martes, septiembre 19, 2017

Guardia de televisión: reseña a «Expediente X, Temporada 10ª»

Título original: «X-files». 2016. Canadá. Ciencia-ficción. Ocho capítulos. Director: Chris Carter. Guionista: Chris Carter. Elenco: Gillian Anderson, David Duchovny, Mitch Pileggi

El regreso a la pantalla de «Expediente X» ha levantado dispares y enfrentadas pasiones. Yo habría pedido más, pero no por ello esta 10ª temporada desmerece el esfuerzo

Cuando se dio por emitida la 10ª temporada de «Expediente X» en los canales de pago, las voces reprobadoras no tardaron en hacerse notar en los corrillos y líneas de sangre de las redes sociales. Tenían que dar a luz e imponer sus opiniones, que todo el mundo las leyera o escuchara sin excepción, vanagloriándose de poder influir a las masas informes: «Este Expediente X NO es lo mismo».

Con esas míseras palabras y nada más se sintieron satisfechos. Bastaban. Sobraban. ¿Para qué esforzarse en los tiempos que corren, corren y corren como pollos sin cabeza?

No. El «Expediente X» de 2016 no es lo mismo. Quizá hayan transcurrido demasiados años; quizá haya una excesiva separación temporal entre la 9ª y la segunda película de la franquicia y este retorno de unos maduros Mulder y Scully. Resulta innegable que la población de arruguitas y canas ha prosperado, como en la imagen que nos devuelve a nosotros mismos el espejo cada mañana, aunque he de reconocer que me pone mucho más Gillian Anderson ahora, bien pasados los cuarenta, que cuando tenía veinte años (su estilismo de entonces, calcado del de la secretario de Estado de la Administración Clinton, Madeleine Albright, no le hacía justicia).

Las cosas son como son y han variado algo los rostros y se han saturado los guiones de constantes jocosidades del tipo «yo soy de la vieja escuela: era pre-Google».

No es lo mismo, pero, ¿qué se esperaba la gente? «Expediente X» es una de las series clave de los años ’90 del pasado siglo y, por tanto, mitificada hasta extremos absurdos. Como fútiles anacoretas adoradores de lo ortodoxo ahí están los críticos para refunfuñar con los labios apretados, sin razonar su enojo y decepción. «No es lo mismo; no es lo mismo»; vale, no es lo mismo, ¿y qué?

Por mi parte, no he encontrado en esta 10ª temporada nada que la haga desmerecer con respecto a las vetustas entregas originales. Son menos capítulos (6 contra 24) que condensan con firmeza el espíritu de la serie, con su hueco para alienígenas (los episodios de esta temática siempre fueron mis favoritos), monstruos y mutantes, entes imposibles y hasta cierto elemento cómico. Incluso nos han dejado con un palmo de narices con el final del sexto capítulo; aunque reconozco que no me ha sido plato de mi gusto en qué se ha concretado la conspiración humano-extraterrestre liderada por el Fumador.

Quizá discrepe alguien conmigo en este último punto. Le parecerá genial el vuelco de esa conspiración, pero el objetivo final resulta, cuanto menos, demasiado traído a la ficción durante los últimos años.

Otro aspecto desfavorable es la irrupción de la pareja de agentes del FBI Miller y Einstein. Voy a explicarme: se advierte cierto interés de la productora por revitalizar la franquicia, lo cual me parece espléndido, colocando a estos jóvenes como discípulos/sucesores de Mulder y Scully, para cuando los cuerpos no den para más, heredando el sótano donde empalidecen los dos héroes de «Expediente X», pero el calco que hay entre ambos dúos es ridículo: los nuevos agentes son un par de ovejas Dolly de los protagonistas. Miller es un fanático de los fenómenos paranormales y Einstein una escéptica doctora en Medicina; pero su paralelismo sobrepasa no solo el aspecto físico sino a sus apellidos: Mulder-Miller, Scully-Einstein. Esto, lejos de crear una personalidad propia y atractiva, hace que el televidente veterano sienta más apego por los personajes originales y observe con recelo a los “usurpadores”.

Por otro lado, el personaje de Tad O’Malley, con su rollito conspiranóico, con programa por Internet y limusina en la puerta del estudio, me parece incluso infantil.

