martes, abril 17, 2018

Guardia de cine: reseña a «Birdman (o La inesperada virtud de la ignorancia)»

Título original: «Birdman (or The Unexepected Virtue of Ignorance)». 2014. Tragicomedia. 1 hora y 59 minutos. Dirección: Alejandro G. Iñarritu. Guión: Alejandro G. Iñarritu y Nicolas Giacobone. Elenco: Michael Keaton, Zach Galifianakis, Edward Norton, Naomi Watts

Un extraño homenaje a lo que se vive entre bambalinas y en la vida de cada persona, como en «Candilejas»

Tomé la disparatada decisión de reseñar todo cuanto estuviera al alcance de mis manos, ojos y oídos cuando me quedó claro que el rumbo de este blog podría ser desigual, inestable, ante lo que se me anunciaba a finales del mes de Julio de 2017: un futuro a corto plazo cargado hasta los topes de incertidumbre y que me hizo temer y replantear el proyecto, centrándolo más en la crítica a películas, libros, compact discs, cómics…, que en cualquier otra cosa.

Esa decisión estaba aún caliente cuando visioné «Birdman» y, durante la primera hora de visionado de esta película, sufrí un ataque de sudores fríos. Un fantasma me inquietaba, pegado a mi espalda, susurrándome frases al oído. No era mi alter ego superheroico, o de pega, sino una pregunta/lamento: «Cielos, ¿cómo demonios voy a reseñar esto?»

Aparte de no enterarme de gran cosa, corriendo tras los personajes por entre los recovecos y pasillos laberínticos del teatro donde se desarrolla la historia, el maldito solo de batería de jazz, el tam-tam de la selva en la mollera de Riggan Thompson, me ponía enfermo; tanto es así que los diálogos se perdían aún con su visceralidad, por no decir que las alucinaciones esquizofrénicas del protagonista me dejaban poco menos que en fuera de juego y en calzoncillos.

Durante la siguiente hora pude centrarme y disfrutar de la película, aunque sin llegar a encajar el instante final. Corregidme si me equivoco (lo hago constantemente), pero la historia coguionizada y dirigida por Iñárritu es una revisión del clásico «Candilejas», de Chaplin, ¿no?, con un Calvero convertido en un actor de los años ’80, perseguido por la sombra de un éxito descompuesto, que busca recuperar su lugar con una apoteosis sobre el escenario, todo ello rodeado de una pléyade de personajes que sueltan excelentes cargas de profundidad. Y que el protagonista sea Michael Keaton, el mejor Batman de la Historia, el de Tim Burton (dejémonos de chorradas a lo Nolan y demás), quien acabó prendido a una llama moribunda al igual que tantos otros actores míticos de Hollywood (léase Jeff Bridges, John Travolta…) y que fue capaz de remontar por casualidad y las tablas firmes bajo los pies tras años a la capa, es un acierto. Riggan Thompson es un personaje que bebe de la biografía del actor que lo interpreta y traslada a éste hasta una época como la actual, en el que ha resurgido con fuerza inusitada el género cinematográfico de superhéroes de cómic (las referencias a lo largo de la cinta son constantes).

La segunda mitad de «Birdman» es excelente, sobre todo cuando Riggan Thompson se enfrenta a la mujer que amenaza con hundirle su incipiente recuperación por medio de su columna. Hay fuerza y un homenaje a lo que se vive entre bambalinas y en la vida de cada persona.

Pero es una película que se necesita Omeprazol para ser digerida. La historia no casa con lo que uno podría esperar con el trailer que se presentó… Y sigo sin entender su escena final. ¡Qué diatriba!

