martes, diciembre 12, 2017

Guardia de literatura: reseña a «Tu nombre después de la lluvia», de Victoria Álvarez

Lumen (Penguin Random House).
Barcelona
Primera edición: febrero de 2014
576 páginas
ISBN: 978-84-264-0007-9
La historia que firma Victoria Álvarez es grata, afable y bella, con un marcado bouquet juvenil cuyas dimensiones la han derivado a un mercado más adulto; deja un buen sabor de boca si no somos demasiado rectos o exigentes, pues no va a pasar a los anales de la Literatura española moderna, ni mucho menos

Aunque, salvo en excepcionales ocasiones,  no he sido habitual en esquinas polvorientas donde ser reúnen los títulos góticos, reconozco que me atrae el ambiente tenebroso que aquellos ilustres autores crearon a su alrededor, dando sentido y peso material de imprenta a los terrores decimonónicos. Destaco de forma especial «Drácula», de Bram Stoker, un libro por el que sentí malsana veneración, cosa que solo he experimentado leyendo ciertas novelas publicadas por Stephen King: todas las horas del día me eran pocas para seguir retenido a ese mundo de eterno papel.

La novela de Victoria Álvarez que hoy nos tiene aquí trata de perfilarse como una declaración de amor hacia esa Literatura oscura y romántica, recogiendo de aquí y allá cuantiosos y típicos elementos para una trama de almas en pena, castillos ruinosos, amores imposibles que llevan a la tragedia, pícaros aventureros, hombres de ciencia y pasados familiares enterrados en piedra. Con todo ello, Álvarez ha logrado escribir una novela quizá no muy novedosa, pero sí que se lee rápido y con gusto durante veladas estivales o cuando cuadre.

Supe de Victoria Álvarez por primera vez una tarde, ya distante, escuchando una grabación del programa que dirige y presenta mi amigo y tocayo Javier Fernández, “Castillos en el Aire”, de Radio 21. Creo recordar que Álvarez estaba en plena promoción de su segunda novela, «Las eternas» y me gustó mucho lo que escuché, anotando el nombre de esta joven autora salmantina aunque sin tomar, por mi parte, ninguna decisión hasta que, pasado el tiempo (bastante, por cierto, pues le dio tiempo para escribir esta tercera novela), me tropecé con ella en la biblioteca pública, asaltándome a traición, como un bandolero, entre las estanterías dedicadas al género de ficción novelada, justo a mano derecha según se entra en la segunda planta. Desplacé de su lugar asignado el volumen titulado «Tu nombre después de la lluvia» y mi primera reacción fue una mueca de desagrado: la bucólica y romanticona portada desmerece la narración gótica ambientada en Irlanda que encierra y advierte falsariamente al lector de una posible historia fogosa de dos amantes, un musculitos y su damisela, en lucha contra el mundo y que no cejarán en el empeño hasta fusionar sus velludos y pelirrojos sexos, todo ello al resguardo de una covacha durante los estertores de un día nublado de tantos por la Isla Esmeralda. Suena mal, vulgar y ordinario, pero esa fue mi primera, desabrida y malpensada impresión ante una trenza rodeada de mariposas. Al menos, el texto de la contraportada arreglaba en parte el desaguisado y despertó mi interés (gracias a la dispar personalidad del trío protagonista), aunque picado en lo más profundo por la ocurrencia de que parece que todas las tramas góticas han de ambientarse por narices en ese par de islas al Norte de nuestras cabezas. 

«Tu nombre después de la lluvia» es una novela que sigue diferentes líneas argumentales convergentes a través de los tres amigos que la protagonizan: Alexander, el científico que se adentra en el estudio del Más Allá; Lionel, aventurero, crápula y ladrón de tumbas; y Oliver, erudito y romántico de manual. Como una piña que se preocupa por el bienestar de la publicación a la que se deben, el periódico de noticias paranormales Dreaming Spires, los tres se trasladarán al poblacho costero de Kilcurling, a una mañana de distancia a uña de caballo de Dublín, para investigar un extraño suceso del que tienen conocimiento a través de una carta firmada bajo seudónimo, como podrán averiguar más adelante: la muerte de un hombre por culpa de la banshee de los O´Laoire, el decrépito clan familiar de la zona que reside desde hace mil años en la fortaleza de Maor Cladaich. 