Es posible que a más de uno le resulte un tanto pesado el recurso narrativo de los remordimientos de Scully como madre que tuvo que dar en adopción a su hijo, y que se extienden a lo largo de los seis capítulos de los que consta la temporada sin excepción, entre los que apenas se cuelan unos pocos meses de descanso. Es nomotético que prime tan poderoso sentimiento: da profundidad (innecesaria) a Scully y a la solución que se adivina para los últimos instantes del sexto episodio; sin embargo, la condensación que sufre esta entrega puede que convierta tan valioso ingenio en un cliché.

Mi opinión respecto a esta 10ª temporada es que quiero ver la 11ª cuanto antes, pues nos ha dejado con un palmo de narices en un congestionado puente sobre el río Potomac, en mitad de una pandemia mundial y bajo el foco de un OVNI; ahí es nada. 

Sí, este regreso de Mulder y Scully podría haber tenido más, mucho más; pero no por ello deja de ser triunfal.

Lectura de 19 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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miércoles, septiembre 13, 2017

Ficha de fauna: el celacanto


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Reino: Animalia
Filo: Chordata
Clase: Sarcopterygii
Subclase: Coelacanthimorpha
Orden: Coelacanthiformes





Charles Berlitz (1914-2003) fue un erudito de los fenómenos paranormales, civilizaciones perdidas y ufología, cuando no estaba más ocupado en la lingüística (hablando 30 idiomas), que pasó del estrellato a ser vilipendiado, pues, por lo que parece, se le colaba conscientemente más de una y de dos barbaridades en sus escritos.

El único libro que leí firmado por este extraordinario personaje es «El triángulo del dragón», otra zona geográfica terrestre en la que se suceden desapariciones y avistamientos al igual que en las Bermudas. Fue entre sus líneas, hablando de seres antediluvianos que podrían aún estar habitando nuestro planeta, ocultos en las grandes masas oceánicas, cuando leí acerca del celacanto, un verdadero fósil viviente (uno más entre otros que se fueron descubriendo en el s. XX y también en el entrado ya XXI); un ser cuyos últimos registros están en canteras que datan del Cretácico (allá, hace 60 millones de años).

El celacanto era un animal conocido por los nativos, pero no valorado debido a su sabor, por lo que se solía devolver al mar y de ahí el desconocimiento acerca de su existencia para los naturalistas.

La historia del celacanto o de su descubrimiento como ser vivito y coleante tiene elementos de novela o, al menos, para un relato breve, pues encontramos la pasión por la Naturaleza, la Evolución y el descubrimiento. Para ello debemos trasladarnos a la ciudad de East London (Sudáfrica), durante la mañana del 22 de Diciembre de 1938; Caminando por uno de los muelles, quien sabe si por perder el tiempo de forma inocente, se encontraba Marjorie Courtenay-Latimer, funcionaria del museo local, contemplando las tareas de descarga de los barcos pesqueros, cuando un extraño espécimen de color oscuro y 1,50 m. de largo y unos 60 kgs. de peso le robó la mirada. No es que pensara cocinar y presentar a la mesa del 25 semejante bestia, sino que quería investigarlo.

Ya en dependencias del museo con su nuevo amigo, Marjorie se devanó los sesos tratando de dar qué clase de pez era aquel entre los miles y miles de los catalogados en las enciclopedias, pero su particular anatomía la tenía perdida, tanto es así que comenzó a estar ante una criatura del todo desconocida. Por ello, se puso en contacto con un colega ictiólogo, James Leonard Brierley Smith, profesor de la universidad de Rhodes en Grahamstown (también, Sudáfrica), remitiéndole un breve informe con un dibujo.

Smith abrió con interés la carta de Marjorie y entornó la mirada ante el boceto que ésta le remitía. El trazo no es que fuera excelente, pero había en él una serie de particularidades sobre las que no cabía justificar con un error por parte Marjorie o por su escasa buena mano. Era a todas luces un celacanto, pero ese animal llevaba millones de años extinto; es más, era un eslabón entre los animales acuáticos y los primeros que pisaron la superficie seca del planeta, buena prueba de ello son cuatro de sus aletas, con una estructura más de patas.

