lunes, diciembre 26, 2011

El color de la magia, de Terry Pratchett

“En un mundo plano sostenido por cuatro elefante s impasibles –que se apoyan en la espalda de una tortuga gigante- habitan los estrafalarios personajes de esta novela: un hechicero avaro y torpe, un turista ingenuo cuyo fiero equipaje le sigue a todas partes sostenido por cientos de patitas, dragones que solo existen si se cree en ellos, gremios de ladrones y asesinos, espadas mágicas, la Muerte y, por supuesto, un extenso catálogo de magos y demonios… En esta serie de novelas se dan cita todos los temas y situaciones del género fantástico, vistos a través del personalísimos y corrosivo sentido del humor de un autor inglés que se ha convertido en uno de los escritores de humor de mayor éxito y fama en el mundo.” (Sinopsis de la contraportada).

Tras tanto comentario alabando a Terry Pratchett, pues uno llega a hacerse a la idea de que es una especie de dios de la literatura humorística, cómodamente apoltronado en su inamovible e inalcanzable pedestal. Casi te da la sensación de que es alguien sobre el que no puede pensar ni discutir, que todo es maravilloso en él, etc. Y eso puede, al final, obligarle a frenarle a uno durante años, tal y como le ha pasado al que os escribe estas líneas. Otro tanto me pudo haber pasado con Patrick O´Brien (por supuesto, el género es totalmente diferente).

Pues bien, te lo pintan que leerlo es como ver por primera vez “Loca academia de policía” y, claro, te ponen todo “tan así” que, cuando al final lo acabas leyendo, te puedes sentir algo decepcionado por que, a pesar de ser buenísimo, te esperabas “algo más” de forma irracionalmente infundada. Ya me ha pasado con otros libros humorísticos que te los recomiendan con fervor pero, al contrario quecon este de Terry Pratchett, los demás los acabé dejando tirados en la cuneta porque no me hacían ni puñetera gracia.

Por suerte algo me enganchó en Pratchett y lo agradezco, por que terminé sumergiéndome en el fabuloso universo de Mundodisco (un disco gigante donde varias civilizaciones conviven, soportado por cuatro elefantes, que viaja sobre el caparazón de una tortuga espacial a través del universo), huyendo de los que te comen las orejas, de esos fanáticos. Es más, puedes no hacerme ni caso si pretendes leerlo algún día.

Me acerqué a Pratchett por una pataleta del destino (con ver el cebo de la portada ya os hacéis a la idea). Me lancé a su lectura también por que me parecía el divertimento perfecto en los momentos en los que me tiraba mirando al techo mientras el ordenata se paralizaba o había que reiniciarlo constantemente (no es que sea un problema que haya subsanado por completo aún a día de hoy, aunque ahora cuento con otra burra informática). Largos periodos de tiempos que, al cabo del día, bien podrían suponer una hora y media o más tirados a la maldita basura. Estaba que me subía por las paredes (entre darle al botón de reinicio hasta que vuelve a ser operativo pueden transcurrir siete minutos) y algo de diversión podría calmar mi estrés. ¡Y sirvió a las mil maravillas! Sobre todo por la forma de escritura, muy ligera y con constantes descansos que permite no dejar la acción “en suspenso” hasta el siguiente “parón.” Así fui, poco a poco, conociendo al mago Rincewind, que solo conoce un hechizo que recordará y pronunciará cuando muera (poseyendo tal frase repercusiones bastante apocalípticas), y que termina por orden de, digamos, un jefe mafioso escoltando por el Mundodisco a un curioso, imprudente y simpático turista llamado Dosflores, el cual viene desde muy lejos acompañado por algo que le sobra a él y a sus compatriotas (onzas y onzas de oro), ¡ah!, y de un aguerrido baúl portaequipajes.

Se entrelaza la fantasía con situaciones tan absurdas y delirantes como la persecución a la que somete la Muerte a Rincewind, fracasando Ésta siempre. Pero también podemos adentrarnos en un mundo que nada tiene que ver con lo visto hasta entonces: ciudades espectaculares, dragones invisibles, montañas invertidas, un mar sin agua pero por el que navegan barcos, o la Periferia por donde se precipitan los océanos. Hasta hay un pequeño homenaje a H.P. Lovecraft, siendo todo ello salpimentado por las acciones del típico turista de “máquina de retratar” bajo el brazo.

Sinceramente me ha llamado la atención este mundo que trata de fantasía, pero que se ríe a su vez del género, o de algunos tópicos del mismo, con ironía y amenidad, haciendo suyo temáticas actuales.

Pero ya te he avisado párrafos antes: adéntrate por ti mismo.

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