdadera odisea a la que se enfrenta el astronauta Mark Whatney durante los primeros días (soles) o cuando decide recuperar el aparato Pathfinder. Tan solo se suceden las fechas y como si nada: don’t worry, be happy, y nada más lejos de la realidad (ficción novelada). Cualquiera que haya leído «El marciano» me entenderá.

Y a esta lamentable sequía de información de apoyo para pulpos de garaje de primer curso, ha de unirse la simplificación hasta el extremo de la narración original del libro en su extrapolación a la gran pantalla, pues parece que al bueno de Whatney no le cuesta gran trabajo aguantar el trámite con un poco racionamiento de comida y un par de contratiempos bien simplones. Se nos priva de saber de su lesión de espalda cuando estalla el Hab; tampoco se explica porqué dedica un buen esfuerzo y tiempo en desmantelar medio rover a base de taladrazos (que en el libro lo hace con un taladro tamaño martillo neumático, pues no es tan fácil como hacer agujeros para colgar un cuadro de la pared); cuando se carga el sistema de comunicaciones de la Pathfinder y ha de comunicarse con la Tierra a base de puntos y rayas… Incluso sus viajes de cientos, cuando no de miles, de kilómetros en el rover se ilustran como paseos campestres (oh, Dios, no lo fueron, me acuerdo bien: ¿Dónde están la tormenta y el accidente que hizo volcar el rover cuando llega al cráter Schiaparelli?).

La simplificación sigue avanzando por un camino torcido, afectando, por ejemplo, a la naturaleza y extensión de la colaboración de la agencia espacial de la República popular de China, con la cesión del cohete Taiyang Shen (aún menos que en el libro, que ya es decir). De sus consecuencias positivas sabemos gracias a los títulos de crédito finales, pero nada se nos dice de las negativas, que las hubo. 

Simplificación que afecta incluso a personajes tan claves (y divertidos) en el texto de la novela como son Mitch Henderson o Annie Montrose, director de vuelo y responsable de relaciones con la prensa de la NASA respectivamente; ambos demasiado descafeinados y correctos, dejando de ser contestatarios y beligerantes, llegando incluso a trasladarse parte de la personalidad de Mitch a Ted Sanders, director de la NASA, por lo que el tipo que interpreta Sean Bean pasa a ser débil e inseguro y el de Jeff Daniels a menos pusilánime

Por su parte, Annie, en cuanto a diálogos, es rebajaba con agua para encajarla a la perfección y sin fricciones en un lenguaje políticamente correcto (extremo éste último que se replica como un virus, afectando incluso a los tripulantes de la Hermes y al rescate final de Whatney).

Lenguaje y comportamiento políticamente correcto para nuestros delicados oídos. ¿Por qué no se comenta el plan en caso de que la Hermes fracasara en la recogida de la Taiyang Shen? ¿Demasiado peliagudo introducir la incógnita del fracaso y el posterior canibalismo? ¿Por qué el humor negro ha desaparecido? Me acuerdo perfectamente de la escena en la que el protagonista se pregunta si habrá páginas web conectadas a los satélites de la NASA y que se titulen See Mark Whatney to die.

La película pudo haber salvado la insustancialidad del texto novelado en cuanto al trasfondo personal de los miembros de la misión ARES 3, pero ni siquiera eso. 

Parece como si Scott se paseara como un elefante de puntillas, que deshoja sin piedad el árbol de «El marciano». 

Pero, si apartamos la mirada de todos estos raspones en la pintura de «Marte», nos encontraremos con un producto técnicamente impecable y con unas decisiones por parte del director muy acertadas. Particularmente, me ha encantado el empleo de las minicámaras distribuidas en trajes, habitáculos y vehículos para escudriñar a Mark Whatney. Es una película que va ganando enteros e interés a medida que se desarrolla, incluyendo un acertado final que sí completa el vacío narrativo en el que nos deja la novela en su última página.  

A ese nivel nada podemos objetar salvo algunas fruslerías en las que no vamos a perder el tiempo. Es una película mejorable y que, ojalá, permita a Scott poner a la venta otro de sus dignos montajes del director, pues sus dos horas y pico no dan para mucho.

