martes, junio 28, 2016

Guardia de cine: reseña a «Ocho apellidos vascos»

España, 2014. Color. Humor(¿?). 98 min. Dirección a cargo de Emilio Martínez Lázaro. Guión de Borja Cobeaga, Diego San José. Reparto:Dani Rovira, Clara Lago, Carmen Machi, Karra Elejalde, Alfonso Sánchez, Alberto López, Aitor Mazo, Lander Otaola 

No tengo pensado extenderme más de la cuenta con esta reseña en cuestión; todos tenemos cosas que hacer de más provecho. Aún así, no me atrevería, además, a apostar a que ésta va a ser la más breve de entre todas las que podéis encontrar en esta Guardia de Cine del Navegante del Mar de Papel, pues podría equivocarme y no me he molestado en confirmarlo, si quiera; pero ahí van unas pocas palabras sobre un producto excesivamente cacareado a nivel nacional, que ha llegado incluso a vomitar una serie de televisión más agradable de ver (aunque tampoco sea ésta última santo de mi devoción).

Y, para variar, mis palabras llegan a este río de elocuencia o de majadería con cierto retraso (el que da la llegada a cuentagotas de DVDs a las novedades de la biblioteca pública). En frío. No me gusta balar al unísono con ningún rebaño de ovejitas felices.

Como vasco que soy, siempre he seguido, con mayor o menor interés, la trayectoria de “Vaya semanita” ("Euskadi Movie" o como se llame ahora, pues ha sufrido muchos cambios de nomenclatura sin saber yo la razón de ello), y sabiendo de su calidad humorística, bien podría ser que en la gran pantalla pudieran hacer algo digno. Pero ya se sabe: es más fácil hacer una buena película de un mal libro que de uno bueno; y respecto a programas de TV otro tanto, pues la película es gris y a mí, repito, como vasco, no me ha hecho ni puta gracia. Así, con todas las letras y diéresis, si las hubiera: lenta, mediocre, estúpida, insulsa, zafia, vergonzosa y con la misma chispa de un mechero roto (y no sigo porque mi cerebro no da para epítetos más profundos y elaborados (dejemos descansar al diccionario)).

Esta y no otra es mi opinión respecto a una película cuyo éxito a mí se me escapa por completo y eso que no soy un hipster de nariz atrampada con una pinza que se derrite ante cualquier cinta iraní o kazaja. No, por Dios.

En resumen: una lamentable pérdida de tiempo.

Lectura de 28 de Junio de 2016 a las 1200 horas



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miércoles, junio 22, 2016

martes, junio 21, 2016

Guardia de ensayo: reseña a «Guía de un astronauta para vivir en la Tierra», Coronel Chris Hadfield

An astronaut's guide to life on Earth
Traducción de Joan Soler Chic
Ediciones B SA. 2014. Barcelona
Primera edición: Octubre de 2014
294 páginas
8 páginas de fotografías
Alguien como Chris Hadfield podría ser uno más entre el medio millar (oficialmente hablando) de personas que han viajado al espacio exterior, distando mucho de distinguirse entre los arquetípicos héroes de la carrera espacial. Por supuesto, proezas como la del primer paseo extravehicular (EVA) o la de llegar a la Luna no están entre sus logros. Podría incluso decirse, restándole toda importancia, que forma parte de esa gran masa informe y anónima de gente que acciona la maquinaria cuyo funcionamiento damos por hecho el resto de los mortales e ignorantes pasajeros de este Globo; alguien que pulsa unos botones y mueve unas palancas de las que nada sabemos ni queremos saber. Pero Chris Hadfield, astronauta canadiense, tiene mucho que decir (tanto como para escribir un libro) y su currículo lo demuestra: es un experto piloto de pruebas de aviones a reacción y en robótica; ha cumplido tres misiones en órbita alrededor de nuestro planeta; ha sido decenas de veces CAPCOM; participó en la instalación de una de las piezas robóticas más importantes para la construcción y mantenimiento de la Estación Espacial Internacional (ISS): el Canadarm2; fue el primer comandante de su nacionalidad en la Estación (misión 34/35), batiéndose, bajo su mando, el récord de experimentos desarrollados en órbita; y, sobre todo, nadie que haya estado en nómina de las agencias CSA, NASA o ROSCOSMOS ha hecho tanto por la investigación espacial y la divulgación entre la ciudadanía acerca de la importancia de la exploración como él, gracias sobre todo a sus vídeos en Youtube, donde explicaba y demostraba cómo acciones habituales en la Tierra se tornaban complejas y maravillosas en gravedad cero (esto se lo tenemos que agradecer también a su hijo Evan y a que grabara el primer videoclip musical fuera del planeta).

