miércoles, abril 26, 2017

Ficha de fauna: Frailecillo del Atlántico






Reino: Animalia
Filo: Chordata
Clase: Aves
Orden: Charadriiformes
Familia: Alcidae
Género: Fratercula



En esta ficha de fauna vamos a prestar nuestra atención al frailecillo del Atlántico (Fratercula arctica), harto conocido entre los de su tipo y el único que habita en las aguas del océano Atlántico.

Esta simpática avecilla comparte muchas de las características propias de las especies aladas de las regiones polares, respecto a colores de plumaje y capacidad natatoria en un desarrollo adactativo-evolutivo extraordinario. Lo que destaca a primera vista del frailecillo es su colorido pico durante la época de apareamiento, que recuerda mucho a aves propias del Trópico por sus tonos anaranjados, azulados y amarillos, pero en cuyo interior se encuentra una lengua bien rasposa que le permite capturar y mantener prisioneros a más de diez pececillos de cada zambullida.

Como muchas aves de estos inhóspitos lugares, el frailecillo es otro de tantos que solo vuelven a tierra tan solo para reproducirse. En vuelo puede generar una velocidad de 88 km./h., es extremadamente rápido, siendo que su musculatura alar (y su diseño) le permite bucear con un control envidiable hasta los treinta metros de profundidad, sirviéndose de sus patas como timones. Es capaz de mantenerse en inmersión y sin tomar aire durante los 30 segundos, estando a la altura de los pingüinos (aunque no es la única similitud que guardan con los “estirados del frac”).

La cría es anual, poniendo bajo tierra un huevo por pareja que es incubado durante 40-42 días. Una vez que eclosiona, el polluelo superará un duro trance en la colonia hasta que, a las 7-8 semanas, ya se ve lo suficientemente fuerte como para echar a volar. Una cría tarda tres años en ser sexualmente madura, momento en el que volverá a la colonia para continuar con el ciclo reproductivo.

Aparte de este tipo de frailecillo del Atlántico, existen las siguientes especies y subespecies:

Especies
  • Frailecillo cornudo
  • Frailecillo Copetudo
  • Auklet Rinoceronte
Subespecies:

  • Fratercula arctica arctica
  • Fratercula arctica grabae
  • Fratercula arctica naumanni

Lectura de 26 de Abril de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 754 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 16º
  • Higrómetro: 39%

martes, abril 25, 2017

Guardia de literatura: reseña a «El resplandor», de Stephen King

Título original: «The Shining»
Random House Mondadori. Barcelona
Colección Biblioteca de Stephen King.
DeBOLS!LLO
Cuarta edición: febrero de 2009
ISBN: 978-84-9759-380-9
652 págs.
King, a lo largo de más de seiscientas páginas y mediante la revelación velada de su terrible situación familiar hacia durante la década de 1970, demuestra ser un maestro de las letras, desmontando, capa a capa, el corazón y alma de sus personajes

El filme «El resplandor» es uno de tantos condenados a la reposición en bucle en el canal de TDT de la Paramount, junto con la trilogía de «El padrino», las otras tantas secuelas de «Desaparecido en combate» y todas las cintas protagonizadas por Bruce Lee; por ello, soy uno de tantos que han visionado el comienzo y el final de la película más veces de las que puede recordar, pero ni un solo segundo de su parte intermedia. Esto supone para mí una excelente excusa para poder adentrarme lo más virgen y puro posible entre las páginas escritas por Stephen King allá a finales de la década de 1970, aun cuando he tenido que luchar como un jabato para apartar de mi imaginación el desquiciante rostro demente que siempre ha lucido Jack Nicholson y la careta de sapo histérico de Shelley Duvall (así como el doblaje al castellano de Verónica Forqué).

«El resplandor» no es la primera ni será la última obra firmada por King a la que traslada ciertos episodios de su azarosa vida. Cuando trabajaba en el cuerpo de esta novela, King se hallaba inmerso en uno de los momentos más difíciles y delicados como marido y padre de familia. Su fama de novelista le permitió dar un mejor futuro a los suyos, pudiendo incluso dejar de sentir el ahogo producido por las estrecheces económicas y el confinamiento dentro de una caravana; pero también había traído el alcoholismo, la drogadicción y hasta una afición descontrolada por el enjuague bucal. King estaba sumido en las tinieblas en su día a día, llegando incluso a no recordar detalle alguno de la fase de preparación y redacción de la novela «Cujo».

Con el acompañamiento de la fiel máquina de escribir, King se alejó de Maine y de sus adicciones recluyéndose en un hotel donde sucedían hechos de difícil explicación y que fueron nutriendo al ficticio, gigantesco y oscuro Overlook, la dosis terrorífica de la novela, la cual tiene, no obstante, su eje principal situado en torno a la familia y su degradación, conservándose la dualidad entre el padre y marido amado y el monstruo hecho a imagen y semejanza del Overlook.

El de Bangor es Jack Torrance, no hay duda; un hombre que ama y es amado, pero cuya adicción al alcohol le ha conducido a la violencia y desesperación dentro del seno familiar. King-Torrance contaba con el apoyo de sus seres queridos, a los que había llegado a causar daño físico, y quiere enmendarse; pero es más fácil decirlo que hacerlo.

King, a lo largo de más de seiscientas páginas, demuestra ser un maestro de las letras, desmontando, capa a capa, el corazón y alma de sus personajes; se recrea en la descripción de la relación entre marido y mujer, esa abrupta montaña rusa de constantes altibajos entre el amor y el odio, el entendimiento y los celos, entre el respeto y la humillación, que no solo afecta a la pareja, sino también a los niños, los grandes olvidados. Estos no necesitan de poderes extraordinarios o de esplendor alguno para entender el significado de los gritos ensordecedores o murmullos recriminatorios que se filtran a través de las finas paredes o por debajo de la puerta del dormitorio. King convierte a Danny Torrance en protagonista, pero también en temeroso testigo, quien sufre lo indecible ante un posible divorcio de sus padres y la desmembración de su familia. Pero, a la hora de adaptar la obra al cine, Stanley Kubrick obvió buena parte de la trama familiar, algo que contrarió a King, quien formuló todas las protestas posibles a un guión cuya faceta oscura y de terror supera a la del libro.

Los tres personajes principales están bien trazados y se enfrentan a la pesadilla del Overlook de distintas formas, como sucedería ante la destrucción familiar por parte de King; sin embargo, el desarrollo terrorífico de «El resplandor», como novela, deja bastante de qué desear pues yo anhelaba toparme con ese par de inquietantes gemelas, con la sangre irrumpiendo en el pasillo… Pero solo he sentido la inquietud en un par de momentos, siendo uno de ellos, necesariamente, cuando Danny se mete en los túneles de cemento del área infantil del hotel; siendo que los setos con formas de animales pasan de ser un excelente recurso en el primer encuentro con Jack a un absurdo a medida que el Overlook gana poder.