No quisiera dar por finalizar esta reseña sin hacer una breve mención a la banda sonora original e instrumental de la película. He de confesar que me gusta mucho pincharla y escucharla en el trabajo; ciertas piezas se me antojan como dignas y útiles para amansar fieras en pleno ataque de estrés, pero he de acusar con el dedo bien estirado al compositor Harry Gregson-Williams de presentarnos a los oídos una obra carente de toda originalidad. No pretendiendo ser hiriente, he encontrado cuatro pistas que me recuerdan (sin comillas) a las bandas de otros cuatro filmes, cuyos títulos me los guardo para mí (pero ésta no es una opinión única en la Red, así que los curiosos podréis buscar y encontrar por ahí); incluso he dado con una pieza que es prácticamente igual a una que se esconde en uno de mis viejos cds de música instrumental folk de la Coste Este de los EEUU.

Pero nada de sangre; lo dicho. Digamos que cumple con su cometido, pero no ensalza la película a la que se funde hasta hacer única en el apartado sonoro.

Ahí queda eso.

Lectura de 3 de Mayo de 2016 a las 1200 horas



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3 de Mayo de 2016



jueves, abril 28, 2016

«Purple Rain», Prince



Aunque con una semana de retraso, hacemos nuestro propio homenaje a Prince.

I never meant to cause you any sorrow
I never meant to cause you any pain
I only wanted one time to see you laughing
I only want to see you laughing in the purple rain

Purple rain Purple rain
Purple rain Purple rain
Purple rain Purple rain

I only want to see you bathing in the purple rain

I never wanted to be your weekend lover
I only wanted to be some kind of friend
Baby I could never steal you from another
It's such a shame our friendship had to end

Purple rain Purple rain
Purple rain Purple rain
Purple rain Purple rain

I only want to see you underneath the purple rain

Honey I know, I know, I know times are changing
It's time we all reach out for something new
That means you too
You say you want a leader
But you can't seem to make up your mind
I think you better close it
And let me guide you to the purple rain

Purple rain Purple rain
Purple rain Purple rain

If you know what I'm singing about up here
C'mon raise your hand

Purple rain Purple rain

I only want to see you, only want to see you
In the purple rain

Lectura de 28 de Abril de 2016 a las 1200 horas



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martes, abril 26, 2016

Guardia de Literatura: reseña a «El marciano», de Andy Weir

Autor Weir, Andy; traducción de Guerrero, Javier.
Series Nova (Ediciones B):
Editor: Barcelona : Ediciones B, 2014
Descripción: 407 p. ; 23 cm.
ISBN: 978-84-666-5505-7.
¿Qué formula magistral debemos conocer para extraer de nuestra mente de escritores lo que se viene llamando comúnmente un best-seller? ¿Qué notas de la partitura debemos aprender para lograrlo? ¿Qué detalles sirven a los agentes literarios y a las editoriales para saber que lo que tienen entre manos es oro puro? Al igual que con aquellos elementos nacidos de la llegada de la Red de Redes a todos los hogares y que se hacen llamar virales (un término un tanto confuso), nadie sabe qué sustancia ha de rezumar un texto para que se convierta en un éxito de ventas. Por muchas cábalas que hagamos, nos encontramos frente a una pizarra negra sobre la que alguien ha escrito una incógnita imposible de desvelar para dar con la solución a la ecuación.

«El marciano» es un best-seller atípico y que muestra hasta la extenuación lo que he querido condensar en el anterior párrafo, siendo que en su propia génesis radica su extrañeza y, también, su encanto. Andy Weir no se sentó un buen día delante del ordenador para escribir la gran novela que encandilara a un posible agente literario y para recibir los mimos del mundo editorial. No. Por una razón publicada a medias o que se mantiene soterrada por completo (pues un autor atesora un sinfín de secretos en los bolsillos de la creatividad), este hombre se puso manos a la obra con un diario que publicaba por Internet, un blog sobre las aventuras y desventuras de Mark Watney, un miembro de una ficticia misión a Marte que es dado por muerto y abandonado en el planeta por motivos de mera y científicamente calculada supervivencia. Mark está vivito y coleando en una isla y en una situación que deja al bueno de Robinson Crusoe en paños menores.