Lectura de 17 de Abril de 2018 a las 1200 horas



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martes, abril 10, 2018

Guardia de literatura: reseña a «Todo es eventual», de Stephen King

Plaza & Janés. Barcelona, 2003
Primera edición
474 páginas
ISBN: 84-01-32888-8
King compone un menú nada original y apetecible; más bien una excusa para que su editor esté con la boca cerrada por un tiempo, o sumar más títulos a la estantería y alcanzar una cifra más alta en su cuenta bancaria; no lo sé

Hasta la fecha no había experimentado tal sensación al leer una obra firmada por el conocido como Maestro de Bangor, y eso que he tenido buenas oportunidades para ello (véase «La tienda»). Ha sido con esta recopilación de catorce relatos cuando me han asaltado unas imperiosas ganas de cerrar las tapas y abandonar la lectura, asqueado.

Enfrentarse a estos títulos cortos puede ser una excelente idea para las jornadas de estío, mientras el sol aguanta sobre el firmamento, y así lo pensé; pero pronto me di cuenta de que King, o la editorial que le obligó a componer semejante rosario de historias, nos han embaucado como a unos primos (coniles, si pensamos en la novela «Joyland»). Salvo por algunas piezas como “Las hermanitas de Eluria”, “La habitación de la muerte” o “1408”, que me parecen excelentes, tanto que la última me puso la piel de gallina (probablemente sugestionado por la nota introductoria de King), el resto son una pila amorfa de palabras en la que predomina la narración en primera persona (bastante mal llevada, por cierto), que vomita protagonistas simétricos, de idéntica pátina y personalidad, con redundancia de efectos, como si las historias se plagiaran las unas a las otras de un modo desquiciante en un círculo sin fin.

King compone un menú nada original y apetecible; más bien una excusa para que su editor esté con la boca cerrada por un tiempo, o sumar más títulos a la estantería y alcanzar una cifra más alta en su cuenta bancaria; no lo sé. Se posicionan unos pocos relatos buenos junto a otros que parecen inseminados por el tedio del escritor o tocados por lo que deben ser en realidad: meros ejercicios para que la mente siga despierta en los días de huelga de brazos caídos de la Imaginación o de excesivo calor veraniego.

Tanto es así que hasta cuesta leer su prólogo, escrito por el mismo King, que no tiene el más mínimo sentido, pues lo mismo trata de los escasos beneficios de la emisora de radio que tiene en propiedad que de los primeros pasos de la Literatura en Internet. Mientras pasaba las páginas, las mismas que debían llevarme a la razón de ser de ese libro, porqué King había parido semejante criatura, me preguntaba qué narices era toda aquella mierda. Llegué al punto de estar convencido de haber malgastado el tiempo, no digamos ya cuando tropecé con algunas de estas historias, que parecen ser calcos de otras anteriores e, incluso, servirse de argumentos que podrían haber sido útiles para algunas de sus novelas de los años ’70, pues “Todo es eventual” parece tributaria, en algunos aspectos, de «Ojos de fuego».

Como siempre, hay una nota autobiográfica, y ésta la encontraremos en la inclusión de “Montando la bala”, un relato que fue pionero en esto de los ebooks que, en buena parte, me ha servido de íntima redención; pero, salvo unas contadas excepciones y las explicaciones de King sobre de dónde le surgen las ideas, poco o nada nos puede aportar este compendio que me ha decepcionado enormemente. He leído anteriormente otros recopilatorios de King y siempre me parecieron geniales, por lo que se ahonda más mi disgusto respecto a este “paquete” de catorce relatos.

Lectura de 10 de Abril de 2018 a las 1200 horas



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lunes, abril 09, 2018

Sueños de lucha contra el plástico

Durante la madrugada, ciertos sueños adquieren entidad en nuestro subconsciente, tanto que llegan a dejar una profunda huella dentada en el fondo de nuestra cavidad craneal. Cualquier entendido en la materia, con títulos cubriendo toda una pared, lo explicaría mejor que yo, mil veces mejor, pero ya sabréis a qué me estoy refiriendo, ¿no?