Smith pronto se contagió del entusiasmo de Marjorie, pero para cuando pudo presentarse en las dependencias del museo el espécimen se había arruinado y desechado. Durante los siguientes catorce años, Marjorie y Smith llevaron a cabo la búsqueda de otro celacanto vivo y no fosilizado, hasta que fueron capaces de capturar en la isla de Anjouan, en las Comores. Dicho espécimen fue el que bautizó la especie de estos animales procedentes de los abismos temporales de la tierra con el nombre de Latimeria Chalumnae (por Marjorie Latimer y el río Chalumna)

Sus patas o aletas lobuladas (con músculo y hueso), que lo colocan en un estado intermedio entre los peces y los anfibios, con las que “corre” más que nada, es una de las principales características de esta criatura más propia de los fondos abisales, reportándose su presencia a 7.000 metros de profundidad, pero también posee rasgos interesantes como animal prehistórico, además de sus gruesas escamas: la articulación intercraneal que le permite devorar para presas de gran tamaño o un órgano electrosensor en el morro.

Suele medir dos metros de longitud y alcanzar un peso de 90 kgs., con una esperanza de vida de alrededor los 60 años. Un big fish en toda regla.

Lectura de 13 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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martes, septiembre 12, 2017

Guardia de cine: reseña a «La mujer del año»

Título original: «Woman Of The Year». 1942. EEUU. 109 min. Blanco y Negro. Dirección de George Stevens. Guión a cargo de Ring Lardner, Jr. y Michael Kanin, siendo galardonados con el Oscar al mejor guión original. Elenco: Spencer Tracy, Katherine Hepburn (nominada al Oscar a la major actriz)

Más allá de la lucha de sexos, el filme de George Stevens advierte del peligro, ya hace más de setenta años, de que las mujeres puedan verse obligadas a sacrificar su carrera profesional por tener la oportunidad de formar una familia o a sacrificar su maternidad con tal de conservar su alta posición laboral, pretendiendo que se alcance un punto medio de equilibrio; por lo que, en la actualidad, este película conserva plena vigencia

Con este título se dio a conocer uno de los taquillazos de 1942, que sirvió para reunir por primera vez a Spencer Tracy y a Katherine Hepburn, protagonizando una trama que se vendía como comedia cuando, en realidad, es una tragicomedia en la que los episodios de diversión se reservan a frases sarcásticas en boca de Tracy, con el sombrero de Sam Craig bien encasquetado, y a escenas absurdas propias de los hermanos Marx.

En unos EEUU en plena ebullición tras la entrada del país en la segunda guerra mundial, se produjo en su territorio la liberalización de la mujer y su ingreso masivo en el mercado laboral tradicional masculino. Siendo que los hombres iban a formar el grueso de los Ejércitos, las mujeres pasaron a sustituirles en sus puestos de trabajo y en empleos militares continentales, manteniéndose el tejido industrial y comercial de la nación y contribuyendo al esfuerzo de guerra el total de la población activa. La mujer pasó a una posición equiparable a la del hombre y el personaje que interpreta Katherine Hepburn, Tess Harding, es un ejemplo claro que, por exagerado, permite una plena comprensión de tal hecho: no solo es que encarne a una reputada periodista de la sección internacional de un periódico de gran tirada, sino que, por si fuera poco, se llega a sentar junto con Tracy en la tribuna de periodistas especializados del campo de los New York Yankees, ¡una mujer allí, qué escándalo!

La historia se puede resumir a la perfección con solo reproducir su escena final. Advierte del peligro, ya hace más de setenta años, de que las mujeres puedan verse obligadas a sacrificar su carrera profesional o  su maternidad por tener la oportunidad de formar una familia (en la película encontraremos al respecto al niño refugiado Cris) con tal de conservar su alta posición laboral. Lo que podría entenderse como un mensaje machista se desfigura y corrige cuando Sam Craig le hace saber a su mujer que no quiere ni a Tess Harding ni a Tess Craig, sino a Tess Harding-Craig; quiere que su esposa siga siendo periodista, pero que también sea madre y ama de casa, un término medio en el que no se aprecie remanente de los dos extremos presentados por Hepburn: de adicta al trabajo y de sumisa encerrada en la cocina.

Por desgracia, la liberalización femenina de la década de 1940 quedó en agua de borrajas una vez firmados los tratados de paz y los hombres fueron obteniendo la licencia al cumplir el periodo de servicio y al adquirir los puntos necesarios. Tras cuatro años vestidos de uniforme y recibiendo órdenes sin parar, triunfó la corriente social de que había que hacer sentir a estos hombres como los jefes absolutistas de sus hogares, llegando a reducir a las mujeres a una especie de sirvientas más que compañeras; de ahí la imagen femenina de la década de 1950 del ama de casa con el delantal almidonado, perlas brillando en el fino cuello y una perenne sonrisa pegada en la cara.