Chris decidió convertirse en astronauta a los nueve años, cuando se coló, junto a uno de sus hermanos mayores, en la casa de los vecinos un 21 de Julio de 1969. A través de un televisor, aquel niño canadiense fue testigo de cómo Neil Armstrong descendía la escalera del módulo hasta la superficie lunar. 

Quería ser astronauta en un país sin agencia espacial. Era una quimera, pero en 1995 formó parte de una de las tripulaciones de los transbordadores estadounidenses, instalando un muelle de acoplamiento en la estación Mir. Había pasado mucho tiempo desde que, durante el trascurso de una noche de verano mágica, decidiera su destino y diera los primeros pasos en una carrera que se ha dilatado a lo largo de veintiún años como astronauta y otros muchos antes como piloto de las Reales Fuerzas aéreas del Canadá; un sueño en el que ha arrastrado, muchas veces a regañadientes (como si hubiera que sacrificarlo todo por papá), a su familia y que le ha dotado de una visión única acerca de nuestro mundo; la misma que le ha animado para, con un lenguaje sencillo y sin acritud (aunque, cierto es que a veces resulta ser un tanto reiterativo el bueno del coronel (ya me parezco a uno de sus tres hijos)), a escribir una autobiografía amena y divertida que, simplificando mucho la tarea de definir o catalogar el libro que va a centrar la presente reseña, no es uno más entre los cientos o miles de títulos dedicados a la autoayuda, a los recursos humanos, al liderazgo, al coaching y a la potenciación de las capacidades de los individuos en situaciones delicadas, tanto en solitario como en grupo.

Hadfield huye de todo convencionalismo y de toda regla sobre el papel. Nos habla desde su experiencia única en el entorno más hostil para el ser humano, que no es otro que es el espacio exterior (y también durante el camino para llegar hasta allí). Una virtud demostrada en su persona y en el libro es la de querer enseñar sin pretender recibir nada a cambio de nosotros; ni siquiera celebridad. Está escrito por el mero capricho de compartir ciertos avatares y enseñanzas; es una guía basada en el aprendizaje personal y en la pasión por lograr un sueño, extrapolable a todos y cada uno de los habitantes de esta minúscula mota de polvo azul perdida en el cosmos. Muchos pueden considerarse como consejos fáciles o de pura lógica, de esos que pululan por textos menores y rimbombantes de autoayuda, que lograríamos identificar y entender con solo pensar un poco, pero por los que, para mayor gloria de nuestra innata molicie, nos gusta pagar para que otros piensen por nosotros, aunque sea plagiando trabajos anteriores. Sin embargo, Chris Hadfield —tras décadas de estudio y de formar parte de la élite, superando toda la clase de exámenes profesionales y vitales, capeando con su matrimonio e hijos, aprendiendo idiomas y salvando problemas médicos—, abre su mente y da a conocer al detalle todo lo que le rodeaba. 

Resulta curioso que no sea un libro de búsqueda del éxito profesional que abogue por la idealización de la meta, sino todo lo contrario: de considerar muy seriamente el fracaso, analizar las vías que llevan a ese punto muerto y encontrar la solución; además de preocuparse por no dejar nada al azar y de ser humilde (como dice, ser un cero (vamos, no ir de “sobrao”)), potenciando el feedback (es un claro defensor de un sistema de favores o incluso kármico, que en nada ha de afectar a la competitividad individual: solidaridad y camaradería). 

A fin de cuentas, hemos de prepararnos para el objetivo, pero sin subyugarnos a que no haya otra posibilidad que el éxito rotundo; aprender y divertirse de paso.