Weir tira de sus conocimientos como ingeniero y de su pasión por el espacio para ir creando, post a post, una historia en la que un hombre se enfrenta a un medio extremo y hostil en todos los sentidos. Todo en Marte es mortal de necesidad. Y Weir fue escribiendo para quien le quisiera leer en la comodidad de su casa y de forma gratuita, sin esperar en ningún momento que alguien se tomara en serio su pequeño pasatiempo. Lo mismo le daba que no le leyera ni su bendita madre; escribía por el mero placer, sin espera un cambio en su vida. Y ahí es donde radica lo bonito de esta obra que nace desprovista de artificios, de ínfulas o de ganas de agradar. Weir tan solo quiere pasar el rato divagando sobre los problemas reales de una situación límite que se podría dar en un futuro cercano; sin embargo, se sorprendió al verificar el contador de visitas a su blog: a los pocos meses era seguido por una legión de lectores y muchos hasta le animaban a autopublicar un libro con sus entradas. Weir alucinaba con la respuesta de esos desconocidos en la Red a su inocente divertimento pues, aún pudiendo leerlo gratis, la gente prefería pagar el precio (irrisorio) de venta en plataforma.

Sin ser su intención, nació un best-seller de la novela de ciencia-ficción moderna.

A pesar de que es una lectura dura y científica —en la que la profusión de datos, cálculos y conjeturas hace que se le nuble la visión a aquellos que hemos desviado nuestras inquietudes académicas hacia el campo de las Letras—, la narración, simple en sí, nos empujar a continuar leyendo, entrada de diario tras otra. Lo agobiantes que pueden ser sus matemáticas de servilleta o la posibilidad de llegar a gritar en público o en privado una frase como la siguiente: «estoy hasta las pelotas de ti, Watney, y de tus putas patatas» (no le sobra ni una sola letra), no impide que sigamos página a página. ¿Cuál es el secreto? ¿Entradas de corta duración y rápida lectura? ¿El sentido del humor del protagonista? No lo sé. Quizá querer saber cómo se salvará Mark (o cómo morirá).

El autor se identifica con su protagonista principal en varias ocasiones, algo que se nota en sus conocimientos de ingeniería compartidos, pues la botánica y el experimento con las patatas bien pronto quedan en el olvido, probablemente porque el dominio de este campo del hombre en la Tierra se agota con rapidez, dejando que el MacGyver se pasee feliz y libre sobre Marte. Esto se nota a la legua y, curiosamente, nos da un respiro en este aspecto de la historia.

Sin embargo, si tengo que revelar qué parte del libro me ha gustado más, es cuando dejamos a Watney, con lo suyo en Marte, y pasamos a una narración omnisciente, en la Tierra. Con la misma sencillez y dejando que los personajes hablen (a destacar el malencarado director de vuelo Mitch Henderson o la tímida controladora de satélites Mindy Park), el libro se hace más llevadero y permite que adquiera fondo, pues si solo se compusiera de posts de blog sería imposible de tragar y nos privaría de muchos aspectos clave de la trama, como es la forma en la que piensa la NASA rescatar al náufrago más solitario de la Historia de la Humanidad y cuyo día a día es observado constantemente por satélites en la órbita del planeta rojo como en un particular «Show de Truman».

Esta combinación permite cerrar un círculo que podría adjetivarse como de casi perfecto, mas también es posible dar con diferentes taras a lo largo de la narración: por un lado, a pesar de que estemos año y medio en Marte, pegados a la chepa de Watney, apenas acabamos sabiendo nada de su vida personal. Sí, es un tío cojonudo, cuyas mejores herramientas de supervivencia son su ingenio y su humor, pero casi no hay nada más. Otro tanto sucede con sus compañeros de misión, siendo que el personaje al que más jugo se le saca sea a la comandante Lewis, y más bien por su obsesión casi malsana por todo lo que sepa, huela y suene a la década de 1970 y ya está. Parece ilógico que tan poco se desvele de hombres y mujeres que se tiran años en el espacio exterior y de un tipo que está haciendo de las suyas y, de paso, Historia. 