La historia de «La mujer del año» refleja la lucha de Sam por casarse con Tess y también para convivir con ella, cosa nada fácil. Tras el abandono de Sam, Tess se dará cuenta de que aún siendo la mujer del año es fría y distante, irresponsable ante el matrimonio (cuya esencia tarda en comprender) y a la hora de formar familia.

Es un mensaje de equilibrio entre esposos tras una lucha de sexos y talentos, de comprensión mutua y afinidad, en el que la complicidad existente entre los dos actores permite que la cámara recoja instantes de intimidad y naturalidad de la pareja bajo los focos y entre las líneas de guión.

Lectura de 12 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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lunes, septiembre 11, 2017

Y, ahora, a por Cristóbal Colón. Pero, ¿qué pasa con Sheridan?

En un país como España, cuyos fértiles campos son domeñados por las zarzas de la estupidez, no es malo saber que en otros puntos geográficos de este planeta se dan brillantes y dignas muestras de tan supina “virtud” humana. Tras haber sido testigos desde la distancia segura del televisor de la lamentable jarana montada a lo “comienzos de la década de 1990” en la no tan al Sur como nos podemos creer Charlottesville —con orgía incluida al más puro y civilizado estilo del DAESH alrededor de la deformada estatua del general Lee, cuyo broncíneo rostro fue pisoteado por una mujer blanca—; de los EEUU seguimos recibiendo nuevas más o menos jugosas gracias a esa última y desaforada patrulla vecinal de limpieza con KH-7 por sus calles e Historia. Lo último nos toca la refilón, como una bala que nos roza el brazo y se lleva un pedacito de piel, carne y sonrojo, que viene de la soleada California, así que ojo. Se está manifestando cierto resquemor o disgusto con la figura de Cristóbal Colón, a quien se le viene achacando todos los sufrimientos de los pueblos indígenas americanos por el simple hecho de haberse tropezado con este nuevo continente cuando creía haber llegado a Japón, el muy mentecato. Si en vez de seguir a pies juntillas a Tolomeo hubiera hecho otro tanto con Eratóstenes, nunca se le hubiera ocurrido la desquiciada y absurda idea de querer alcanzar Asia por la ruta del Oeste y, ahora, se le echaría la culpa a otro.

Bajo el titular de la noticia, la fotografía con dos nativos y la estatua del “gran tirano” al fondo, cubierto con una pancarta que rezaba “Christian terror begins” (o algo así), frase, cuando menos, cristionófoba y que terminaba de perfilar el cuadro con la placa, a los pies del descubridor por accidente, respecto a ese “supuesto genocidio” que alcanzó el centenar de millones de muertes. Tirando del hilo, sumamos a la instantánea unas hispanofobia y europeofobia bastante gruesas.

Por impulso del concejal Mitch O`Farrell, de la tribu Wyandotte (natural de Oklahoma y cuya su población rondará la mareante cifra de 350 individuos) se ha votado una propuesta para que el Ayuntamiento de la ciudad de Los Ángeles sustituya el Día de Colón (festivo federal que se celebra el segundo lunes de Octubre) por el de los Pueblos indígenas. No debe causarnos sorpresa que el consistorio angelino haya acordado tal cosa, pues va a la zaga de urbes como Seattle, Minneapolis, Berkeley, Santa Cruz, Phoenix o Denver, además de estados como Vermont y Dakota del Sur; pero sí el que estos mismos indios preocupados por la suerte que corrieron sus ancestros llegaran incluso, en su momento, a oponerse a la canonización del clérigo Junípero Serra, quien tanto hizo por las misiones californianas y por la población nativa, protegiéndola de los desmanes de codiciosos terratenientes y celosos oficiales.

El Sr. O`Farrell, triste de él y de muchos, no es más que un títere de barro húmedo que se cree dotado de conciencia propia, un instrumento o herramienta prescindible en un proyecto autárquico y neofascista de ocioso blancos protestantes, defecados por las bodegas del May Flower en la hasta hace no tanto española California. Es de locos, pero nada del otro mundo dentro de la locura y fobia contra la globalización que, para bien o para mal, incluso para los arrogantes nacionalismos domésticos, nació el 12 de Octubre de 1492, persiguiendo la reinstauración de la milenaria Ruta de la Seda, perdida tras la caída de Bizancio en manos del Islam.