Lo que menos me ha convencido es el final de la pesadilla en sí, pues me cuesta creer que lo que anida en el hotel pueda abrir la puerta de la despensa en la que Jack permanece encerrado, pero necesita de este hombre convertido en monigote para bajar la presión de la caldera de gas y, así, evitar que explote; como tampoco me convence el regreso de Dick Hallorann (King repetiría misma línea con la esposa del protagonista de «Cementerio de animales»); elementos ambos que le sirven a King de excusa para salvar a Wendy y a Danny del golpe mortal con el que Jack los haría papilla bajo la maza de roqué (que no hacha).

Es una novela de larga duración que se lee con gusto, sacándose uno tiempo de donde sea para pasar al siguiente capítulo, como sucede con todo lo que escribe el señor King; bien trazada a nivel humano, permite adentrarse en un pasaje oscuro del pasado del autor (y sospechar hasta del nivel de delirio al que pudo llegar), siendo su epílogo correcto dentro de lo que cabe, en clara alusión a Tabita y a sus hijos, aquellos por los que King consiguió burlar a sus demonios, aquellos mismos que lo convertían en un monstruo sin rostro.

Lectura de 25 de Abril de 2017 a las 1200 horas



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jueves, abril 20, 2017

«Past The Point Of Rescue», Dixie Chicks



Last night I dreamed you were back again
Larger than life again, holding me tight again
Placing those same kisses on my brow
Sweeter than ever now, Lord, I remember how
Couldn't get enough of kissing
Do you know how much I'm missing?
No you don't, but I do
Days like a slow train trickle by
Even the words that I write, refuse to fly
All that I can hear is your song haunting me
Can't get the melody out of my head you see
Distractions I've been using
Do you know how much you're losing?
No you don't, but I do
I do And I wonder if I'm past the point of rescue
Is no word from you at all the best that you can do?
I never meant to push or shove you
Do you know how much I love you?
No you don't, but I do

Lectura de 20 de Abril de 2017 a las 1200 horas



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martes, abril 18, 2017

Guardia de cine: «Lawrence de Arabia»

Título original: «Lawrence of Arabia». 1962. RU-EEUU. Biopic. 3 h y 36 min. Director: David Lean. Guion: Robert Bolt sobre la obra de T. E. Lawrence. Elenco: Peter O'Toole, Alec Guinness, Anthony Quinn, Omar Sharif

Un filme épico, pasional donde la Naturaleza y el Hombre convergen en la guerra, desnudando las almas de los combatientes. Una adaptación cinematográfica de la vida de Lawrence imposible de igualar

El comandante T. E. Lawrence, un hombre de apariencia física frágil y anodina, fue pieza fundamental en la contienda contra el Imperio otomano durante la primera guerra mundial, unificando a las diferentes tribus arábigas. El artífice de buena parte de lo que hoy se denomina Oriente medio. Un oficial que podría haberse contentado con el anonimato pero que escribió su propio destino entre las páginas de la Historia, quizá con algo de arrogancia, producto de su propia inseguridad, quizá con la vanidad de alguien demasiado honesto y arrojado.

Lawrence protagoniza una vida de leyenda no apreciada en su justa medida por sus contemporáneos. Por ello fue de Justicia que ese retazo biográfico quedara inmortalizado en una de las películas más grandiosas de Hollywood, con un Peter O´Toole magnífico, a quien acompañan actores de la talla de Omar Sharif, Alec Guinness y Anthony Quinn. Un filme titánico e innovador que arrastra al espectador, que se entrega sin resistencia, por las arenas durante más de tres horas de proyección. Y ha sido esto lo que me ha conquistado de esta producción: a pesar de su desmesurado metraje, no cansa y le mantiene a uno en la butaca, frente a la pantalla, importando bien poco la omnipresencia del silencio tan solo roto por el rumor del viento transportando toneladas de arena, a medida que el héroe sucumbe a los efectos de la guerra, la violencia y la crueldad. A pesar de que cualquier guionista y productor hubiera gustado tergiversar la historia y al hombre para trasladar a los carteles a un héroe más arquetípico y artificial, el Lawrence de la película retrata al hombre ajeno a lo bélico, que le repugnaba la sangre derramada, que cae en una espiral de irracionalidad que se desencadena, no cuando es torturado por los turcos, sino cuando ha de ejecutar, con su propio revólver de ordenanza, al soldado que salvó de perecer en el desierto, poniendo en riesgo más que su propia vida. Una espiral de locura que alcanza su punto de álgido con el salvaje e innecesario ataque a una columna de rezagados turcos; una matanza que llega a desagradar al sheriff Alí. Aunque Lawrence dará cuenta del horror en Damasco, cuando visita de incógnito el hospital militar donde se hacinaban dos mil soldados enemigos.

La grandiosidad del desierto se rebaja con un examen de la condición humana y la vileza de la guerra, único medio entre lobos de imponer la Ley, fundar imperios o  forjar libertades en un mundo ajeno a toda perfección o sublimidad

Más de tres horas de cine de primera clase, aumentadas con 17 minutos extra en la versión que he visionado; minutos no incluidos en la cinta original estrenada en España en la década de 1960. Y esto es lo que me ha disgustado, pues esos 1.020 segundos, desperdigados en secuencias previas, intermedias o de cierre de diversas escenas, no sobraban. Es más, eran necesarios para comprender en toda su dimensión lo que estaba sucediendo y al personaje central, así como las opiniones que de él tenían aquellos que le admiraban y seguían y aquellos otros que lo envidiaban y detractaban. No hablamos de escenas cortadas por cuestiones de censura. Aunque las han incluido en versión original, es de agradecer una versión tan completa.

«Lawrence de Arabia» es épica pura, una producción que supera las expectativas del más receloso. Se puso toda la carne en el asador y a cientos de extras sobre camellos y caballos en desiertos asiáticos y españoles, con toda la problemática técnica que esto suponía. Una producción de valientes para retratar una biografía que ya rondaba por el Hollywood de la década de 1930. Un retazo de vida que olvida referenciar al Lawrence de después de la Gran Guerra, como profesor y agitador. Se limita acertadamente a los hechos que le hicieron mundialmente reconocido, a unir el momento de su muerte, que abre la película, con el final del metraje.

Lectura de 18 de Abril de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 755,5 (Variable). Nimbostratos
  • Termómetro: 17,5º
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18 de Abril de 2017




miércoles, abril 12, 2017

Hasta el lunes

Si estos días los vais a vivir en constricción y emoción, dando los oportunos pasos por las autopistas y autovías rumbo al sol, la arena y las aglomeraciones, o ni una ni la otra, desde este blog, os deseo lo mejor y el próximo lunes, ya os aviso, ¡pasaremos lista!

Lectura de 12 de Abril de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756,5 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 18º
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12 de Abril de 2017



martes, abril 11, 2017

Guardia de Literatura: reseña a «Kafka en la orilla», de Haruki Murakami

Serie Andanzas (Tusquets), nº 618
Tusquets, Barcelona. 2006
584 págs.
ISBN: 84-8310-356-7
Un argumento chocante, plagado de referencias oníricas que impiden una plena comprensión; provisto de cierto hálito lorquiano y hasta jungiano, que se funde con la sombra del propio Franz Kafka. Aún así, no puedes dejar de leer esta novela

La primera vez que tomé contacto con este autor nipón fue por medio del vetusto blog de Héctor García, Kirai. Uno de sus artículos reseñaba brevemente una de sus últimas obras de Murakami publicadas por aquel entonces, «1Q84». 