Hadfield defiende la regla de estar preparado para todo, tanto para lo bueno como para lo malo; lo probable y lo improbable; y para ilustrar esta última idea se sirve de la curiosa anécdota de cuando temió que, por jugarretas plausibles del destino y la búsqueda de apoyos para las agencias espaciales, pudiera acabar en un escenario junto a Elton John interpretando a la guitarra la pieza «Rocketman».

Podemos considerar la filosofía de Hadfield como la del «Be Water, My Friend», pero teniendo todo planeado de antemano, hasta la última pequeñez, no dejando nada a la improvisación (sabiendo el valor de lo que se hace y cómo se hace); una lección impartida por un maestro (de verdad, no un déspota de pizarra) que ha flotado sobre la Tierra.

Hadfield, a su vez, trata de no tener secretos para con los lectores; incluso desgrana momentos clave de su propia vida privada, con su cónyuge y sus tres hijos; también de cuando era niño. Incluso sabemos cómo le pidió matrimonio a Helene, uno de los pilares de su carrera y éxito. Helene es una mujer impresionante, la esposa del astronauta, quien hubo de cargar con la familia, mudanza tras mudanza, cambiando continuamente de trabajo, importando poco si era de agente de seguros o de cocinera; afrontando crisis de estrés y hasta los simulacros de contingencia o de muerte; y todo ello, la mayor parte del tiempo, sola y sin su marido. El aspecto del golpe psicológico en la familia ocupa no pocas páginas, en las que el propio autor llega a lamentar el haber llegado a convertirse en un extraño para sus propios hijos y todo por alcanzar ese sueño que se mantuvo incorrupto desde 1969.

Esta fusión entre libro de realización personal y anecdotario obliga a que el autor se mueva hacia delante y hacia atrás en el tiempo. Podría resultar necesaria una biodramina, pero lo curioso de su técnica de escritura es que, aún así, todo parece estar perfectamente enlazado gracias a la naturalidad de la narración.

La última parte del libro está dedicada casi por completo a la última misión espacial de Hadfield, en la que volaría por primera y última vez en una Soyuz y sería el comandante de la ISS. Es otro punto a favor para este libro: una visión novedosa y detallista, una visita guiada que permite observar los más nimios detalles durante un periodo comprendido entre las semanas previas al lanzamiento y las que siguen al regreso a la Tierra. Muy poco se escapa del procesador de textos en el que Chris Hadfield vuelca sus recuerdos, que van mucho más allá de los meramente técnicos y permite una cosmovisión (nunca mejor dicho) de la Vida, con mayúsculas, de un astronauta. No todo es estudio y seriedad, pero tampoco divertimento y rasguear cuerdas de guitarra; pudiendo, además, conocerse la larga lista de efectos que la ingravidez produce sobre el cuerpo humano y cuyo remedio se trata de alcanzar en la ISS.

Principio y final. Un círculo perfecto cuando se llega a la última página, que cierra un periodo vital, pero que da la bienvenida a otro. En definitiva, es una guía que se lee sola y que se disfruta; con la que podemos aprender de boca de un profesor generoso, pues Hadfield es un maestro de verdad.

Lectura de 21 de Junio de 2016 a las 1200 horas



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21 de Junio de 2016



lunes, junio 20, 2016

Suma y sigue: «Donde aúllan las colinas»

Hay colecciones de todo tipo: lógicas, venerables, carentes de sentido, meramente infantiles, con un ánimo puramente especulativo o de inocente entretenimiento.

Y hay muchas que se comienzan sin que tengamos la noción, por mínima que sea, de estar en poder de una de tal o cual tipo. En este aspecto, y en lo que se refiere a mi persona, hablo de las que se centran en libros (novelas, ensayos, etc.) debidamente firmados y dedicados por sus respectivos autores. Hace ya un tiempo que traté del tema, exponiendo una concisa relación de títulos acompañados de instantáneas de los trazos inmortalizados en una hoja más allá de la portada.

Llegados, entonces, a este punto: sí. He de sumar un nuevo “compañero” a la lista, pero también he de hacer mención especial al mismo, a través de la presente entrada, pues es la primera vez en la que tengo dos libros del mismo autor con su autógrafo y dedicatoria: Francisco Narla.