Esos sueños siempre se dan previo al alba, mientras disfrutamos de ese duermevela del que uno entra y sale con rapidez, y que se caracterizan por el absurdo o no. Entre ellos se tienden puentes con cada vuelta en la cama; el destello de la incipiente mañana colándose por entre las rendijas de la persiana atraviesa con dulzura nuestros párpados, para alejarse cuando nos hundimos nuevamente en la cálida oquedad del colchón.

Muchos de estos retazos me han dado ideas, sobre todo literarias; otros, momentos para la reflexión.

El pasado martes, día 27 de Marzo, experimenté unas imágenes y unas sensaciones que si no me encogieron el corazón, sí el alma. Me encontraba a bordo de un navío blanco que parecía un inmenso remolcador, en la amura de estribor. Iba vestido de blanco, pero parecía un traje NBQ sin capucha, y permanecía sentado, sin prestar atención a las tareas que otros tripulantes estaban realizando con serias dificultades (creo que izar una fueraborda). Allí sentado, la brisa arrastraba una bolsa de plástico de idéntica tonalidad a cuanto me rodeaba; la atrapé cuando pasó a mi lado, colocando la pierna encima. A mi lado había una persona, no sé si hombre o mujer, tampoco si estaba a la derecha o a la izquierda, pero sí que lucía igual que yo. Desconozco si esa persona me estaba hablando, pero, en un momento dado, me levanto y me asomo, apoyándome en el pasamanos; entonces, descubro con horror lo que nos rodea. El mar sigue estando ahí, obvio es, pero su azul queda moteado por un fondo fantasmagórico de cientos de miles de pedacitos de plástico que flotaban, otros se asentaban en el limo; y las lágrimas afluyeron a los ojos, bañando mi rostro mientras se me comprimía el pecho. Y tuve que despertarme. En el mundo "real", mi faz estaba seca, pero el pesar no se evaporaba.

Durante mucho tiempo he estado dándole vueltas al asunto del veneno que arrojamos todos los días a nuestros mares sin que a nadie preocupe realmente, empezando por las Administraciones. Patética me resulta la lectura de la contestación que recibí por parte del ayuntamiento cuando exigí una partida que  tratara los márgenes del río, que son poco más que un vertedero ilegal de plástico en determinados puntos, siendo su cauce un triste cuentagotas de botellas, bolsas y todo tipo de restos que tardarán milenios en desaparecer. El responsable de las palabras que me dedicó debió sentirse tan dichoso como satisfecho al decirme que ya habían limpiado el año pasado. 

No pude salir de mi asombro. Aún me calienta la garganta semejante despropósito por parte de un consistorio que solo apunta malas maneras en el tratamiento de materia orgánica, como si esa simplicidad fuese a salvar al mundo del desastre. La mierda orgánica se descompone y desaparece en cuestión de semanas; el plástico, el muy cabrito, no y, lo que es peor, va deshaciéndose y colándose por todos los lugares imaginables, incluso en nuestro estómago, como cúspide de la cadena trófica que somos. Pero, da igual, sigamos preocupándonos de recolectar mierda para abonar unos campos inexistentes.

Mi escaso conocimiento científico y de ingeniería es lo que me ha  privado reunir lo suficiente como para dar con una solución. La tengo en mente, y hoy la comparto de forma tosca e infantil. Tengo dos diseños que no son espectaculares, pero que podrían dar una solución no definitiva al proceso de recuperación de plástico en nuestras aguas; dos máquinas bien simples como son las que ilustran este post a continuación.

Ambos diseños, toscos y sin fundamento más allá de la carcasa de mi sesera, tienen en común la necesidad de dotarles de un sistema de ultrasonidos que barra el área de operaciones para espantar cuanta vida marina sea posible y evitar que sea tratada como al plástico que se pretende capturar. Prima la preservación del medio y la economía de recursos y dicho sistema actuará alrededor del ingenio durante las tareas de limpieza, dejando total libertad de acción a los tripulantes.