La segunda no sucedió hace tanto (aunque soy incapaz de precisar más) y fue a medio de una columna contenida en una revista especializada cuyo redactor pretendía hacer sangre de los hipsters, esa falsa y chorra última esperanza para un mundo chorra, de aquellos que creen que sus picudas y enlacadas barbas sirven de dientes de engranaje para que la Tierra siga girando sobre su propio eje. En esa columna en cuestión se arrojaba luz sobre la última y perversa tendencia de aquellos que quieren dar a entender al resto, sin ningún tipo de rubor pero con sobrada pedantería, que leen. El jocoso autor lamentaba que Gabriel García Márquez hubiera sido destronado por Haruki Murakami en este oficio de adornar las mesitas de las terrazas y los pechopaloma abiertos con la portada de alguno de estos libros perfectamente orientada hacia el transeúnte o forzoso compañero de al lado. “Mira, observa, contempla, espíame a hurtadillas o no. Abre la boca e inclínate ante mí para recoger el desperdicio de mi orgasmo. Yo… YO LEO”.

La tercera vez ha sido hace nada. Recibí un mail, como sucede cada jueves, de una web que vocifera novedades y ebooks en oferta. Y entre tanto título desazonador, se coló «Kafka en la orilla». Le dediqué un segundo a la sinopsis, a conocer superficialmente la historia de un tal Kafka Tamura, un chico de quince años que se escapa de casa, atormentado ante la profecía que le repite constantemente su padre: está destinado a compartir el destino trágico de Edipo. Y junto la de Tamura, corre paralela la vida de Satoru Nakata, un sexagenario que, durante la segunda guerra mundial, sufrió los efectos de un incidente que podría calificarse a priori como OVNI, por cuya culpa regresó del coma como una hoja en blanco, sin recordar una sola palabra, ni su nombre, quedándose en un estado rayano a la deficiencia mental, aunque acabase aprendiendo a comunicarse con los gatos. Ambos personajes terminarán por converger en una biblioteca muy especial.

Por alguna razón, llamémoslo X, me interesó el argumento y fui en busca de «Kafka en la orilla» a la biblioteca pública con la sana intención de cargar hasta casa con un desvencijado volumen, víctima del maltrato perpetrado por los usuarios que me precedieron, escasamente respetuosos con la propiedad común.

La historia que trata de transmitirnos Murakami se divide, a su vez, en dos, siendo que la protagonizada por Kafka Tamura está narrada en primera persona y la de Satoru Nakata en tercera u omnisciente. El argumento es chocante en sí mismo, plagado de referencias oníricas que impiden una plena comprensión (perdón por mis escasas luces) de lo que el autor ha querido dar a entender; no solo por la vinculación de las escenas con la tragedia del rey de Tebas, sino por cierto hálito lorquiano y hasta jungiano que se funde con la sombra del propio Franz Kafka, escritor éste del que en la vida he sido capaz de leer un libro entero. Aún así, no puedes dejar de leer «Kafka en la orilla», una historia en la que los propios protagonistas, extraños de por sí, se encuentran con sus alter ego imaginarios, incluso con forma de cuervo, y cuyas vidas se ven cruzadas por la inclusión de carta personales e informes militares, o la aparición de seres de otras dimensiones, gatos que hablan o lluvias de caballas y sanguijuelas, a lo que hay que sumar un plantel bastante único de personajes secundarios (o no tanto) que aportan su granito de arena en el casi quijotesco deambular por Japón de Kafka y Nakata, como son Sakura, Ôshima, la señora Saeki u Hoshino.

Si Kafka ha de luchar contra su destino y la profecía que lo compara con Edipo —la cual cree que se está cumpliendo cuando una noche se despierta cubierto de sangre, a cientos de kilómetros de casa y del cuerpo muerto de su padre, asesinado, o mantiene relaciones sexuales con la señora Saeki, de quien sospecha que podría ser su madre desaparecida once años atrás—; Nakata presencia cómo su apacible vida se desmorona al tener plena conciencia de que las secuelas del incidente en el que se vio envuelto de niño durante los últimos meses de la segunda guerra mundial le privó de algo más que de la memoria y de la facultad de leer y estudiar, arrinconándolo a una condición cercana a la deficiencia mental: le privó de la mitad de su sombra y su especial percepción le condena a enfrentarse a un desagradable ente al que hay que destruir.

Como he dicho en su momento, es una novela que tiene su aquel, pues no la apartas un momento de ti y sigues y sigues leyendo hasta alcanzar la última página, importando poco que te rodeen las sombras burlonas de la incomprensión. Quizá el lenguaje empleado por Murakami, bastante llano y divertido en bocas como la de Hoshino, permite capear la mar picada cuando nos planta en la cara alguna perorata intelectual y filosófica. Pero el formarse una opinión razonada y fundamentada de esta novela se me antoja como una tarea ardua, hercúlea, aún con mi experiencia en estos lances y duelos. No sé qué deciros, qué idea exponeros a pecho descubierto, salvo que me parece, al final, una novela incompleta. 

«Kafka en la orilla» es una inmersión en la vida de unos personajes muy extraños, entre los que fluctúa un mundo real y otro onírico o, incluso, paralelo; hombres y mujeres en el borde del mundo, como diría el gato llamado Toro

Lo mejor será que, si tenéis ánimo y espíritu (y os interesa), leáis «Kafka en la orilla» y os forméis vuestra propia opinión.

miércoles, abril 05, 2017

La «moña» de Gibraltar se hace querer

Desde hace unos días tenemos la suerte de disfrutar de pasatiempo y gonorrea gracias al bicho que se menea cada año al son de la canción de los tontos. Ya andaba yo rumiando que el honorable Sr. Fabián Picardo, Counselor de su Graciosa Majestad, llevaba demasiado privándonos de su particular arte, gracia y salero llanitos y el asuntillo del BREXIT —ese charco de fango en el que muchos allá arriba chapotean mostrando los dientes, no por ufanos sino porque llevan los paños hechos un asco a ver quien encuentra la luz al final del túnel—, tenía que llegar, tarde o temprano, a hacerse notar en nuestras costas y noticiarios.

Resumiendo: al Sr. Picardo no le gusta un pelo del tupé que su puesto de rey de la Tortuga y su pata de palo pendan del giro inesperado de 180º que ha tomado Bruselas, derrapando y quemando rueda, apoyando a un Estado miembro en respuesta al Reino Unido, que ha decidido, aunque sea haciendo eses, a cruzar el puente de plata. Sí, le pica eso del spaniard veto a toda negociación en la que Gibraltar sea ficha.