La pasada semana tuve la oportunidad de desembarazarme de los aviesos lazos del trabajo y bajar, literalmente, a los fondos de Cronopios para asistir a la presentación en Pontevedra de la última novela de Narla que reza con el título «Donde aúllan las colinas», una historia corta si la comparamos con las anteriores (Assur, Ronin), pero que, en palabras del escritor, ha costado más moldearla desde un punto de vista narrativo y de investigación, pues se centra en un animal y no en una persona: un lobo.

Por supuesto, cuando llegue el momento, os ofrecerá una recensión de la novela al estilo que me caracteriza; una obra que se nutre del acerbo cultural galaico centrado en la figura temida y venerada del lobo, partiendo de una historia relatada al propio Narla al albur de una taza de orujo, y que, con la imaginación de Narla, nos traslada al s. I a. de C.

Por ahora, me contento que el lobo se lleve bien con mi punto de lectura favorito.



Lectura de 20 de Junio de 2016 a las 1200 horas



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miércoles, junio 15, 2016

Breve semblanza a la figura y calle de Paio Gómez Charino de Pontevedra

Dando comienzo ante la fachada del Teatro Principal —donde en su día se levantaba la primitiva iglesia bajo advocación de San Bartolomé—, y fin en la plaza de las Cinco Rúas, sin que le llegue a acariciar la sombra del crucero frente la vivienda de don Ramón María Valle-Inclán, se extiende una larga y estrecha calle, punto neurálgico de la zona de marcha en la capital del Lérez, que se refiere al quinto almirante de Castilla y adelantado de Galicia don Payo Gómez Charino o Chariño (1218/1220-1295), quien es, a su vez, centro de una agria disputa intelectual entre eruditos e historiadores que se remonta a hace dos siglos, sin que parezca que haya o vaya a haber acuerdo a la vista.

Si la figura de un Colón gallego es esquiva, la de este señor, que José Valverde Filgueira denomina acertadamente como almirante trovador, es particularmente problemática. Buena parte de la polémica, casi histérica, se la debemos a su sepulcro, sito junto al altar de la iglesia de San Francisco de Pontevedra, el cual rebosa de detalles y erratas, tanto en piedra como en hueso. Para empezar, se yerra en la fecha de su defunción, retrasándola hasta 1304*1, habiendo fenecido en 1295; se le refiere como hombre aparentemente importante en la reconquista de Sevilla («fue señor de Rianjo y ganó Sevilla siendo de moros»*2), algo sobre lo que más adelante trataremos y discutiremos; las galas de su efigie de piedra aportan un aire más de cortesano que de almirante u hombre de armas; y, para darle una vuelta a la tortilla, la tumba fue profanada y los restos hallados en su interior en Julio de 1870, no se sabe a ciencia cierta por qué (pues no he dado con fuente que explique tal aseveración), no corresponden con los de Gómez Charino. 

Por haber, hay hasta choques dialécticos demasiados broncos con respecto a su origen y existencia, pues hay quien asegura que Charino es una deformación de Cariño, que debía ser una especie de sobrenombre, o quien ha querido entroncar a este personaje con la reina Rekiberga o Resimberga Chirino, mujer del rey godo Chindasvinto Balthes (¿536?-653 D. de C.). Mas, cierto «historiador ilustre, extraño enemigo póstumo del viejo trovador, escribe tan injusto como apasionado, “que ni Chariño asistió a la conquista de Sevilla, ni fue Almirante de Castilla, ni señor de Rianjo, ni hay palabra de verdad en el epitafio compuesto mucho tiempo después que el ensalzado pasa a mejor vida”*3».

Lo cierto es que Gómez Charino es mencionado en las crónicas de Alfonso X el Sabio, Sancho IV el Bravo y Fernando IV el Emplazado: en la primera de ellas aparece de pasada, como hermano de la castellana de la fortaleza de Zamora quien, en 1282, cedió la plaza ante el infante don Juan de Castilla el de Tarifa, cuando éste amenazó de muerte a uno de los hijos de la dama*4, secuestrado en los campos que rodeaban la población.