Junto a este trío simpar seremos testigos de las historias que se desarrollarán en las estancias, pasillos y terrenos del viejo castillo y también en las calles de Kilcurling. Una de ellas será de amor y dará título a la novela, pero otras nos permitirán conocer los demonios internos que atemorizan a los distintos actores principales, entre los que destaca Lionel, quizá por ser el mejor construido de todos y al que la autora le dedica más líneas al resultarle un tipo demasiado simpático. Sin embargo, el amplio y variado elenco de personajes que se va colgando de las líneas narrativas no llega a cuajar, siendo la mayoría un tanto estereotipados; a lo que hay que sumar una serie de flecos que he ido advirtiendo en mi rápida lectura, a saber: llegaremos a la última página y del deceso de Fearchar McConnal nada se nos aclara y eso que semejante hecho luctuoso es el que da arranque a la novela, ¿por qué le persigue el espíritu y le provoca un ataque al corazón?, el ente llora la pronta muerte que va a acontecer, pero no es un asesino; no resulta muy creíble la supuesta investigación paranormal, pues Alexander, Lionel y Oliver apenas hacen nada durante las largas semanas que pasan en Irlanda, aún cuando lo que les impulsó a viajar hasta esas tierras fue la de darle un impulso a la publicación Dreaming Spires, en horas muy bajas; el personaje de Veronica Quills es, con diferencia, el más desaprovechado de la novela a pesar del juego que podría haber dado; pasé mucho “miedo” cuando se nos introdujo a la encantadora y sensual señorita Stirling, al servicio de un príncipe húngaro y que “parecía” traer consigo la tormenta que se desataría sobre la fortaleza de los O`Laoire, con identidad escénica con cierto vampiro que no necesita presentación, aunque, eso sí, le doy mi enhorabuena a Álvarez por lo que encierra de verdad la señorita Stirling, dando un cierre final magnífico a la novela; tampoco se nos refiere la naturaleza y origen de la psicoscopia que Ailish Ni O´Laoire posee y que, en un momento, parece vincularla con Fionnuala, la vidente que le dio un heredero a Ciarán O´Laghoire, pero nada más; sabiendo la identidad del verdadero autor de la carta que lleva a los tres amigos hasta Irlanda, que no es otra que la hija de Fearchal y Brianna McConnal, dicho personaje no tiente peso alguno en la trama; el juicio contra Ailish por el asesinato de Reginald Archer es una pantomima un tanto vergonzosa como narración, costando creer que, aún en la católica Irlanda de 1903; asimismo, ¿a alguien le sorprende que Jemima Lawless declarara contra su ama aún viéndose venir como un tren de mercancías sin frenos…?

Son unos cuantos peros.

La impresión que me ha causado «Tu nombre después de la lluvia» es la de una lectura agradable y carente de obstáculos, escrita con sencillez. Se van pasando las páginas de forma inconsciente y causa sorpresa al ver cuántos capítulos hemos dejado atrás cuando clavamos sin piedad el punto de lectura. La historia es grata, afable y bella, con un marcado bouquet juvenil cuyas dimensiones la han derivado a un mercado más adulto; deja un buen sabor de boca si no somos demasiado rectos o exigentes, pues no va a pasar a los anales de la Literatura española moderna, ni mucho menos.

Como ya apunté, es una buena lectura veraniega (o invernal), para deambular libremente por entre cementerios sembrados de cruces enmohecidas y estancias oscuras hasta donde el grito de la banshee llega con nitidez.

Lectura de 12 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 753 (Variable). Cúmulos
  • Termómetro: 9º
  • Higrómetro: 51%

lunes, diciembre 11, 2017

Gratis «Kamikaze. Protectores del Reino Central de los Llanos de Juncos»


Entre hoy y el viernes día 15, podréis descargaros a vuestro ereader Kindle o soporte (previa obtención de la app en Amazon si no contáis ya con ella) mi ensayo histórico centrado en la figura y trasfondo de los pilotos suicidas japoneses durante la segunda guerra mundial, «Kamikaze. Protectores del Reino Central de los Llanos de Juncos».

No desaprovechéis la oportunidad.

Aquí os dejo el enlace: https://t.co/1480J3fpqH

Un saludo!