Por si fuera poco, el circo de tres pistas con carpa en gules y plata ya se ha montado y, esta vez, cuenta con payasos recién fichados, que ya venía siendo hora pues para algo la Sra. Theresa May dirige el cotarro y deleita al público con sus ademanes y su fusta de pega. El último en unirse a la feliz troupe es el Barón Michael Howard de Lympne, muy dicharachero él con sus ocurrencias de viejo chocho nostálgico de los tiempos de la Guerra Fría, del Imperio y de los que ambientan las novelas de Patrick O´Brien; quien no se ha enterado, o debido enterar, que España lleva ya un tiempecito templando el asiento en la NATO y en otras cuestiones que no tienen importancia para él, vamos. Y este muchacho, que se ve que se ha mantenido un tiempo alejado de los focos y el maquillaje, se pone a divagar en un discurso muy british y de meñique tieso para soltar la palabra mágica: «guerra». Sí, señor, con dos cojones, los mismos que comparten otros “enmedallados”, salvapatrias a renglón seguido a los que se les ha hecho la boca agua pues la estupidez del primo americano Trump se contagia como el sarampión. Ahora bien, yo me pregunto, aquí sentadito, como si no tuviera cosas mejores en las que perder el tiempo, ¿cuántos “rubios” se presentarán para donar sangre, no digamos ya “manolos”, por ese chusco de monas?  

Y todo por culpa del dichoso BREXIT de las narices. ¿Qué hay mejor, cuando los ingleses corren como pollos sin cabeza, que dedicarse a echar finuras sobre España? Hoy (y mañana) toca para ocultar la incompetencia, el miedo y el quiero y no puedo de Londres ante el proceso de desconexión (término catalanista donde los haya que hoy pedimos prestado con “v” de vuelta) con la UE. Y, ¿cómo no va a estar el nº 10 de Downing Street a partir un piñón con la Roca si lleva décadas consintiendo e inspirando la proliferación y buena salud de una colonia de ratas y contrabandistas, a los que lo mismo les da el tabaco, los narcóticos que las armas, que el bunkering, que los Tireless? La pena es que hemos tardado mucho en presenciar a los Santo Tomases de Bruselas metiendo el dedo y apercibiéndose de la realidad (dichosos aquellos que crean sin haber visto) de las reiteradas y fundadas denuncias de los “manolos”: que en Gibraltar hay mierda de la fina y de calidad, al ritmo de tour turístico de banco, despacho de abogados (a buen seguro, los responsables de las estafas al sector hostelero de la costa levantina) y sedes de empresas pantalla que cogen el parné y no miran a quién, y vuelta a empezar.

La sola existencia de ese cada vez más prescindible peñasco, cuyo valor estratégico es risible a día de hoy en comparación con tiempos pretéritos, es a todas luces ilegal por cuanto siempre ha vulnerado un tratado internacional como el de Utrecht (en vigor desde 1715 y por el que Reino Unido se desvive para que no pierda la eficacia en aquello que le beneficia), al haberse apropiado de zonas que se extralimitan a la concesión española (violación del primer término del art. X, si no recuerdo mal) y a que España posee un derecho de retrocesión por el cual, a día de hoy, ya ostentaría soberanía sobre Gibraltar —conforme al Derecho Internacional, el título jurídico de España es la existencia previa del Estado (título originario), mientras que el título del Reino Unido es la cesión por tratado (título derivativo), debiendo atenderse al régimen fijado en ese pacto; esto explica que el Reino Unido no disponga de una soberanía plena sobre el territorio, sino, según se desprende de la cesión, de un usufructo que le da el derecho al uso pero no a enajenarlo—. Ilegal y anacrónica, por cuanto Gibraltar es una crown colony, una población extranjera dentro del territorio nacional de un tercer país. Devolvieron Hong Kong y estamos con esto a tortas, si es que es de locos.

El Reino Unido siempre se ha amparado en la voluble voluntad de los gibraltareños para intimar con la Comisión de Descolonización de las Naciones Unidas, quien ya rechazó el resultado a favor de la independencia en un referéndum de 1967, por no ajustarse a los requisitos mínimos exigidos por la Asamblea ni a los derechos previos de España. Y eso fue en la era prodigiosa de la descolonización, mas, como me hartaré de repetir, a Londres nunca le ha interesado desprenderse del nido de las monas, más que nada cuando su estatuto comenzó a permitir la proliferación descontrolada de negocios para los que la Policía se quedó harta y agobiada de mirar para otro lado y engordar el trasero. La cuestión militar ahora es lo de menos.

En realidad los misters nunca ha habido voluntad, pues el orgullo y la flema se les atora en el pecho y garganta sonrosándoles el rostro, no vaya a ser que pierdan el peñasco y les atormente el espectro de la reina Victoria con cadenas, faja y mala baba de ultratumba.

Desconociendo en profundidad la problemática jurídica de Gibraltar —ese puntito ideal para concertar ciertos negocios ilícitos y por cuyo Estrecho los submarinos militares entran y salen del Mediterráneo en inmersión y como “Pedro por su casa”—, desde mi despreciable posición ofrezco una posible e injustificada solución al asunto, pues los llanitos prefieren ser moros antes que papistas (no nos engañemos con cosoberanías y experimentos, nunca vamos a recuperar ese guisante y desde bien niños hemos aprendido que un album de cromos no se puede compartir entre varios amigitos), y que necesitaría de cierto empuje en Madrid: exigir que Londres integre a Gibraltar en igualdad de condiciones al resto de territorios en el seno del Reino Unido o que se conceda la independencia al pueblo colonial, ambos casos previo de su importe en euros, dólares, libras, cupcakes o lo que tercie, por el pedazo de parcela, tanto al metro cuadrado, dejando de aplicar, de una vez por todas, ese esperpento jurídico sui generis a medio camino entre “propiedad” mal entendida de la Corona británica, pactada por España en Utrecht, y de soberanía sin jurisdicción territorial.

El Gobierno ha de implicarse y terminar de una vez con el perro rabioso. Pero, claro, con la Roca las cosas siempre se han hecho con falta de ganas.

Lectura de 5 de Abril de 2017 a las 1200 horas



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martes, abril 04, 2017

Guardia de cine: reseña a «Jurassic World»

Título original: «Jurassic World». 2014.Ciencia-ficción, aventura. Dirección: Colin Trevorrow. Guión: Rick Jaffa, Amanda Silver, Derek Connolly Colin Trevorrow. Elenco: Chris Patt, Bryce Dallas Howard, Vincent Donofrio, Ty Simpkins, Nick Robinson, Omar Sy y Bo Wong

A todo el mundo le gusta una buena película de monstruos, y «Jurassic World» es, sin lugar a dudas, un filme que cubre las expectativas, aún contando con ciertos elementos prescindibles que se cuelan de por medio y hubiera sido deseable que algún bicho escamoso los hubiera liquidado de antemano

«Parque Jurásico» es la obra literaria más reconocible entre los de mi generación cuya autoría corresponde al estadounidense Michael Crichton. Reconocible sobre todo tras su excelente adaptación a la gran pantalla por parte de Steven Spielberg. Un libro que desafia las leyes de la Ciencia y que sacudió nuestras imberbes mentes (y otras más adultas) durante aquellos primeros años de la década de 1990.