En la segunda es referido como favorito de don Sancho IV y cortesano intrigante en la sombra contra el rebelde don Juan Núñez el Gordo, quien infligió una deshonrosa derrota a sus enemigos en 1292. Charino, como capitán de las mesnadas reales, salvó el pellejo en aquella, pero no pudo hacer nada para suavizar el fracaso y la pérdida de diecisiete insignias y pendones.

Por último, en las crónicas de Fernando IV, en el primer capítulo, se preocuparon de recoger su muerte a manos de su deudo Ruy Pérez de Tenorio, quién le asestaría una cuchillada en el pecho en Ciudad Rodrigo, en el año de 1295.

Hay quien ve en las descripciones contenidas en estos anales la verdadera figura de Gómez Charino, la que fue trasladada fielmente a piedra en su sepulcro: un cortesano y no guerrero de tomo y lomo*5; mas todos los entendidos coinciden en que debió ser un hombre ducho en el arte de la palabra y, como la inmensa mayoría de los nobles de aquella época anterior al reinado de Isabel I de Castilla, muy mudable de sentimientos y lealtades para con la Corona. Resulta, al respecto, digno de mención que Payo Gómez Charino abandonó a la reina viuda de Sancho IV, María de Molina, y a su heredero, quien se coronaría como Fernando IV, para unirse a los pendones que acumulaba el príncipe Juan, el mismo que había forzado ruinmente la entrega de Zamora en 1282.

De todos modos, Gómez Charino fue un hombre capaz de labrarse fama y leyenda, ambas igualmente dudosas, en las tierras de Pontevedra y se le llegó a honrar hasta con una popular obra dramática intitulada Payo Gómez Charino, escrita en 1867 por Emilio Álvarez Jiménez, catedrático de retórica en el Instituto de Pontevedra.

Grabado contenido en Semanario pintoresco español, de 14
de Agosto de 1853.
El hecho de armas más notable y controvertible del mítico Gómez Charino se supone que fue su participación en la toma de Sevilla. De sus textos como trovador, del espíritu de algunas de sus veintiocho cántigas*6, se extraen ciertas notas de personajes y eventos del momento que lo vinculan con la ciudad del Betis. No parece, por ese lado, que se pueda negar la mayor de que Payo Gómez Charino sí participó de las guerras contra la Sevilla Almohade al servicio de Fernando III el Santo*7; sin embargo, muchos de sus más recalcitrantes defensores se desgañitan hasta quedarse afónicos, haciéndole titular o responsable no solo de la flota gallega*8 que se unió a las velas vizcaínas del almirante de Castilla, el burgalés don Ramón Bonifaz*9, sino que, a semejanza de un Ulises gallego, lo señalan como artífice y ejecutante de la estratagema que permitió romper el puente de cadenas frente a Triana y permitir así la irrupción de las tropas cristianas en la ciudad el 3 de Mayo de 1248*10. Incluso hay quien pone su aduladora ensoñación en marcha y suspira los daños que sufrió el héroe durante el asalto*11.

Otros estudiosos, más humildes, se contentan con admitir que fue posible que Charino participara de la acción como hombre de confianza a las órdenes de Bonifaz.

Cierto es que la meritada acción bélica fue ejecutada por dos navíos*12 gallegos de los Sotomayor*13 (en el primero se encontraba supuestamente nuestro héroe pontevedrés y en el segundo Bonifaz), pero de ahí a que Payo Gómez Charino fuera la pieza clave de la victoria o, mejor dicho, de la cabeza de playa supone poner una mano en el fuego de forma negligente*14

Nosotros ni ponemos ni quitamos; pero hemos de reconocer que si hubiera llevado a cabo semejante hazaña habría recibido, por concesión real, una parte del botín de guerra, algo que no llegó a suceder*15. A la cruzada encabezada por Fernando III acudieron gran número de nobles gallegos, entre los que destacaban el arzobispo de Compostela, y cuyos nombres sí son tomados en cuenta a la hora del reparto (“repartimiento”) de tierras conquistadas: don Pelayo Pérez Correa, insigne maestre de Santiago; don Lorenzo Suárez Gallinato, cuyas hazañas fueron inmortalizadas en el texto de Conde Lucanor; don Rodrigo Gómez de Traba, señor de Trastámara, el principal magnate de Galicia en su tiempo; don Andrés Fernández de Castro, pertiguero de Santiago; don Munio Fernández, merino mayor del reino; don Garci Pérez de Ambia, señor de Temes y Chantada; don Fernán Rodríguez de Castro; don Domingo Ruiz de Rivadavia, y otros muchos, entre los que podemos encontrar parientes directos de Payo Gómez Charino como son los Tenorio o el mismo don Juan García de Villamayor.