No se encuentra en los personajes un desarrollo real y muchos parecen la misma persona; sus líneas de diálogo lo mismo podrían haber ido a parar a una boca que a otra. Y, respecto a las tramas secundarias, como la intervención china con su cohete, casi es anecdótica y por culpa de las prisas excesivas de la NASA en determinado momento. Personajes y escenas que se pierden en el vacío; por no decir que carecemos de referencias de la repercusión en la sociedad de la odisea de Mark Watney.

Tampoco la composición del diario es constante. Entiendo a la perfección la forma de escribir que ha adoptado Weir con «El marciano», pues yo mismo la experimenté con mi primera novela, pero es chocante que en un punto de la narración, tras una rutinaria y exhaustiva relación de entradas, el protagonista deje esta tarea durante 164 soles (si no me equivoco), así, como si tal cosa, como si no viniera a cuento. Durante esta interrupción se introducen escenas en Houston y Pasadena, pero nadie se molesta en decir ni pío al otro lado. ¿Habría que tenérselo en cuenta? De nuevo: no lo sé.

Weir es un buen narrador, descubierto por accidente, pero demuestra, aún con las generosas alabanzas que ha recibido desde medios especializados, que es un neófito en esto de escribir y que tiene que apuntarse como miembro de nuestro querido y abarrotado club de aprendices de escritor. Posiblemente lo que equilibra la balanza en «El marciano» sea su tenso y espectacular final, muy bien llevado y que te deja en el más absoluto desasosiego e impotencia del mero espectador.

Novela de ciencia (pues la ficción está solo en una historia que aún no ha sucedido) que atrapa por su sencillez, por su humor y porque reaviva esa necesidad final de la Humanidad por la conquista del espacio.

Lectura de 26 de Abril de 2016 a las 1200



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26 de Abril de 2016




miércoles, abril 20, 2016

Breve referencia a la Travesía de la Galera de Pontevedra

Podría admitir (y lo admito) que la calle en sí carece de todo atractivo para el sentido de la vista. Su aspecto, medio abandonado y carcomido por un urbanismo desaprensivo, nos obliga, guardando nuestras espaldas del paso del vehículo de algún residente, a pasar de largo y correr hacia espacios de mayor atractivo en la ciudad de Pontevedra.

Desde la primera vez que oí hablar de esta calle o travesía, ubicada entre la Avenida del Uruguay y Arzobispo Malvar, y me dejé caer por ella, se sentí intrigado por esa referencia nada velada a una galera: Travesía de la Galera

Como en muchas otras tantas ocasiones, nuestro conocimiento acerca de los misterios que encierran las placas que nombran a nuestras calles es insultantemente limitado; paseamos sobre sus adoquines con la despreocupación natural de simios ajetreados que tienen mejores cosas en las que emplear el tiempo. Puede que sea la mejor opción para no llenarnos la cabeza con datos que no poseen la bondad de variar superficialmente o de hacer más placentera nuestra fugaz estancia en esta enorme calabaza azul; pero aferrarnos a tan apática opción es una traición imperdonable hacia todos los que nos precedieron. Será ésta la evidencia más evidente de que “polvo eres y el polvo te convertirás”.

La Travesía de la Galera hace referencia a un navío para la Marina de Castilla (una galera, para más señas) que se construyó en los peiraos (muelles) de Pontevedra hace varios siglos y que fue abandonado intencionadamente por sus constructores, dejándolo que se pudriera. Este hecho, por lo visto, aconteció en tiempos del reinado del rey Sancho IV, El Bravo (1284-1295), hijo de Alfonso X, El Sabio, y Violante de Aragón. 

Ya por el s. XIII, la ciudad de Pontevedra (al contrario de lo que ocurre con la decadencia actual a la que estamos condenados por regidores que solo tienen la mirada puesta en los campos y dan la espalda al mar desde hace decenios), era conocida por las labores de construcción naval, aparte de por la industria principal del salazón de pescado (en la misma calle aún se conservan las ruinas de un alfolí, como podéis comprobar mediante las fotografías que acompañan a este texto).