Lectura de 11 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 738 (Viento-Lluvia). Cúmulos
  • Termómetro: 11º
  • Higrómetro: 51%

martes, diciembre 05, 2017

Guardia de cine: reseña a «El mago de Oz»

Título original: «The Wizard Of Oz». EUU. 1939. 102 minutos. Blanco y negro y color. Musical fantástico. Dirección: Victor Fleming, George Cukor, Mervy LeRoy, Norman Taurog, King Vidor. Guión: Noel Langley, Florence Ryerson y Edgar Allan Woolf, adaptando la obra de L. Frank Baum. Elenco: Judy Garland, Frank Morgan, Ray Bolger, Bert Lahr, Jack Haley, Billie Burke, Margaret Hamilton, Charley Grapevin, Clara Blandick, Pat Walshe, Terry y The Munchkins.

El filme de Fleming muestra con sobresaliente claridad un camino de baldosas amarillas hacia la madurez y el encuentro de la identidad propia

Mítica y temprana adaptación cinematográfica de la obra de L. Frank Baum, considerada como una incursión literaria revolucionaria en cuanto al concepto narrativo; no obstante es el primer cuento  que introducen elementos que lo ubican en un momento cercano en el tiempo para los lectores y en un paraje inicial bien diferente al habitual. Tan solo el hacer que Dorothy (Dorita para aquellos que hemos visto la versión doblada hace al castellano) tenga Kansas por hogar, un territorio de un país nuevo, ya supone el abandonar las tramas envolventes de los cuentos clásicos que nos transportan a parajes de nombres ficticios de una Europa medieval o modernista en el mejor de los casos.

Adoleciendo cierto paralelismo con «Alicia en el país de las Maravillas», «El mago de Oz» se presenta como un periplo en búsqueda de la identidad propia y de la madurez, argumento exprimido hasta las últimas gotas y sin pudor por la Literatura y el Cine que, no por ello, pierde vigencia, pues alguien nos lo ha de recordar una y otra vez por culpa de nuestra errática, insegura y olvidadiza naturaleza. Un viaje a lo largo de un camino de baldosas amarillas donde hallar la fuerza de la amistad y una meta final esperanzadora.

Dorita es una chica que vive en la granja de sus tíos, en Kansas, cuya única preocupación lo representa la señora Gulch (quien en Oz será la bruja del Oeste), terrateniente y mujer fría y desagradable que la tiene tomada con el travieso perrito Totó. Por culpa de estas cuitas y por la amenaza de que todo el peso de la Ley caiga sobre el cuello del can, cercenándoselo de cuajo, Dorita huye de casa con su peludo amigo hasta que da con el doctor Maravilla, quien, con argucias baratas pero bienintencionadas, convence rápidamente a la muchacha de que vuelva a casa, desandando el camino, pero un tornado se lleva a Dorita, Totó y a la granja hasta el país de Oz, dejándoles sobre el cuerpo de la malvada bruja del Este, momento en el que se cruzarán en la vida de nuestra pequeña heroína hadas pomposas, enanos estridentes, espantapájaros que pretenden un cerebro, hombres de hojalata que ansían un corazón y descubrir los sentimientos, leones tras un valor que se hurta de ellos, árboles con muy mal genio… un ejército de monos voladores y una pérfida bruja, además del poderoso mago de Oz.

El camino de madurez que emprende Dorita se vislumbra con claridad, como el hecho de que sus tres amigos de fatigas ya atesoraban en su interior aquello mismo por lo que iban a rogar al mago que se les concediera; tan solo necesitaban darse cuenta de ello, para lo cual hace falta un inocente truco mental.

Pasados más de 75 años desde su estreno, es posible que «El mago de Oz» nos abrume con su profusión de canciones y bailes (es un musical, amigos míos); que nos resulte pesada y carente del suficiente dinamismo, pero las cosas son las que son y es una obra que ha maravillado a varias generaciones por su calidad, sobre todo a nivel plástico con un maquillaje, vestuario y efectos especiales fastuosos, con una especial dedicación a cada uno de los aspectos del fondo y con derroche de grandes dosis de imaginación.

En cuanto a las interpretaciones destaca Judy Garland en su papel de Dorita, aunque más bien en el aspecto musical (siendo ella la única a la que se le puede seguir en las canciones sin la ayuda de los subtítulos), siendo que sus tres compañeros en Oz dotan a sus respectivos personajes con una profusión de detalles de movimiento y personalidad únicos.