La novela, bien gordita (en mi edición de bolsillo de Plaza y Janés, de Septiembre de 1993), se convirtió para mí en lo que algunos pedantes califican como “libro de cabecera”. Un montón de páginas que, un adolescente como lo fui yo, leía y releía una y otra vez para vivir tanto como pudiera esas imposibles aventuras en la isla Nubla (lo de Nublar fue ya para la película), sufriendo los estragos de la aplicación práctica de la Teoría del Caos del Dr. Ian Malcolm entre animales traídos de vuelta del Valle de la Muerte gracias a las más modernas técnicas de clonación animal. «Parque Jurásico» me sirvió para evadirme, aunque fuera por unos minutos al día, de todo aquello que me rodeaba y me resultaba tan hostil. Otros tendrían de “libro de cabecera” a «Los pilares de la tierra», pero yo era de los que preferían seguir a un puñado de aterrados humanos perseguidos por bestias antediluvianas, ¿pasa algo?

El asunto coleteó tanto, durante meses y meses, gracias al gran éxito comercial de la producción de AMBLIN y a la reiterativa promoción en cascada, que para algo Spielberg es amigo del alma de George Lucas. Tan alto llegó el nivel de la barrila, que muchos acabaron hartos de tanto dinosaurio; pero aquellos que aún conservamos pequeños fragmentos de esa fascinación infantil, perfectamente conservados en ámbar, siempre nos hemos hecho la pregunta de qué habría sucedido si el sueño de ese viejo y entrañable Dr. Frankestein, de John Hammond, no se hubiera quedado en una primera y única visita al parque y que finalizó de forma desastrosa y terrorífica (y sus secuelas). Si, aún con todo ello, el proyecto de INGEN hubiera llegado a buen término con la apertura del centro al público en general. Y eso es «Jurassic World», un megaresort que deja en bochornoso ridículo al original con respecto a tamaño e instalaciones, siendo que durante los iniciales minutos de sesión, tranquilos a más no poder, uno regresa a esa infancia que creía recluida y apartada del sol para siempre, desboca su sueño y se maravilla ante los logros de la Ciencia y unos animales extintos que llevan atrapando las mentes más inquietas desde que se tuvo constancia cierta de su existencia.

«Jurassic World» juega con la nostalgia de ese entonces joven espectador de los años '90 (el detalle de la puerta original de acceso o las ruinas del centro de visitas, por ejemplo), incluso llega a dar el merecido protagonismo al Tyrannosaurus Rex y a los velocirraptores, manteniendo buena parte del espíritu primitivo, aunque los guionistas han sabido adaptarse a las circunstancias de nuestra actualidad.

Un parque con “solo” animales resucitados ya no atraería la atención mundial transcurridos meses y años desde su apertura, por lo que los laboratorios de INGEN no se van a contentar con evitar reconstruir cadenas de ADN con genes de un tipo de rana capaz de mudar de sexo, sino que llegan a enlazar datos genéticos para que ciertos animales sean más impactantes en cuanto a tamaño y número de dientes. Al igual que sucediera veinticinco años atrás, un terrible error convierte en tragedia el a priori inocente pasatiempo de jugar a ser Dios.

Los paralelismos entre «Jurassic Park» y «Jurassic World» saltan a la vista gracias a la poco original reinterpretación y fusión de diferentes personajes originales. Owen es el vivo retrato del Dr. Alan Grant fusionado malamente con el responsable del parque, John Arnold; mientras que Ellen Sattler deja sus titulaciones de lado y, como elemento femenino y adulto, se “conforma” con el estresante cargo de directora del resort, pasando a llamarse Claire y a ser pelirroja; los nietos de John Hammond son los propios sobrinos de Claire, siendo uno de ellos incluso un niño terriblemente fascinado por los dinosaurios, al igual que Tim, una enciclopedia viviente muy extraña de ver hoy en día cuando cualquiera puede acceder al conocimiento sin asimilarlo gracias a cualquier dispositivo móvil; incluso encontramos notas del inefable informático Nedry en el inconsciente Hoskins (quien podría ser también Muldoon por lo bruto que es) y en el Dr. Wu, siendo que, si el personaje primitivo tuviera algún cariz “positivo”, éste sería representado en dicha parte por el prescindible (y odioso) graciosillo Lowery Cruthers.

«Jurassic World» se muere de éxito, empujando a sus científicos a crear bestias inimaginables y nada respetuosas con el orden natural. Dicha línea puramente comercial sirve de tapadera para dos proyectos que pretenden tener un fin nada lúdico: dinosaurios de combate. A esto último debemos mostrar nuestra disconformidad aclarándonos primero la garganta pues, aunque es un recurso válido y aceptable (incluso excelente) para la trama, carece de un mínimo soporte lógico argumental en la “vida real”. Puede que mi razonamiento apeste a fina pedantería, pero el emplear a los raptores y a una nueva criatura que se hurta de la visión, incluso térmica, como armas de guerra sería de unánime condena internacional por crímenes de guerra y lesa humanidad. Imaginaos a esos lindos reptiles fuera de control en una ciudad con miles de civiles de por medio, por no decir que el “bicho recién mudado al barrio”, el Indominus Rex, mata por placer, sin mirar a quien. 

Las escenas que se desarrollan según avanza el metraje son espectaculares, en particular me gusta cuando los pterodáctilos y pterodones se liberan y caen en picado sobre los miles de visitantes congregados en las instalaciones principales del resort. Una locura que recuerda a «Los pájaros» de Hitchcock y a cualquier añorada película de serie B que se precie. Pero lo que se lleva la palma es cuando los raptores se cambian de chaqueta (ya me parecía a mí que no fueran a liarla parda).

Eso sí, me hubiera encantado que el guión hubiera prescindido de los ignominiosos personaje-payasos habituales, así como del beso de tornillo entre el héroe y la pelirroja buenorra tras el ataque alado (por mucho que fuera una escena no contemplada en el guión y participada únicamente entre el director y Chris Patt, sin que Bryce Dallas Howard supiera nada de lo que se le venía encima). ¡Por Dios de mi vida!

Sin duda, «Jurassic World» es una experiencia atractiva, llena de colorido, en la que se vuelve a denunciar los peligros de una ingeniería genética sin ética para la cual la Naturaleza siempre tendrá una respuesta violenta que provocará que las cosas vuelvan a su cauce, sin importar a quién se lleva por medio. Pero que no llega a causar el estado de hipoxia que trajo «Jurassic Park». Nuestros ojos son ahora menos impresionables y la cinta carece de la intimidad del peligro que se cernía sobre Alan Grant y los demás en 1993.

Lectura de 4 de Abril de 2017 a las 1200 horas



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4 de Abril de 2017



miércoles, marzo 29, 2017

Pedro Zubiaur, marino vizcaíno y oficial de Felipe II

Pedro de Zubiaur o Zubiaurre Ibarguren nació en algún momento no determinado del año 1540, en Puebla de Santo Tomás de Bolívar, anteiglesia de Santa María de Zenazurra o Ziortza (Vizcaya); siendo el segundo fruto de la unión entre Don Martín de Zenarruzabeitia, señor de la casa solar de Zubiaur, y Doña Teresa de Ibarguren.