No estoy por la labor de discutir la realidad y el mito en torno al descubrimiento de América y de las relaciones entre europeos e indígenas, pues sería aburrido y todo lo que dijera caería en saco roto. No voy a explicar la protección que dispensaban las leyes de Castilla a aquellas personas del Nuevo Mundo, la vida y la obra San Bartolomé de las Casas o que más del 95% de ese genocidio se debió a un enemigo que se trajeron los europeos sin mala fe: enfermedades para los que los nativos carecían de anticuerpos por el simple aislamiento geográfico desde hacía miles de años. Males “invisibles” que también afectaban a los blancos (quienes también se trajeron para este lado del Charco su buena dosis) y a las que solo pudieron dársele coto en el mejor de los casos con la consecución de vacunas de esas que solo “hacen autistas” a los hijos de los ricos occidentales.

Pero, ¿genocidio por culpa de Colón? No es que el colega supiera manejar a los mamarrachos que llevó consigo, muchos de ellos de la peor calaña que parió las prisiones hispanas, pero es que me parece tronchante que este marasmo de pueriles manifestaciones y inútiles propuestas se den precisamente en los típicos y tópicos EEUU donde, al contrario que al Sur de la frontera, nos sobran los dedos de las manos para contar cuantos hombres, mujeres y niños encontraremos por la calle con rasgos indígenas. A ver, amigos, ¿cuántos “pieles rojas” puede haber, por ejemplo, en Illinois?

Con el rostro perfilado por una sonrisa malévola, como es de recibo, he ido llenando el cesto con palabras tales como “indios”, “genocidio”, “estatuas”, “general”… Es una hermosa colección para esta “cruzada de la semana” contra Cristóbal Colón con maza, cincel, suela de zapatilla de marca y pecosas mejillas surcadas de sudor; una más organizada para lavar los trapos sucios con el último blanqueante que actúa al primer lavado. Borrar y picar y, ¡chas!, el mal desaparece; qué bien se lo habría pasado Erasmo de Rótterdam con estos mostrencos de inodoro. Pero, a todo esto, quedo yo a la espera de seguir recibiendo nuevas procedentes de esos pastos, sobre todo de alguna marcha o protesta pseudoizquierdista de puño en alto—pues no puede ser de otro modo en el país donde solo existe la derecha y la dos pasos más a la derecha—, que proponga retirar de no pocas ciudades el nombre y recuerdo, por ejemplo, del general Philip Henry Sheridan (y otros, que tampoco hay que centrarse en uno solo).

¿Que quién es el general Sheridan? Pues un señor con una biografía de esas tildadas como divertidas que, por el simple hecho de haber sido oficial de caballería del Ejercito Unionista y no un redneck reb durante el conflicto civil de 1861-1865, compartiendo podio con Ulysses S. Grant o William Sherman («El gran triunvirato», según el biógrafo Michael Fellman), tiene salvoconducto en la Historia aprobada por el Gobierno federal para sus escuelas. Vale, una cosa es que nosotros, aquí, que somos tontos y europeos de fábrica, tengamos excusa para no saber quién es ese dichoso Sheridan, qué hizo, pero, ¿el Sr. O`Farell y sus acólitos desteñidos, los Wyandotte supervivientes y las demás tribus se han olvidado de él, de quien acuñó la miserable consigna de “el único indio bueno es el indio muerto”? En un principio la mítica se la atribuyó al infame general George Armstrong Custer, pero al César lo que es del César. Si yo sé que el Sheridan este, con el visto bueno de Washington, fue parte activa de un programa de exterminio progresivo y a medio plazo de las poblaciones de salvajes y pérfidos pieles rojas, a base de violentas razzias, llevar al agotamiento y la extinción su principal fuente de proteínas animales (los búfalos), resguardarles de los rigores del invierno con mantas infestadas de todo tipo de enfermedades letales y regarles el hígado a base de whisky de alto octanaje, supongo que el concejal de Los Ángeles lo sabrá tan bien como yo, pero, ¿no le interesa? Claro que no, es que Sheridan luchó contra los sudistas para acabar con la esclavitud (qué patético leitmotiv para una guerra civil en la que la suerte de los esclavos era lo de menos, sobre todo cuando aún se tardó un siglo en ver promulgada de la Ley de Derechos civiles y los negros pudieran compartir baño con los blancos o sentarse donde se les antojara en autobuses, teatros, cines…: una guerra reducida, como por truco de magia de simplicidad maniquea, a abolir desinteresadamente la explotación humana). ¿Cómo van a ir contra un genocida con patente? Es mucho mejor pasar por alto y fijarse en el anónimo Colón y echarle toda la mierda que ha generado el transcurso natural de más de quinientos años de contacto no siempre pacífico, pero tampoco bélico (blancos contra indios, indios contra blancos, blancos e indios contra otros indios, indios contra otros indios y otros blancos, indios contra indios con los blancos en medio y blancos contra blancos con los indios por ahí como si tal cosa, y todas las variaciones cromáticas que se nos antojen); la del navegante genovés, gallego, portugués (lo que sea) es una magnífica cabeza de turco para servírsela en bandeja a la moderna Salomé de sobacos sin depilar, libertad en boca para blasfemar, pero censura apática encorchada en el ano, cuyos genes recorren buena parte de la América de Trump y de la que no es de Trump.