El primer diseño debe mucho a las dragas mineras, con una lengua que se hunde en el agua a una profundidad máxima deseada a través de un sistema hidráulico. Dicha lengua es en esencia una cinta de goma con perforaciones por donde emergen unos garfios retráctiles que van atrapando el plástico que acaba siendo arrastrado hasta la parte superior. En el tope de la cinta, los garfios desaparecen, se ocultan bajo la tira, para liberar la captura. En la parte digamos trasera de la cinta se ubican una serie de bandejas donde caerá el plástico, ayudado a no quedarse adherido a la goma por medio de unos cepillos de cerdas gruesas. He dispuesto que haya un mínimo de tres bandejas.



La operación de recogida será seguida por los tripulantes desde el primer puente, mientras la que la de almacenaje desde el segundo, centrándose estos últimos en controlar en todo momento la cantidad de agua embarcada y la estabilidad del navío.

Para maximizar la acción, tanto de esta draga como del siguiente diseño, he elucubrado la pertinencia de una red que cercara el área de acción, embolsándola una vez desalojada de vida, y evitar así perder parte del objetivo por acción de las obras y las corrientes marinas que actúen en el punto fijado.

Mi otro diseño puede que sea más eficaz o no en mar abierto, pero que resulta estar necesitado de mayor ingenio naval. Para el mismo me he inspirado en las ballenas azules y en su forma de alimentarse. El navío, prácticamente un cetáceo acerado, actuaría en la zona designada una vez acotada, absorbiendo agua y filtrándola, separando el plástico del líquido elemento; la expulsión del agua por unas toberas especialmente diseñadas le darían impulso y generaría energía que se podría transformar. El problema de esta máquina es que necesita de más elementos de ingeniería, como filtros perfeccionados, prensas, distribuciones de estiba, conducciones, etc., así como una mayor dependencia del control de agua embarcada; también que no sería un ingenio muy fácil de usar en zonas de escaso calado o de dificultad para maniobrar.



Estas dos invenciones se cerrarían con la posibilidad de construir pequeñas dragas multitentaculares. Me explico: un navío con múltiples mangueras de absorción controladas y guiadas como drones submarinos, con motores, luz y cámara, que permitirían acceder a espacios reducidos entre rocas y fondos, etc. El problema aquí no es la materialización de este diseño, sino su control humano.



Estas son mis humildes aportaciones. Puede que no sean otra cosa que ridículas fantasías, humo desprendido de una testa calenturienta, o diseños sobre los que alguien en algún lugar y con más recursos formativos y financieros que yo ya tiene en mente. Dando lo mismo una cosa que la otra, aquí dejo estas ideas hasta la próxima, pues seguro que este año tampoco nos libraremos de la plaga de los incendios forestales de verano, por lo que expondré de igual forma y en este foro mi particular concepción de lucha contra el fuego o, al menos, de refrescar las áreas antes o después de la quema.

Lectura de 9 de abril de 2018 a las 1200 horas



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martes, abril 03, 2018

Guardia de cine: reseña a «El recuerdo de Marnie»

Título original: «Omoide no Mânî». Japón. 2014. Anime; drama. 1 hora y 43 minutos. Dirección: Hiremasa Yonebayashi. Guión: Keiko Niwa, Masashi Ando e HIromasa Yonebayashi, adaptando la novela de Joan G. Robinson.

¿Qué es exactamente «El recuerdo de Marnie»? ¿Es una historia de fantasmas o de alucinaciones inducidas por unos recuerdos fijados en el subconsciente? No encuentro una sola respuesta. Solo sé que este filme cuenta con todos los elementos propios del Studio Ghibli como son la Naturaleza, la etapa infantil, el descubrimiento y la asimilación de los sentimientos más profundos e, incluso, la redención

Nunca es fácil encontrar el lugar que cada uno ocupa en el Universo. Muchos incluso abandonan este mundo sin haber alcanzado semejante convicción acerca de lo que les rodea, sobre todo a nivel íntimo y personal. En ocasiones es una tragedia que atenaza nuestras mentes desde la infancia; en otras, ya siendo adultos, se transforma en un estúpido recelo que nos impide valorar los lazos que nos sujetan a otros entes a través del amor, agradecer a esas otras personas que nos dan su cariño sin compromiso.