Pedro creció en el seno de una poderosa familia cuya fortuna procedía del flete de navíos mercantes, compuesta por hombres que ocupaban diversos y altos despachos en el Consulado del Mar. Por eso, de chico se embriagó de la pasión por el negocio familiar y la mar, pero también sintió un irresistible ardor que lo empujó a buscar gloria, fortuna y aventura como no se podía esperar de un personaje de su talla en plena era dorada del Imperio español, compaginando empresas puramente mercantiles en el Nuevo Mundo con el real servicio de las armas.

Hacia 1568, a los 28 años de edad, encontramos a Pedro ofreciendo su patrimonio y persona al rey Felipe II, armando dos zabras (fragatas pequeñas de unas 200 toneladas). Es entonces cuando da inicio a una prolija carrera al servicio de la Corona, siéndole encomendada una primera misión, que no es otra que la de llevar caudales al duque de Alba, duramente castigado por todo tipo de carencias en Flandes. Con anterioridad a dicho ofrecimiento, Pedro debió reunir no solo capital, sino también una intachable experiencia como marino para capitanear una flota por tan procelosas aguas, infestadas del enemigo del momento: el Francés.

El joven Zubiaur se enfrentaba a una dura prueba de fuego, a un peligro que podía superar al hombre más avezado. La probabilidad de toparse con barcos hostiles era muy alta, pero, a buen seguro, no sospecharía que a la altura de La Rochelle le saldrían al paso cuarenta bajeles, a los que se enfrentó con bravura, hurtándose de sus perseguidores al ganar puertos ingleses.

En los no siempre pacíficos resguardos de Albión, Zubiaur corrió a entrevistarse con Don Guerán de Espés, embajador de España ante la corte de la reina Isabel I. El diplomático, más sordo que una tapia por lo que se comprobó, aconsejó al vizcaíno que aguardara y refrenara sus impulsos, pues éste quería echarse de nuevo a la mar y alcanzar Flandes cuanto antes. Pedro hizo caso del consejo, pero Londres tenía sus propios planes: las acciones de castigo en las provincias rebeldes habían causado grandes perjuicios a los mercantes ingleses, por lo que, por decreto real, se ordenó el embargo de todos los navíos (se dice que 188 embarcaciones) que enarbolaran enseñas de las coronas hispánicas y estuvieran amarrados en sus dominios.

La medida de embargo no se contentó con los navíos, sino que alcanzó a las dotaciones, más de medio centenar de marineros y oficiales, que acabaron con sus huesos en presidio. Pedro de Zubiaur se contó entre ellos, sufriendo encierro durante un año, tras lo cual consiguió comprar su libertad y la de otros 350 hombres.  Dicho periodo de tiempo no lo malgastó Zubiaur en lamentaciones y llegó a aprender la lengua inglesa, lo cual le vino que ni que pintado a la Corona española, sirviéndose del vizcaíno como embajador para diversas cuestiones ante la corte de Londres y para cuando trató con los rebeldes católicos de Irlanda; además de para copiar ciertos métodos para elevar aguas de los ríos que probó, ya durante sus últimos años de vida, para regar las huertas del duque de Lerma.

El siguiente acto reseñable de la biografía de Pedro de Zubiaur data de 1573, cuando sirve a los representantes de la Casa de Contratación de Sevilla en un viaje a Londres para reclamar una compensación por el ataque dirigido por Francis Drake en el río Chagres contra los españoles, apresando un cargamento del Tesoro del Perú, que estaba siendo trasladado de Panamá a Nombre de Dios; un acto de piratería pues en las fechas del ataque había paz entre España e Inglaterra. La misión de la Casa de Contratación, para su desgracia, acabó siendo un sonoro fracaso.

A partir de 1580 los mares se pusieron algo más que tensos. En aquella se encontraba don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, organizando una escuadra para someter a Portugal, tras la muerte de Manuel I, para quien se acabaría coronando como monarca de todas las coronas hispánicas: Felipe II. Entre los hombres a las órdenes del almirante se encontraba Pedro de Zubiaur, de nuevo presto para cualquier hazaña y seguir conservando el favor real. El vizcaíno no dudó a la hora de poner varias naves a disposición de España, aunque una de ellas fuera requisada para cumplir con la misión de poblar el Estrecho de Magallanes, al mando de Diego Flores de Valdés y con la gobernación de Pedro Sarmiento de Gamboa.

Esta aventura militar, que sumó 87 galeras y 30 naos, trajo a Zubiaur más sinsabores que rendimientos, pues perdió la nao Pedro de Çubiaurre, al mando de Ortuño de Bilbao, por los daños sufridos durante el temporal que azotó a la flota durante su partida, los cuales no fueron debidamente reparados. Por si fuera poco, un rico cargamento procedente de las Indias, además de artillería, sería apresado ilegalmente en la Isla Terceira (Azores), ya estando pacíficos los territorios lusos.

En 1581 encontramos de nuevo a Pedro en Londres para ser soliviantado por los ingleses. La única razón de su presencia en la Corte fue la de reclamar, una vez más, restituciones ante la rapiña de Drake en tiempos de paz. El sir robó entonces a la Corona española la nada despreciable cantidad de dos millones de ducados. Los diplomáticos ingleses no estaban dispuestos a abonar más que 400.000 ducados en compensación y los españoles a recibir nada que no fuera igual a la cifra sustraída ilegalmente.

Tras esta misión comienza el interés de Zubiaur por las tumorosas provincias de Flandes, las cuales no fueron otra cosa que un continuo quebradero de cabeza y desazón. El vizcaíno tenía las cosas muy claras sobre el papel, llegando a proponer golpes de mano que, en su firme creencia y capacidad de estratega, podrían haber acabado con la rebelión e, incluso, haber llevado a feliz término los intentos de invasión de la Inglaterra hereje. Empeñando, una vez más, su patrimonio naval, Zubiaur estaba dispuesto a tomar la plaza de Flessinga, en el estuario del río Escalda, para cortar el tráfico mercante del puerto de Amberes. El embajador español ante la Corte inglesa, Bernardino de Mendoza, puso en común al vizcaíno y a Alejandro Farnesio, duque de Parma, para una empresa que contó con la aprobación de Felipe II, pero por la que el noble italiano, como en otras tantas ocasiones, no mostró mucho ánimo.

Las maquinaciones de Zubiaur en Inglaterra disgustaron a la reina Isabel I, que ordenó su inmediato encarcelamiento. A partir de entonces, el marino comienza una gira por varias prisiones inglesas y holandesas que duró cuatro años, siendo una experiencia nada placentera en comparación con la primera vez que probó la cárcel en Albión. La aventura frustrada de Flessinga le costó dos navíos, tres años de preparativos, el despilfarro de diez mil ducados y su salud.

Zubiaur volvería a la acción en Flandes, a las órdenes de Farnesio, preparando las tropas que habrían de cruzar el canal para la invasión de Inglaterra, en apoyo de la Gran Armada, en 1588. Pero de nuevo el destino y las inclemencias se cebaron con los españoles y el vizcaíno demostró su talante y saber de la lengua inglesa para el rescate de cientos de prisioneros. En el puerto de Darmouth, en 1590, consigue reunir más de medio centenar de hombres, supervivientes de la Felicísima Expedición y de otros encuentros en alta mar mal dados, como es el caso de ciento diez marineros capturados, miembros de la dotación de galeones de las Indias, los cuales Zubiaur escondió en sus navíos.