Sentadito y recostado me quedo, sin muchas esperanzas de ver cómo Sheridan es arrancado de sus pedestales, sufriendo los vientos huracanados de la cobardía políticamente correcta, junto a Sherman, su maestro en esto de aniquilar al indio. Sin duda, el Efecto Dominó sabe salvar aquellas piezas que le interesa mantener aisladas y en pie.

Vivimos tiempos extraños y aterradores en los que la ignorancia discrecional, codo con codo con la moral mal entendida, se está convirtiendo en un Quinto Poder que blanquea las páginas del Pasado que no tiene porqué ser brillante, pues solo de las equivocaciones se aprende a tomar el camino correcto.

Lectura de 11 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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martes, septiembre 05, 2017

Reseña de autobiografía: «18 meses de cautiverio», de Eduardo Pérez Ortiz

INTERFOLIO
Serie Leer y viajar clásico (8)
Segunda edición. 2016
ISBN: 978-84-943886-0-6
El bien llamado Desastre de 1921 es otro paso de penitencia en nuestra reciente Historia militar, que no parecía tener fin desde aquel 2 de Mayo de 1808; en una Historia en la que se entrecruzan victorias contundentes y celebradas con los mayores descalabros tácticos que mermaron  el país, generación tras generación. Las eternas guerras del Norte de África fueron una constante y este fracaso es tributario de los conflictos del s. XIX

El de 1921 supuso una pérdida de vidas humanas que el conjunto de la sociedad española no supo ni quiso encajar poniendo la otra mejilla. No se podía pasar por alto el que más de 10.000 hombres cayeran en apenas unos días. Aquella masacre a manos de los rifeños y guiada por la torpeza y el orgullo fueron el germen de la caída de la monarquía, lo cual nos trajo bajo el brazo otra terrible consecuencia para seguir cubiertos de sangre: la creación de las dos Españas, maldición que aún seguimos cargando a la espalda para gusto de no pocos a día del presente.

El entonces teniente coronel Eduardo Pérez Ortiz, del Regimiento de San Fernando, fue protagonista, junto a tantos y tantos, de todo aquel desbarajuste militar que ya resultaba familiar para otras potencias europeas que se habían enfrentado a enemigos anclados en la Edad Media en el mejor de los casos. Pérez Ortiz no analiza las razones políticas y militares del Desastre; no le hace falta pues su crónica es a pie de campo de batalla y no en un despacho.

La autobiografía de Pérez Ortiz se divide en tres partes o tramos, siendo el primero el dedicado a la fútil y descontrolada retirada del Ejército hasta Monte-Arruit, buscando un punto fuerte al que enfrentarse a un enemigo cada vez más salvaje. El relato es triste y vívido: la sed enloquece a hombres y bestias; los moribundos y los muertos son abandonados a su suerte en mitad de la tierra baldía, en la cuneta, pisoteados por el enloquecido convoy; la policía indígena se pasa al enemigo en deserciones masivas junto con los regulares; los soldados se despeñan con sus monturas por los barrancos buscando una grieta por la que salvar la vida; el orden ha de imponerse a base de varazos y castigos físicos; el sol no deja de apretar y se alinea con los rifeños que hostigan a la columna española compuesta por miles de soldados, que deja a su paso un rastro de material que nutre al enemigo; los motines y los días se agolpan en el sitio de Monte-Arruit, contabilizándose cuantiosas bajas cada vez que se hacía la salida para la aguada.

La sed. No hay otro enemigo peor para los soldados españoles en aquellos cruciales días. Después vendrían el hambre, la enfermedad y los cañoneos enemigos. La moral no dejaba de caer, como el pico sobre el pedregoso suelo para abrir cuantas fosas fuesen necesarias o posibles para enterrar a los muertos.