Historia con moraleja que, en cualquiera de sus formatos, sigue cautivando por su sencillez y por ser una puerta a un mundo diferente y fantástico que se anuncia como cercano, al otro lado de un tornado, realmente único; razón por la que las adaptaciones son incontables en el cine, la televisión y el cómic.

Lectura de 5 de Diciembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 762 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 7º
  • Higrómetro: 48%

jueves, noviembre 30, 2017

Resumen de publicaciones de Noviembre de 2017

Colaboraciones con HRM
—Artículo «Los US Camel Corps. Camellos y dromedarios en la expansión hacia el Oeste» http://www.hrmediciones.com/index.php/blog-rei/87-contemporanea/165-los-us-camel-corps
—Artículo «Breve semblanza de la Brigada de Carabineros Reales (1730-1823)» http://www.hrmediciones.com/index.php/blog-rei/88-moderna/168-brigada-de-carabineros-reales-javier-yuste

Reflexiones a la luz de la bitácora (opinión)
—Nada del otro “El Jueves” https://goo.gl/XxKsR1

Reseñas
—Reseña a la película dirigida y coguionizada por Billy Wilder «Uno, Dos, Tres» https://goo.gl/scLpp3
—Reseña a la novela de Michel Houellebecq «Sumisión» https://goo.gl/kvRwUi
—Reseña al film «Aliados», protagonizado por Brad Pitt y Marion Cotillard https://goo.gl/nQUwmW
—Reseña a la novela de John Steinbeck «La Perla» https://goo.gl/bn48tB

Lectura de 30 de Noviembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 756,5 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 9,5º
  • Higrómetro: 48%

martes, noviembre 28, 2017

Guardia de literatura: reseña a «La perla», de John Steinbeck

Luis de Caralt Editor SA, Barcelona
Séptima edición: julio de 1986
126 págs.
ISBN: 84-217-3134-3
Un recorrido inalterable por el alma humana gracias a unos personajes que flotan ante las retinas del lector y en los que se dan citan virtudes y pecados

Las parábolas son historias que nos llevan acompañando desde la más tierna infancia, desde el origen de los tiempos, dotando a nuestro intelecto de la conciencia de un término que, cuanto menos, suena bastante raro; tanto como para que lo aprendamos sin dificultad. Las parábolas son enseñanzas extraídas del vagabundeo de nuestra especie, narraciones que pretenden erigirse como señales de advertencia, con independencia de la edad de la persona que servirá de recipiente de las mismas una vez escuchadas o leídas. Y una parábola moderna es la que escribió John Steinbeck con «La perla».

Steinbeck fue un autor norteamericano que trasladó a sus textos vivencias propias y ajenas, desde las que confluyen en un triste y pobre poblado de pescadores hasta las calles desiertas de la Gran Depresión, pasando por los claros abiertos en la jungla de Vietnam. Y siempre lo hizo con una prosa elegante, inquieta e inquietante, retratando una realidad incontestable, carnal y desnuda; la máquina de escribir hería el folio en blanco transmitiendo un escenario compuesto por sentimientos, sensaciones y un trágico desenlace.

«La perla» es claro ejemplo plasmado de los esfuerzos de John Steinbeck por formar un universo de denuncia social y brutalidad sin respuesta justa. Un recorrido inalterable por el alma humana gracias a unos personajes que flotan ante las retinas del lector y en los que se dan citan virtudes y pecados. Kino es el hombre que quiere ser libre, que luchará por no perpetuar la pobreza en su familia, en Coyotito, su hijo; Juana, la esposa de Kino, es la encarnación del sosiego maternal y de la lealtad mal entendida hasta que la tragedia la quebrante y deje de caminar tras su esposo para comenzar a hacerlo a su misma altura; Coyotito, no más que un bebé, es el elemento aglutinador de una desgracia que puede trastocarse en oportunidad ante el encuentro de una perla fabulosa el mismo día que es picado por un escorpión: una perla que dará la oportunidad a Kino de torcer el futuro y burlar al Destino. A estos personajes se les unirán otros en una larga galería de rostros casi sin nombre propio en los que recalarán todos los pecados imaginables y muy pocas virtudes, acrecentando la distancia yerma que separa los pobres de los ricos. John Steinbeck no se limita a los pescadores de perlas, sino que pretende abarcar a toda una ciudad, sobre todo cuando describe las marchas de curiosos en busca del corrupto doctor, cuando Coyotito es picado por el escorpión, o cuando Kino se dispone a vender la Perla del Mundo, un granito de arena rodeado de secreciones de ostra que fascinará a los más humildes y a los más avaros; algo perfecto en apariencia que será el agujero negro que atraerá a la maldad, desfigurando a los hombres, alimentando su gula e ira homicida. Con razón Juana asegurará que la perla está maldita cuando ruega a su marido que se deshaga de ella; pero Kino es testarudo y quiere salir victorioso, desviarse del curso de agua apático en el que su raza lleva atrapada largos siglos. La perla es su clavo ardiendo y la sangre fluirá por las heridas abiertas por un cuchillo y una bala de plomo.