El problema al que el vizcaíno se enfrentó a pretender abandonar Darthmouth fue la artillería que montaban sus naves. Las autoridades exigían su desembarco al considerar que pertenecían a la Corona, pues procedían de galeazas inglesas perdidas en Calais, pero Zubiaur no estaba por la labor, por lo que hizo subir abordo a todos sus hombres y se hicieron a la mar sin autorización. La respuesta inglesa fue el mandar tras ellos cinco galeones que los hostigaron durante un tiempo, pero el 10 de febrero de 1590, los españoles arribarían a La Coruña, quedando a resguardo de cualquier peligro.

Semejante acto no pasó desapercibido ni para el Pueblo ni para la Corte de Felipe II, ganándose Zubiaur, por decreto real, el título de Cabo de Escuadra de Filibotes, pequeños navíos que le permitieron realizar una encomiable actividad de corso, intendencia y escolta en el mar Cantábrico y el golfo de Vizcaya, ganándose repetidamente los laureles en distintos encontronazos que lo convertirían, a mis ojos, es una especie de Blas de Lezo adelantado; aunque bien es cierto que Zubiaur conoció el sabor de la derrota en más de una ocasión, parecía especializarse en combates en minoría, siempre mordiendo alguna presa y asombrando por su arrojo, como el demostrado en abril de 1593, cuando embiste en las aguas del puerto de Blaye a seis navíos ingleses que le cortaban el paso, logrando hundir la nave capitana y quemar la almiranta del enemigo. También es destacable el enfrentamiento que siguió al de Blaye, siendo Zubiaur acosado por más de medio centenar de navíos que zarparon de La Rochelle y Burdeos, logrando arribar a puerto seguro en Pasajes, lo cual se consideró en la época como un milagro del Santo Cristo de Lezo, al que se encomendaron los tripulantes españoles en medio de la persecución.

Las noticias de esta última hazaña llegaron a la Corte, por lo que el rey nombró a Zubiaur General de la Escuadra.

Zubiaur gastaría los próximos años conociendo de primera mano las miserias de los Tercios españoles en Bretaña y Flandes, la desmoralización y las deserciones que causaban el hambre, el clima y la malversación de caudales por parte del maestre de campo Juan de Águila. El vizcaíno siempre abogó en defensa de los derechos de aquellos soldados y marineros, columna vertebral del Imperio, que encontraban la sepultura en húmedas tierras de herejes. Echando nuevamente mano de sus arcas, Zubiaur trató de poner remedio al sufrimiento de los hombres a su mando.

Los ojos de la Monarquía hispánica, tras los sinsabores de las anteriores incursiones sobre Inglaterra, pasaron a fijarse en los católicos irlandeses. Zubiaur participaría de las acciones militares y diplomáticas en Kinsale, a las órdenes de un oficial al que no dudaba de criticar ferozmente en sus continuos informes a la Corte: el salmantino Diego Brochero, quien en 1595 sería nombrado Almirante de la Mar Océano. Los choques entre ambos marinos fueron constantes, más por parte del vizcaíno que por la de su superior, y venían de la época en Bretaña. Brochero forzaba la creación de una escuadra de galeras, pues se había formado en Malta y consideraba dichos navíos como perfectos para un roto y un descosido y lo que se terciara, pero el Atlántico no era lugar para semejantes embarcaciones. Posiblemente Brochero también viera con malos ojos la iniciativa del vasco y lo considerara como una amenaza a sus aspiraciones en la Corte; aún así, Brochero valoraba las virtudes militares de su subalterno, razón por la cual quiso contar con él para el asunto de Kinsale.

El 3 de junio de 1597, Zubiaur es nombrado capitán general de una escuadra de navíos de la Armada, puesto subordinado al capitán general de galeras y del Mar Océano, recibiendo la orden de patrullar entre Ferrol y Cádiz para tranquilidad del tráfico marítimo.

Durante estos últimos años de vida, Zubiaur iría encadenando distintas enfermedades que minaron su salud, lo cual no le impidió en tomar parte de los planes de Felipe III, quien sentía la misma quemazón que su padre por asaltar Inglaterra y devolverla al redil católico. Para ello era necesario partir al auxilio de los irlandeses. Si se tenía a favor la isla Esmeralda y se realizaba con éxito un salto desde Flandes, se cogería a los ingleses por dos frentes en tijera. Sin embargo, una cosa son los cuentos de la lechera y otra la realidad, pues la flota que largó velas el 3 de septiembre de 1601, al mando de Diego Brochero, con Zubiaur como segundo, era pobre, escasa de pertrechos y efectivos; por no añadir que, una vez frente a Irlanda, un nuevo temporal se opuso a los planes de los Hasburgo y separó las naves. Zubiaur llegó a Kinsale con mil soldados, lo cual sumaba un total de tropas expedicionarias muy inferior al que Juan del Águila había prometido a los caudillos irlandeses. Para dar la puntilla, Brochero viró en redondo hacia España y dejó a los españoles sin apoyo naval.

El regreso de la flota fue visto con recelo por la Corona, quien dejó por escrito su malestar por esta decisión tan precipitada y hasta susceptible de tacharse de cobarde. Este espinoso asunto no fue a más pues la demostrada lealtad de Brochero y Zubiaur, así como su hoja de servicios, resultaba ser aval más que suficiente.

El vizcaíno regresó en diciembre a Kinsale con tropas frescas y entabló conversaciones con los caudillos irlandeses gracias a su conocimiento del inglés, a la sombra de unos planes que se fueron fraguando con poco tino, artillándose plazas y disponiéndose tropas sin ton ni son, siendo que el 6 de enero de 1602 las tropas irlandesas serían rechazadas en Kinsale. Los tercios españoles quedaron embolsados con un Juan del Águila sin instrucciones desde la Corte sobre cómo negociar la rendición y abandonado por la flota, que nuevamente había zarpado para España, con Zubiaur al mando y llevando como pasajero al caudillo Hugo O’Donnell.

Nuevamente, Zubiaur es puesto en tela de juicio, junto con el resto de oficiales. Se ordenó constituir una comisión que absolverá a Juan del Águila y a Diego Brochero, pero que condenará al capitán Alonso de Ocampo, comandante de las tropas que arribaron a Kinsale en diciembre, al contador Pedro López de Soto y a Zubiaur, que sufrió arresto domiciliario en la Corte hasta que en mayo de 1605 es absuelto de tres de los cuatro cargos que se le imputaban, llevándose de propina una buena reprimenda.