Si atendemos al tríptico redactado e impreso en tiempos recientes por la Asociación de Vecinos de San Roque de Pontevedra y que ha sido titulado como «Roteiro das Moureiras», el detalle que acabo de resaltar lo mencionan muy de pasada, dando más peso verídico a que el nombre de la travesía se debe a la existencia, en tiempos, de una cárcel para mujeres. La relación perfecta entre el presidio para féminas y la galera, de momento, se nos escapa (más allá de lo de la "condena a galeras").

Yo, por mi parte, tirando de la lengua a fuentes locales más versadas, doy por cierta la existencia en siglos pasados de una galera abandonada en ese punto del río Lérez y de la razón de tal abandono: una protesta contra ciertos edictos reales firmados por Sancho IV, quien primaba la construcción de galeras, algo por lo que los carpinteros pontevedreses no estaban por la labor de pasar por el aro, pues estaban más interesados en potenciar el comercio de la pesca y conservación mediante el salazón.

La protesta terminó con el desquite de los carpinteros, quienes construyeron y remataron la embarcación para, luego, dejarla abandonada e inservible.

Sin embargo, ¿fue así? Quizá, para no marearme y marearos (dando punto a este pequeño artículo), vamos a la página 61 de la obra firmada por D. Celso García de la Riega «La Gallega, nave capitana de Colón en el primer viaje de descubrimientos» (1897, imprenta de la viuda de J. A. Antúnez, Pontevedra) y al siguiente párrafo:

«La construcción naval no era en Pontevedra industria naciente a mediados del siglo XV, sino arraigada de antiguo. Lo prueba la confirmación del privilegio de exención del impuesto de la galea por D. Alfonso XI en Toro, a 22 de Agosto de 1316 […] pues se refiere al hecho de que el rey D. Sancho dispuso que la galera construida en Pontevedra para pagar, por fuerza mayor, dicho impuesto, no saliera de su puerto y se pudriera en él; de modo que en el siglo XIII se construían galeras en la expresada villa. […]».

Lectura de 20 de Abril de 2016 a las 1200 horas



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20 de Abril de 2016



martes, abril 19, 2016

Guardia de televisión: reseña a «True Detective», segunda temporada

En el momento en el que doy comienzo a esta reseña, no hace ni veinticuatro horas que he terminado de visionar el octavo y último capítulo de la segunda temporada de la celebrada serie de televisión «True Detective». Reconozco (como si en verdad hiciera falta decirlo) que llego tardísimo a la fiesta con mis comentarios bajo el brazo; el resquemor que causó esta segunda historia entre los delicados críticos profesionales y no tan profesionales se encuentra ya un tanto agotado y es un eco al que muy pocos se molestan en prestar sus ociosos oídos. En aquel entonces, meses atrás, las columnas de los periódicos y blogs se cubrieron de muertos con rostros espantosos; de funestas reseñas y quejas un tanto exacerbadas e infantiles, entonadas a coro, cuando no a gritos, cómo no. Y es que, ¿dónde había quedado la fórmula de la primera temporada, la canción suave de los títulos de crédito iniciales, la pesada cortina del miedo, los pegajosos bosques de Luisiana, todo, absolutamente todo? Si os soy sincero, y es esta es mi opinión que poco o nada vale, aquellos que os sintáis aludidos a este respecto deciros tan solo que si queríais ver de nuevo cómo dos polis se enfrentaban a una panda de paletos de pantano, incestuosos y pederastas, directamente os ponéis delante de la pantalla y revisitáis aquellos pasados capítulos y punto y final, que, a buen seguro, encontraréis detallitos que se os han pasado por alto y por debajo.

Puede que destile un poco de mala hostia, reconózcolo, pero tiene su razón de ser: ha sido por culpa de estos entendidos caprichosos o fanáticos, quienes se montan sus propias fantasías erótico-festivas privadas al albur de sus corrillos, que esta segunda temporada haya carecido de interés para todos aquellos (mayoría absoluta) que se dejan extorsionar la razón y capacidad volitiva y cognitiva por lo que opinen o dejen de opinar estos versados críticos, defraudados (por ahora) por Nick Pizzolatto.