Esta primera parte finaliza con la capitulación de Monte-Arruit y la posterior traición de los moros, que se entretuvieron asesinando impunemente a miles de hombres que habían entregado sus armas, extenuados y moribundos. 

Un cuadro tétrico de impotencia, de errores que se suceden y acumulan; de abandono desde los despachos ministeriales hacia miles de hombres entregados a la ruina más indecorosa. La vergüenza ser un sentimiento constante en las notas de Pérez Ortiz y que confiesa tener también durante los dieciocho meses siguientes de cautiverio.

La segunda parte del relato da comienzo cuando Pérez Ortiz es rescatado en medio de la orgía de sangre y odio y es llevado a la kábila de los Beni-Musi. Aunque es un prisionero y en más de una ocasión es presentado como un animal de feria, Pérez Ortiz agradece haber caído en semejantes manos, pues aunque tenían mucho de lo que despreciaba de las gentes del Norte de Marruecos, estos lo consideraban un ser humano a respetar y le concedían buena parte de sus escasas pertenencias y provisiones para su sustento. 

De su salvador y las mujeres Beni-Musi conservaría buen recuerdo, lo cual solo se extiende, en el tercer y último tramo de la autobiografía, hacia dos personajes: Idris-ben-Said, todo un caballero en palabras del autor, y Fakir Hamed, alias Canillitas, un piadoso santo que se mereció el cielo. Pérez Ortiz ha de ser entregado a la kábila de los beniurriagueles de Abd-el-Krim, compartiendo cautiverio con varios oficiales y compañeros de fatigas de los tiempos de Monte-Arruit; los moros que tendrían como carceleros merecieron muchos y variados epítetos, siendo el favorito del teniente coronel el de gorilas, pero tenía otros tales como bárbaros, sucios, mezquinos, embusteros, ladrones, impíos, cínicos, asesinos, inhumanos… Los hay granados y de todo gusto y graduación según el momento.

La estancia con los beniurriagueles fue siempre agónica. El maltrato físico y psicológico era el pan nuestro de cada día, padeciendo lo indecible entre el calor y el frío, el hambre y las amenazas y represalias de los carceleros. Pérez Ortiz hace una completa crónica de los abusos sufridos y de los asesinatos injustificados que fueron mermando la población de la celda, así como las muertes por consunción y enfermedad sin que nada pudiera conmover a los moros que los vigilaban de cerca. Puede que este relato resulte demasiado reiterativo, pero es que no había mucho motivo para la agradable sorpresa durante tantos meses de prisión. Solo Canillitas, un hombre piadoso y bueno, y las palabras de ben-Said mantenían al grupo cohesionado y en disposición de enfrentarse a la adversidad y a los reveses que sufrían las negociaciones para su libertad y la de tantos y tantos desdichados en la cercana Ben-Kámmara que parecía que nunca terminaban de concretarse.

Ya, al final, cuando los prisioneros son devueltos a las autoridades españolas y repatriados a Melilla, uno no puede hacer otra cosa que indignarse y emocionarse ante la suerte de varios hombres que perecieron poco antes de embarcar y que, incluso, lo hicieron durante el trayecto a la ciudad española. También por aquellos cuyas vidas habían sido arruinadas para siempre tras los largos meses de cautiverio y el maltrato recibido.

El teniente coronel fue tomando nota de lo que pudo durante todo aquel largo periplo de desgracias. Sorprende su capacidad de detalle cuando se supone que apenas cuenta con material de escritura y le roban constantemente las pertenencias; mas no parece haber lugar para que la promiscua memoria haga flaquear el texto verídico, con lagunas importantes o hipérboles. Bien es cierto que nada más recuperar la libertad se puso a trabajar en el manuscrito que se editó al año siguiente.

De la forma que tenía de tomar nota tenemos, en el último tramo, una trascripción de su diario sin aportar nada más, cuya razón no queda clara tras una larga narración pormenorizada y al detalle, donde cabía más que un mero telegrama.