Tras la restitución real, Zubiaur recibe el mando de una escuadra de ocho naves y 2.400 soldados del tercio del maestre de campo Pedro Sarmiento; corría el año 1605, había paz con Inglaterra tras la muerte de la reina Virgen y todos los ojos se centraron en Flandes. La flota zarpó el 24 de Mayo de Lisboa, encontrándose con el enemigo en el canal de la Mancha, que contaba con una escuadra de 80 navíos. Con una diferencia de 8 a 1, Zubiaur no se arredró y entabló combate con los neerlandeses del almirante Hatwain; con dieciocho navíos echándoles el aliento en las popas, Zubiaur y los suyos alcanzaron Dover, donde su artillería, por extraño que pueda sonar, tronó en auxilio de los españoles. Al parecer, durante la refriega, Zubiaur sufrió herida o se le acentuó alguna dolencia que lo obligó a dictar testamento el 2 de agosto, muriendo a los pocos días.

Sus restos fueron embalsamados y depositados en un ataúd de plomo para ser repatriados, vía Dunkerke, y enterrados en un primer momento en el centro de la nave de la iglesia parroquial de Rentería, junto con los padres de su esposa, María Ruiz de Zurco; luego, en el atrio de la también iglesia parroquial de Irún. Hoy día, el sepulcro de Zubiaur y su mujer se conserva en el museo de San Telmo de Donosti (Guipúzcoa).


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martes, marzo 28, 2017

Guardia de cómic: reseña al manga «Regreso al mar», de Satoshi Kon

Planeta de Agostini, Barcelona, 2013
208 páginas
ISBN: 978-84-15480-77-8
Una fábula moderna que describe nuestra vinculación ancestral con la Naturaleza (algo intrínsecamente japonés) y las consecuencias rupturistas con dichos lazos que devienen del desarrollo urbanístico irracional en la costa

«Regreso al mar» es un tomo editado en España por NORMA y que recopila la historia, del mismo título, publicada semanalmente en la revista de manga Young Magazine. En su momento, fue la primera obra larga para un sufrido y tristemente desaparecido mangaka y director de anime que respondía al nombre de Satoshi Kon; quien, tras su conclusión, acabó con sus huesos en un hospital al haber generado una hepatitis A como consecuencia de su alcoholismo galopante. Como bien afirma en las notas que dedica al tomo, la peor parte del tsunami, que asola la costa de la ficticia Amite al final de la narración, se la lleva el propio autor.

Escrita y dibujada a uña de caballo en 1990, «Regreso al mar» es una fábula moderna que describe nuestra vinculación ancestral con la Naturaleza (algo intrínsecamente japonés) y las consecuencias rupturistas con dichos lazos que devienen del desarrollo urbanístico irracional en la costa (en este último inciso, Satoshi no nos tiene porqué dar lecciones, pues en nuestra tierra estamos más que escarmentados (algunos) tras largos años en los que las playas y arenales han ido dando paso al simple hormigón).

Esta obra se desarrolla en la ficticia localidad costera de Amite y en la llamada Kamijima, la isla de los dioses, cuya principal y humilde fuente de riqueza es la pesca de bajura. Sobre ellas, un consorcio empresarial ha clavado sus golosos ojos con el propósito de convertirlas en un foco de atracción para el turismo y dinamizador de la economía de la comarca. Y todo eso sucede mientras la población es completamente ajena a que en un templo shinto, ubicado en la cima de una empinada escalinata, se guarda un secreto que ha sido custodiado durante siglos: cada sesenta años se recoge y devuelve al mar un huevo de sirena, una extraña esfera que permanece entre los muros del recinto sagrado, oculta a las miradas de los curiosos que habitan o visitan un pueblo, cuya tradición lo vincula a un pacto con el mar y una sirena. 

El huevo que se conserva siempre sumergido en agua salada, el contemporáneo con la historia que cuenta Satoshi, lo recogió el abuelo de Yosuke, el protagonista principal. Sin embargo, los mimos y cuidados para con la extraña reliquia se saltan una generación y Yozo, hijo y padre respectivamente del abuelo y Yosuke, como responsable del templo Amitsu y hombre con peso en la comunidad, tiene planes muy diferentes a los puramente religiosos: quiere que Amite se modernice y cuente con infraestructuras y servicios, algo muy loable (sabremos del porqué de su obsesión cuando se nos relate el fallecimiento de su esposa); pero se ciega ante la irracionalidad desaforada de los promotores urbanísticos que han tomado el control, atentando contra la identidad y el respeto a las tradiciones de las gentes del lugar. Comprobaremos que el texto defiende el desarrollo humano, pero con equilibrio. 

También Satoshi, en menor medida, mete el dedo en otros aspectos muy comunes en los pueblecitos: para ello se sirve de Natsumi, una joven que ha regresado de la ciudad y de la que Yosuke lleva largo tiempo perdidamente enamorado. Ella, en comunión con el monstruoso plan de urbanización, representa, a pesar de todo y de ser una heroína en la narración, a aquellas personas a las que les encanta el pueblo cuando hace sol y durante las cortas semanas de veraneo, pero nada más; los problemas del villorrio no van con ellas. 

Satoshi construye una narración en la que terminan confluyendo elementos de fantasía, cada vez más palpables a medida que avanzamos en la lectura. Sea lo que fuese, lo que hay en el interior de la esfera está vivo y Yosuke comprenderá qué le une al mar que contempla cada mañana y al que respeta y teme; el mismo del que, años atrás, él salió con vida y su madre no.

Debemos apuntar que la narración cuenta con un desarrollo extraño. Puede que esto se deba a los apuros temporales y al estrés que provocó el proyecto. El autor comentó en su día que trató de solventar los errores que observó en frío, para el tomo recopilatorio, modificando líneas de diálogos e, incluso, añadiendo páginas que vistieran mejor al argumento. Quizá la peor parte la encontremos hacia el tramo final, que es una abrupta carrera a trompicones. No logro acertar para qué quiere tanto lío, aún cuando vemos que el autor es muy capaz con las escenas cinéticas. 

No es un relato que depare muchas sorpresas a un lector de mente calenturienta y que sepa al dedillo de qué pie cojean la mayoría de los mangakas; pero, por ello, no desmerece en absoluto esta fábula actual en defensa de un equilibrio entre desarrollo, modernidad, Naturaleza y tradición.  

Lectura de 28 de Marzo de 2017 a las 1200 horas



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jueves, marzo 23, 2017

«Johnny B. Goode», Chuck Berry



Deep down in Louisiana close to New Orleans,
Way back up in the woods among the evergreens
There stood a log cabin made of earth and wood,
Where lived a country boy named Johnny B. Goode
Who never ever learned to read or write so well,
But he could play a guitar just like a ringing a bell.

[Chorus:]
Go Go
Go, Johnny, go, go
Go, Johnny, go, go
Go, Johnny, go, go
Go, Johnny, go, go
Johnny B. Goode

He used to carry his guitar in a gunny sack
Or sit beneath the tree by the railroad track.
Oh, the engineers would see him sitting in the shade,
Strumming with the rhythm that the drivers made.
The people passing by, they would stop and say,
"Oh, my, but that little country boy could play!"

[Chorus]

His mother told him, "Someday you will be a man,
And you will be the leader of a big old band.
Many people coming from miles around
To hear you play your music when the sun go down.
Maybe someday your name will be in lights
Saying 'Johnny B. Goode tonight'."

[Chorus]

Lectura de 23 de Marzo de 2017 a las 1200 horas



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23 de Marzo de 2017