Esta segunda temporada quizá sea más oscura, por lo que muchos no se han atrevido siquiera a ver más allá; esperaban un nuevo cuento de hadas tenebroso entre los bosques y no es lo que se les ha ofrecido. En cambio, tenemos a tres policías (dos hombres y una mujer) que encarnan demasiados aspectos oscuros y nocivos de la personalidad humana: autodestrucción, condescendencia, corrupción, negación, etc. Una temática que nos cuesta digerir y una trama enrevesada que sigue los torcidos renglones de la corrupción política y policial, de asesinatos y de trata de seres humanos que no son más que pedazos de carne sobre los que orinarse a gusto. Quizá sea eso lo que no ha gustado a fin de cuentas: esa extraña cercanía (demasiada), que deja atrás a los monstruos de fábula tenebrosa de Carcossa y que se planta en la misma puerta de nuestras casas.

Brilla con suma intensidad el personaje de Frank Semyon, cuya historia es la más dramática (incluso shakesperiana) de aquellos que terminan siendo sus protagonistas, pues este buen mafioso se une a la “fiesta” bien a disgusto. Un tipo que se ha tenido que forjar a sí mismo y que quiere vivir como la gente normal, pero cuya vida “normal” se hace añicos como un espejo al caer al suelo. Aunque cueste demasiado ver a Vince Vaughn en dicho papel, más que nada por su apego a los papeles cómicos, resulta ser un puntazo a la altura suficiente como para arrojar sombra sobre Velcoro, Bezzerides y Woodrugh, esos tres policías que, junto al mafioso, reúnen todos los defectos y virtudes del ser humano que busca y anhela la Justicia.

La trama policial termina girando y mutando hacia un Western con todas las de la Ley (es obvio ya para cuando seleccionamos los dos últimos capítulos), en el que la música tiene mucho que decir. A este respecto (lo siento de veras por mi escasa capacidad lingüística) he visionado una versión en la que nadie ha tenido interés alguno por traducir y subtitular las piezas de los títulos de crédito iniciales y las que interpreta la chica en el escenario del bar de Felicia. Si os habéis fijado, todas son diferentes. Respecto a las que se tocan en el bar resulta obvio, pero la de los títulos iniciales también va variando según vamos avanzando, introduciéndose nuevas estrofas o variando el orden de las mismas; hay que estar atento a ello, pero al no ser una canción tan bella como la de «Far From Any Road» (The Handsome Family), resulta poco apetecible y adelantamos la cinta.

Junto al manejo fluido de tráfico de drogas, prostitución, malversación, chantaje, conspiración, extorsión, robo y asesinato, el fondo que se dibuja tras los protagonistas es muy más rico que el que disfrutaron Rust y Martin, más turbulento y, no me lo negaréis, esto conlleva que se dicte una condena para que el relato de fin de forma muy amarga (bastante cercano a mi entender al espíritu embotellado en «Galveston»), empezando con el personaje considerado más puro, mejor persona (sin duda), un primer paso en una espiral descendente que conduce a una conclusión triste en un bosque o en un desierto de California; en un cierre donde el bien no triunfa.

La producción es fiel a la marca visual de Pizzolatto: interminables carreteras y ciudades de tubos; pero ahonda más en el alma humana, aunque no con un bisturí, sino con un destornillador de estrella, permitiéndonos escasos puntos de anclaje con la primera temporada (la batalla campal en la que se convierte la redada contra Amarilla, por ejemplo).

Cierto que eché de menos el formato de presentación de esa primera temporada, pero me gusta mucho más la línea argumental de la segunda; mas, para gustos, los colores (como el amarillo).


Lectura de 19 de Abril de 2016 a las 1200 horas



  • Barómetro: 748,5 (Viento-Lluvia). Nimbostratos
  • Termómetro: 14º
  • Higrómetro: 56%

19 de Abril de 2016