En su prosa se advierte en Pérez Ortiz a un hombre instruido y amante de las Letras. No es una relación fría y hosca de libro de texto militar, si no rica en matices, así como de genuina humanidad hacía sus compañeros, con independencia del rango, dando honesta visión de la brutalidad de la guerra. Es un hombre de armas y un patriota, alguien que luchó, pero que por ello no adorna los hechos con tópicos alegóricos que hacer brillar estatuas sin un grumo de sangre seca que las ensucie

Uno de los hechos más impactantes que Pérez Ortiz describe del sitio de Monte-Arruit es cuando pasa junto a un muchacho que agoniza, al que le falta parte de la cabeza y a quien nadie hace el más mínimo caso ni atiende; así como la descripción de los cadáveres apilados en una habitación a la espera de una posible (que no asegurada) sepultura, de cuerpos hinchados de las bestias que es imposible llevar fuera del recinto por el hostigamiento sin tregua de las baterías enemigas.

Es el relato de la más cristalina desesperación, sin pretender ser desagravio de nadie. Pérez Ortiz quiere remover las conciencias de aquellos que habían dejado a los hijos de España desprotegidos y abandonados en otra eterna guerra de Marruecos; a chiquillos que apenas sabían sostener un fusil y que eran conducidos con negligencia hacia un matadero que se veía venir.

Pérez Ortiz fue uno de tantos desengañados que lucharon y se dieron cuenta de que su sacrificio era un hito marchito para el honor patrio y punto y final. Su crónica se conserva por suerte, palabras escritas en el campo de batalla y en la celda, siempre tan desagradables para el ciudadano de a pie y contemporáneo que no tiene tiempo para estos hombres. ¿Egoísmo endémico o el sino de nuestra nación?

Lectura de 5 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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lunes, septiembre 04, 2017

Artículo del carro estratégico de una rueda



La Historia está plagada de pequeñas historias y esfuerzos de hombres y mujeres, en demasiadas ocasiones anónimos. Con motivo de un hallazgo casual quise escribir un artículo dedicado a un curioso invento: el carro estratégico de una rueda, nacido del magín del capitán de caballería argentino Camilo Trapani y Lara.

El artículo ha sido publicado en el blog de HRM, al cual os enlazo gustoso, esperando que os ilustre y os anime a bucear más en esta web.



Lectura de 4 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



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viernes, septiembre 01, 2017

Primer post: Sorteo de un ejemplar de «Marcianos»

Viernes y 1 de Septiembre. Hora de echarse de nuevo a la mar con más incertidumbre que nunca y a nuestro último post nos remitimos.

Pero, para abrir boca e ilustrar este primer post de la temporada, os hago saber del Sorteo de un ejemplar de «Marcianos. Volumen Primero. Resplandor», firmado y dedicado por su autor, es decir, yo mismo.

Para participar solo tenéis que entrar en Twitter, seguirme (@JavierYuste1) y retuitear el tuit fijado en mi muro con el anuncio del sorteo: https://twitter.com/JavierYuste1/status/902192050715676672



Hay de plazo para apuntarse hasta el día 15 de Septiembre de 2017 a las 23:59 horas. El ganador se dará a conocer el 18 de Septiembre en la conocida red social.

Os animo a participar pues, con un poco de suerte, os podéis llevar un ejemplar de mi primer recopilatorio de relatos de ciencia-ficción. ¡Suerte!

Lectura de 1 de Septiembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 758 (Variable). Cúmulos
  • Termómetro: 20,5º
  • Higrómetro: 40%

lunes, julio 31, 2017

En dique seco, a saber por cuanto tiempo


Mañana es Agosto y, como viene siendo costumbre, el Navegante se dispone a ser internado en un dique seco y sometido a carena y descanso, que falta le hace.

Y bien podría dar por cerrado ya este post, sin decir nada más allá que “nos vemos en Septiembre con nuevos artículos y reseñas”; sin embargo, el barómetro avisa, pues su aguja oscila. Se observa la posibilidad de que, durante los próximos meses, mi rutinaria vida dé un vuelco, espero que a mejor, lo cual, según me temo, afectará gravemente a mi disposición para estar aquí, entre vosotros. Quizá el Navegante tenga que volver a puerto tras unas semanas de corto crucero a las puertas del otoño y permanecer silente sobre las aguas de forma temporal (espero que no definitiva), así como que mi producción literaria se vea mermada aún más si cabe. Cruzo los dedos para que esto último no suceda, pues es mi pasión y lo poco de lo que me puedo sentir orgulloso como ente individual.

Será una vuelta en redondo que aún está en el aire y que puede ser para mejor, pues a peor no se puede ir. Resurrección o seguir por la misma senda; una de dos.

Os tendré al corriente de todo cambio que pueda afectar al ritmo del blog en cuanto las noticias se presenten y puedan ser comunicadas. Atended al código de banderas.

Hasta entonces… Un saludo!