John Steinbeck no traza una historia de fácil digestión. Cuando abrí las tapas del libro por primera vez una sensación nauseabunda anegó mi espíritu, obligándome a aparcar la lectura. Algo rezumaba aquel libro en cuestión, pero dejó clavada en mi “agenda” un aviso, pues debía regresar a él, importando poco los meses que transcurrieran; hasta que me viera con fuerzas para ello. Y, al fin, el hijo pródigo se dejó ver y retomé «La perla», disfrutando de su corta duración en las que los paisajes naturales y humanos se deshacen como un ovillo de lana, creando una composición de fresca belleza y simplicidad, de ternura y desasosiego indescriptibles ante la injusticia que se cebra siempre en los pobres y en los trabajadores. Ni siquiera la luz les mira con buenos ojos y Kino pagará alto precio por su osadía, al pretender cambiar el rumbo de sus días, tomando la senda del mal.

Lectura de 28 de Noviembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 757 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 10º
  • Higrómetro: 48%

martes, noviembre 21, 2017

Guardia de cine: reseña a «Aliados»

Título original: «Allied». 2016. 124 min. RU, EEUU. Acción, drama y romance. Dirección: Robert Zemeckis. Guión: Steven Knight. Elenco: Brad Pitt, Marion Cotillard, Jared Harris.

Del amor a la traición solo hay una delgada línea. Quizá sean conceptos entremezclados en una película de espías bastante frustrante con Brad Pitt y Marion Cotillard a la cabeza

Convivir a diario con una persona no supone que la conozcamos, ni siquiera cuando se comparte con ella lecho y descendencia. ¿Podría ser una completa desconocida? ¿Puede existir en una unión así algo más que amor, recelos, compañerismo y enojos? ¿Secretos de guerra? Este y no otro es el argumento de «Aliados», un filme basado de puntillas en una historia real y que pretendió devolver a las salas algo del perdido glamour vital del cine de espías de época, de la mano de un Brad Pitt lineal y de una Marion Cotillard de escaso brillo.

Max Vatan es un miembro de la Inteligencia de la Royal Canadian Air Force que se infiltra en Casablanca con la misión de atentar contra el embajador alemán en la ciudad, trabajando codo con codo con Marianne Beauséjour, una célebre miembro de la Resistencia francesa, huida tras caer toda su red en Europa. Obligados ambos personajes a interpretar el papel de marido y mujer, se da pistoletazo a la parte quizá más tediosa del filme que se fatiga subrayando la necesidad del infiltrado en conocer hasta el más recóndito recoveco de los lugares y personas que frecuenta, metido hasta la médula en territorio enemigo; una primera mitad en la que la hostilidad inicial de Marianne hacia Max se va rebajando hasta el punto de que ambos se enamoran o eso es lo que parece, pero todavía no hemos llegado al momento en el que la sospecha asoma el hocico al otro lado de la mesa.

La segunda mitad del film transcurre en la húmeda Inglaterra, con Max y Marianne felizmente casados y como padres de una niña. Y si durante la etapa en el Norte de África se apreciaba cierta obsesión erudita, ahora caminamos entre cristales por culpa de la ingente cantidad de despropósitos históricos e incoherencias de guión que te obligan a intercambiar con tu compañero de filas no pocos chistes cortos y mordaces, pues la película pierde toda su seriedad, hasta el punto de tener que soportar una nueva y forzada inclusión de la escena lésbica de marras que es del todo prescindible. A mí también me pone ver dos tías morreándose e ir más allá, pero, señores… Por favor.