Es en el Libro de diferentes cuentas de la Casa Real de Castilla (escrito en 1293-1294) donde se hace mención a un Payo Gómez, a quien se le entrega una hacienda en Sanlúcar de Barrameda, en las tierras del llamado Arzobispado de Sevilla. Pero resulta ser una gracia otorgada demasiado tarde como para relacionarla con los heroicos hechos sevillanos, por lo que nos inclinamos más por la teoría de que es una concesión que coincide con la restauración de la confianza real en la persona de Charino, pocos meses antes del fallecimiento de Sancho IV.

Según parece, retrotrayéndonos a los tiempos de la reconquista de Sevilla, el joven Payo, tras diferentes aventuras y desventuras, aumentó sus conocimiento bélicos y de navegación enrolándose en la flota castellana que se fue concentrando en el Guadalquivir para preparar un asalto al norte de África, conocida como Cruzada de Ultramar, proyecto éste que se fue dilatando en el tiempo y pasando de manos, de las de Fernando III a las de su hijo, Alfonso X, quien tuvo a bien, en 1284*16, nombrar a Payo quinto Almirante mayor de Castilla*17 y, probablemente a la par, señor de Rianxo, un pueblecito sito en la ría de Arosa y que fue cabeza de jurisdicción y eclesiástica, con 58-60 años. 

El cargo de almirante de la mar era un privilegio del que Charino gozaría entre el 10 de Agosto de 1284 y el 8 de Septiembre de 1286, corto periodo sobre el que debemos prestar atención pues, hace unas semanas, tratamos en este blog de la conocida Travesía de la Galera y, estudiando la figura de Gómez Charino, hemos descubierto, al menos es lo que parece, que fue este hombre quien encargó la construcción de la mencionada embarcación de remos aún cuando no tenía potestad para ello. El objeto de tal “capricho” era el de hacer un nuevo desplante al arzobispo fray Rodrigo González, pero el ex provincial de los dominicos tenía más favor regio que Charino, por lo que don Sancho IV mandó que la galera se quedara en puerto, pudriéndose.

En 1286, el rey decidió cumplir con su peregrinaje hasta Santiago de Compostela, llevando consigo a Charino. Estando la Corte instalada en Pontevedra entre los días 18 y 26 del mes de agosto del referido año, Charino presionó al bravo monarca para obtener beneficios a favor de la región pontevedresa, pero, en la ciudad jacobea, Charino se vería privado del cargo de almirante*18. Cuesta saber si la destitución responde a cambios políticos en la Corte, impelidos por Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya; como castigo por sus burlas en verso a quien no debía; o por una derrota naval desterrada de las crónicas del reino. Pero todo parece apuntar al embarazoso asunto de la galera.

En su vertiente lírica o poética, explotando con desencogimiento el género de maldecir a partir de 1286, tras abandonar la Corte y asentarse en Galicia, Charino vive amargado por su cese como almirante y hasta se dedica a atacar a Sancho IV por su gusto desmedido a la buena mesa y su ligereza como soberano, comparándolo con el mar.

Payo volverá a recibir el favor real cuando don Juan Alfonso de Alburquerque, deudo de la reina y adelantado mayor de Galicia, comienza a desestabilizar la región noroeste, a donde partirá Sancho IV en 1291 para sofocar la rebelión que acaba de estallar. Alburquerque acabaría con sus huesos en presidio y su cargo real fue entregado a Charino. El viejo trovador se las vería muy felices, pero la repentina muerte del monarca*19 dejó a Castilla sumida en la anarquía y con tres aspirantes ilegítimos que se coronaron como reyes. Charino tomó partido por el infante don Juan el de Tarifa, quien lo mantuvo en el cargo de adelantado y nombró alcaide de Zamora el 3 de agosto de 1295 como premio a su lealtad.