«El recuerdo de Marnie» es una película del Studio Ghibli que deja de lado las ideas narrativas nacidas dentro del seno del equipo. Es la adaptación de una novela occidental bajo el particular enfoque de estos genios de la animación, no resultando ser la primera vez que lo hacen, pues contamos con el ejemplo de «Las crónicas de Terramar», de Ursula K. Le Guin, cinta que, para el que suscribe, es la menos Ghibli de la filmografía visionada hasta la fecha.

Con un arte que nos hace recordar ciertos pasajes de «El viaje de Chihiro», «El recuerdo de Marnie» es un relato protagonizado por Anna, una chica huérfana un tanto asocial que se culpa de su desgracia sin llegar a darse cuenta de la suerte que tiene de que existan personas que se preocupan por ella y que la adoptaron. Un problema respiratorio apartará a Anna de la ciudad de Sapporo para pasar el verano en la casa de unos familiares de su madre adoptiva, a quien se niega a tratar como tal. Una vez instalada en su nueva habitación, Anna se sentirá atraída sin remedio hacia la mansión que se levanta al otro lado del humedal que se cubre con cada pleamar. Anna está convencida de que conoce, le resulta familiar, esa edificación que parece deshabitada, aunque en una segunda visita a sus alrededores le permitirá conocer a Marnie, una niña de su misma edad, de larga melena rubia y amplia sonrisa que es prácticamente una prisionera entre esos altos muros de piedra, abandonada por sus díscolos padres y a merced de una cruel servidumbre. 

Marnie insistirá en que ambas sean amigas íntimas.

Las escenas nos permitirán ser testigos de una particular amistad entre las dos niñas, en una narración que recuerda en primera instancia a cierto relato de Ray Bradbury en el que se describe del encuentro entre dos entes separados por el tiempo. Pero, ¿qué es exactamente «El recuerdo de Marnie»? ¿Es una historia de fantasmas o de alucinaciones inducidas por recuerdos fijados en el subconsciente? No encuentro una sola respuesta (incluso puedo hacerme más preguntas), pues, en cierto momento, parece lo segundo, sobre todo cuando sabemos el origen de los ojos azules de Anna; pero es que hay otras personas que han visto a Marnie y saben de ella. 

Llegado el clímax final no sorprende saber de la relación que une a ambas niñas más allá del lazo de amistad. Anna se da de bruces con ese resorte que le permite ubicarse en el mundo y apreciar los sentimientos propios y ajenos en un instante tan personal y hondo que emocionará al espectador ante una historia de amor más allá del plano físico y de descubrimiento de un pasado oculto.

Como Chihiro, Anna crece y madura en ese mundo de ensueño caminando junto a Marnie, venciendo sus miedos; pero quien espere una historia de fantasía al estilo que hizo reconocido al Studio Ghibli en Occidente perderá el tiempo al dejar caer el dvd en la bandeja del reproductor. Eso sí, cuenta con todos sus elementos propios como son la Naturaleza, la etapa infantil, el descubrimiento y asimilación de los sentimientos más profundos e, incluso, la redención; si se busca eso, «El recuerdo de Marnie» es un título con el que disfrutar de una hora y media de excelente cine de animación, desnudado de sobresaltos y tensión, pero con un gusto y refinamiento soberbios para una sencilla y bella trama.

Lectura de 3 de Abril de 2018 a las 1200 horas



  • Barómetro: 742 (Viento-Lluvia). Cúmulos
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