Es durante estas escenas dignas de reproche cuando un alto mando susurra al oído de Max que Marianne puede que no sea quien dice ser, pues los informes de Inteligencia dan a entender que la verdadera Marianne falleció antes de que diera comienzo la misión en el África francesa. La tumefacción de la duda comienza a socavar a Max, pero ama con locura a su mujer y, desobedeciendo órdenes, tratará de hallar pruebas que demuestren su inocencia; que no es una impostora.

La búsqueda desesperada de la verdad durante los últimos compases le insufla vida a la cinta, la cual había ido arrastrándonos por el tedio (una vez más) desde el atentado en la embajada alemana. La vuelta a la tortilla que destila (o debería destilar) a excelente trama de espías se producirá cuando Max duda ciertamente respecto a la lealtad de Marianne, pero toma la determinación de traicionar a su país para salvar a su familia de un destino que se les escapa de las manos con cada bombardeo.

Brad Pitt interpreta su papel de forma no muy entusiasta; es que no aporta nada que no hayamos visto hasta la saciedad en otros filmes: nada, lo cual es una pena pues, en el fondo, lo considero un buen actor. Por su parte, Marion Cotillard se zampa al amigo Pitt en cada secuencia, pero dista mucho de brillar, quizá por ser incapaz de salvar la bipolaridad de chica dura y amante esposa y madre, no pegándole ni con Loctite el sarcasmo tan descarnado del guión.

La película puede tener su interés por el fondo, por tratar de un matrimonio de espías en el que uno de ellos puede ser un agente enemigo; porque es una historia de amor en tiempos en los que se bebía la vida hasta la última gota, hasta el último poso de la botella, hasta la extenuación sexual. Pero cuenta con un final que a nadie coge por sorpresa y que carga con su chispa lacrimógena; se podría haber escrito y filmado algo mucho más digno en términos generales; aún así, podemos decir que el argumento es de esos que perduran, pero que esta producción es del todo prescindible. 

Lectura de 21 de Noviembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 758 (Variable). Estratos
  • Termómetro: 11º
  • Higrómetro: 46%

martes, noviembre 14, 2017

Guardia de literatura: reseña a «Sumisión», de Michel Houellebecq

Panorama de narrativas
Anagrama. Barcelona, 2015
Primera edición
281 págs.
ISB: 978-84-339-7923-0
Michel Houellebecq pretende escribir una sátira acerca de una futura Francia, a semejanza de George Orwell con «1984», aunque se queda en el intento

Como un desafío velado e inocente, sin guante ni satisfacción, se me interrogó, a raíz de la reseña que publiqué hace un tiempo dedicada a «Kafka en la orilla», de Haruki Murakami, por mi opinión acerca de la obra de un tal Michel Houellebecq. Mi primera reacción, perfecta por haberla interpretado tantas veces a lo largo de mi negligente existencia, fue la de pura ignorancia alimentada por mi despego hacia el actual panorama literario de revista y estante de librería. Gracias a la intimidad y amparo de Internet pude escurrir el bulto y hacer como que sabía de quién me estaban hablando mediante una búsqueda rápida en Google. La curiosidad que germinó de una vergüenza propia y sin fundamento, pero vigorosa, me dio ánimos para leer la biografía de Houellebecq y sobresaltarme con el título «Sumisión», una novela que detalla una visión futura y cercana de Francia, hacia el 2022, momento en el que un partido musulmán moderado se hace con las riendas del país transformándolo todo; una obra que, según la sinopsis de la contraportada (yo no puedo discutirlo), se puso a la venta el mismo día en el que se perpetró el atentado terrorista contra la revista satírica Charlie Hebdo (y el supermercado kosher, algo de lo que pocos se acuerdan debido a la contumacia antisemita); por lo que Houellebecq publicó una fábula fallida por el simple y natural devenir de los dramáticos acontecimientos de la lucha contra el DAESH y sus filiales.