Es durante estos días cuando Charino encontrará la muerte a traición, a manos de un deudo suyo, Ruy Pérez Tenorio, quien le atravesó el corazón de una cuchillada. El hecho, por lo visto, se cometió a la vista de los infantes don Juan y don Enrique en la dehesa de Ciudad Rodrigo, siendo el asesino apresado y muerto.

Los motivos del crimen se centrarían en la bandería de Charino y no falta quien considere a la mano homicida como justiciera, pues no es menos cierto que a Charino le faltó tiempo para abandonar al legítimo heredero de su buen rey Sancho.

Terminamos esta semblanza relacionando a los famosos descendientes de Charino, quienes fueron sus hijos Alvar Páez, almirante durante el reinado de Fernando IV (1301-1303); Suero Gómez, cortesano de Sancho IV; Ruy Páez y Juana Mariño Chariño*20.


Lectura de 15 de Junio de 2016 a las 1200 horas



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15 de Junio de 2016







martes, junio 14, 2016

Guardia de Literatura: reseña a «El murciélago», de Jo Nesbø

Número de páginas: 384
Editorial: Reservoir Books
ISBN 9788416195008
En todo apartado rincón de nuestro planeta en el que buena parte  de su economía se fundamente en el turismo, siempre es un verdadero trauma que un extranjero aparezca muerto en extrañas circunstancias. Mucho más si es una bella mujer, violada y después asesinada. Así que cuando el cuerpo de Inger Holten, ciudadana noruega es descubierto en un acantilado de Sidney, las autoridades necesitan darle carpetazo al asunto lo más rápido posible, aún con la “ayuda” de algún miembro de la policía del país de procedencia de la víctima.

Así es como se podría resumir, a grandes rasgos, el comienzo la primera novela de Jo Nesbø en la que aparece su ya archiconocido personaje: el inspector Harry Hole, un hombre alcohólico y frustrado, que muchos creen que está ahí para “pasar el rato” y de “vacaciones”.

La novela en sí adolece de ser un recorrido demasiado llano, en el que se nos antoja estar delante del televisor visionando un telefilm de sobremesa. Cierto que la nota que aporta el que sea muy televisivo es muy positiva para el lector, que ve cómo la lectura está sembrada de descansos que le animan a seguir unas páginas más; y la trama en sí o, más bien, la narración no parece ser nada atractiva hasta que dos personajes, uno secundario y otro principal, acaban desmembrados y colgados de un cable respectivamente. Desde ese punto es como si Nesbø se hubiera metido una raya directa en el cerebro y la novela ganara todos los enteros perdidos de golpe: los personajes y sus pensamientos son más contundentes. Quizá el regreso de Hole a la botella sea ese revulsivo que le hacía falta a una trama policíaca que no parece demasiado sólida y que va dando saltitos de rana, sobre todo en aquellos puntos en los que Nesbø se topó con un elemento cuya naturaleza técnica no controlaba.

Cierto es que en la lectura de «El Murciélago» debemos atender a la mitología aborigen australiana. El animal que le da título representa a la muerte y la historia de la serpiente Bubbur, cuyos personajes dan título a las partes en las que se divide la obra, avisa a los más espabilados del lugar de qué va a suceder.

Por supuesto, una novela policíaca, con asesinato de por medio, siempre nos instiga a cavilar acerca de quién es el asesino y en «El Murciélago» no cuesta nada saberlo, pues la persona que conoce quién es el malo arrastra a Hole hasta su presencia a propósito, para que él solito caiga en la cuenta. Pero también nos encontramos con una situación de abandono por parte del jardinero-escritor: el principal sospechoso queda en nada, ciertos individuos solo aparecen como meros adornos y otros, que casi no pintan nada, pasan a ser indispensables.

Es una novela con dos caras, siendo la mejor la segunda mitad.

Lectura de 14 de Junio de 2016 a las 1200 horas



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14 de Junio de 2016