François es un deprimido y deprimente profesor de Literatura de la universidad de París IV – Sorbona, con una rutina fija desde hace varios años: cada inicio de curso se enrolla con una alumna de primero, manteniendo una relación que durará hasta el verano y vuelta a empezar; que se alimenta de platos precocinados calentados en microondas y vive su particular sumisión con respecto a Joris-Karl Huysmans, el autor francés del s. XIX a quien dedicó su tesis doctoral, no siendo consciente de que es un triste imitador de las andanzas del escritor. François disfruta de una vida anodina, regada con alcohol y sexo esporádico sin amor; un testigo de cómo Francia se va convirtiendo en un estado pro-musulmán gracias a los tejemanejes entre las bambalinas de las elecciones presidenciales con tal de evitar que el Frente Nacional de Marine Le Pen se haga con el poder. Una transformación que irá desde al Sorbona, que se convertirá en una universidad islámica, hasta la desaparición drástica en las calles de minifaldas y escotes. Y poco más.

La fábula que presenta Houellebecq fue tachada de islamófoba en su día, quizá porque da por cierto que solo la ultraderecha sería capaz de hacer frente a una islamización a tal nivel; que un régimen musulmán sería un régimen totalitario aceptado de buen grado. Pero lo cierto es que Houellebecq no se moja, no toma partido, y su proyecto se desinfla debido al escaso empaque del “mundo” que presenta en sus páginas, demasiado recargado de párrafos interminables y de reflexiones magistrales sobre Joris-Karl Huysmans y su obra. La historia termina siendo un globo flácido que se arrastra por el suelo por la acción de la brisa. Su labor se ha centrado más en Huysmans que, incluso, en el propio François, cuya conversión dista mucho de ser meramente creíble; ¡joder!, es que parece que solo se hace musulmán (al contrario que Winston Smith como adorador del Gran Hermano) porque le buscarán una esposa; por no decir que Houellebecq se planta tan a pie de noticiario político que el actual reparto de poder en Francia trastoca no pocos elementos de la narración, por lo que podemos decir que en ciertos aspectos se ha quedado trasnochada pues no ha sabido ver la creación de partidos alternativos.

Sin duda, no se le puede reprochar a Houellebecq que lo que lo que resta de la Izquierda francesa se dejaría meter un bate del béisbol sin engrasar con tal de mantener un rescoldo de poder y apoyaría un gobierno islámico, no dudando en firmar acuerdos con los que la educación pasaría a ser religioso-musulmana, desde la primaria hasta la universidad, que las mujeres tendrían que dejar sus puestos de trabajo para acabar con el paro y que se legalizaría la poligamia y el matrimonio con menores de edad. Pero cuesta mucho creer en una transición tan pacífica y de borrego en una sociedad que se sabe eso de la liberté, egalité y fraternité de memoria y corrido, aunque no sepan ni definir un solo concepto. Comida Halal y pastelillos; ni tetas ni culos; y poco más. No es creíble. ¿Todo el mundo tan feliz y calladito? ¿Nadie se escandaliza de que los judíos huyan en masa a Israel? ¿Dónde está el problema del terrorismo islamista? ¿Dónde los encontronazos entre suníes y chíies (que esa es otra)? ¿Dónde están las mujeres libres que en la novela pasan a ser meros trofeos y fregonas, casadas a la fuerza con quienes digan otros? ¿Francia como franquicia de Arabia Saudita, al menos para ciertas instituciones y como si tal cosa? ¿Aquí todo el mundo tan callado y tan feliz? Y, ¡vamos!, eso de que Francia tenga un presidente musulmán y la Unión Europea, en un año, se extienda y acoja como miembros a países como Marruecos o Turquía, además de pretender hacer lo propio con otros como Egipto, Líbano, adueñándose de toda la cuenca mediterránea, dista de tener visos de realidad.

Los interrogantes se amontonan a las puertas de mi teclado, amigos.

Houellebecq posiciona a François como narrador en primera persona de un futuro a la vuelta de la esquina, de una historia que algunos críticos han sabido equiparar a «1984», de George Orwell, llegando yo a la misma opinión que ellos, pues la terrible distopía del autor británico tiene peso en «Sumisión». Si François es Winston Smith, Myriam es a las claras Julia, su amante, y el rector Rediger es O’Brien, quien reconducirá al protagonista al redil de la perfecta sumisión a un solo dios, a un Gran Hermano. Mas Houellebecq camina por terreno fangoso sin hacer cristalizar sus ideas en algo coherente, pues comienza con un François aterrado ante la posibilidad de una guerra civil, haciéndole presenciar incidentes armados y la escena de un asesinato; pero todo con un frialdad que me dejó perplejo. François termina siendo un náufrago que encuentra una tabla de salvación y una mano amiga, como Winston Smith por medio de O’Brien, en el Islam; una nueva vida, una segunda oportunidad en la que reparar en cuestión de días y tras una lacia cavilación, siendo que se convence de abrazar la Fe de Mahoma al enterarse que un viejo profesor de facultad ha contraído nupcias con un alumna de segundo curso y se muere de envidia; así de claro y de simple: la conversión de François es pobre y mal llevada por Houellebecq, por mucho que le venga de perlas la molicie endogámica de nuestra privilegiada, decadente y nihilista sociedad occidental, de pelo grasiento y supuesta rebeldía del tipo “virgencita, que me quede como estoy, viviendo a lo grande”.

La sátira de Houellebecq termina siendo confusa, no en su meta, sino en su composición de escasa armonía y de una tibieza exagerada. ¿El Islam devorará nuestra corrupta y materialista sociedad, carente de moral y principios? No me cabe duda y será pronto, pero Houellebecq se quedó en el intento.

Lectura de 14 de Noviembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 760,5 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 13º
  • Higrómetro: 46%

martes, noviembre 07, 2017

Guardia de cine: «Uno, dos, tres»

Título original: «One, Two, Three». 1961. EEUU. 104 min. Blanco y negro. Director: Billy Wilder. Guión: I. A. L. Diamond y Billy Wilder, basándose en la obra «Egy, Kettö, Három» de Fernec Molnár. Elenco: James Cagney, Horst Buchholz, Pamela Tiffin, Arlene Francis.

Wilder lo deja claro en un mundo al borde de la destrucción: todos son unos idiotas sin excepción, denunciando el doble juego de la sociedad alemana y la irresponsabilidad de los bloques enfrentados

La ocasión la pintaban calva. El mundo estaba al borde de la guerra termonuclear, del choque final entre Occidente y la URSS; Berlín era el centro mismo del fin del mundo, una ciudad dividida por el (aún invisible) Telón de Acero. Las páginas de los periódicos oscurecían ante el terror cada vez más cercano. Todo se tornaba tan dramático por momentos que hubo algunos genios que trataron de hallar y abrir una válvula de escape que rebajara la tensión, al menos, durante una hora y media, dos horas como acostumbra la Industria. Si Stanley Kubrick filmó la extraña y divertida «Dr. Strangelove», Billy Wilder ofrecería al público «Uno, dos, tres», una obra no tan recordada que adapta cinematográficamente el libreto teatral de Ferenc Molnár, pero que mete el dedo en el ojo más que ninguna otra de la época, no dejando títere con cabeza gracias a un lenguaje del todo políticamente incorrecto y a unos personajes en un Berlín en el que los del Oeste actuaban como si no hubiera ocurrido nada desde 1932 (“¿Adolf? ¿Qué Adolf? Es que yo estaba en el subterráneo y no me enteraba de nada”) y en el que se ocultaban nazis con distintas y adaptables pieles; y en el que los del Este habían dejado atrás el acerado abrazo paternal hitleriano por el no menor apretado stalinista

La película está protagonizada por C. R. MacNamara (James Cagney), el sufridor y sufriente director de la fábrica de Coca Cola en Berlín occidental, quien aspira a dejar de ir dando tumbos por todo el globo con su familia a cuestas y obtener el preciado puesto de directivo en Londres. Mientras mantiene el núcleo familiar junto a su esposa Phillys, una mujer de carácter y nada sutil humor (“Sí, mein führer”), cuya compañía compagina con la de su fogosa secretaria, Fraulein Ingeborg, el Sr. Hazeltine, su superior en Atlanta, encarga a MacNamara que tutoree por un tiempo a Scarlett, su hija de 17 años en su estancia en la ciudad dividida, una escala más en su periplo por toda Europa. MacNamara, como buen hombre de negocios, ve la oportunidad de quedar bien con la compañía más allá de las cifras de ventas; lo malo es que no pensaba, ni por asomo, que la pequeña Scarlett Hazeltine era un tanto casquivana y que, para colmo, acabaría enamorándose de y casándose con Otto Piffl, un recalcitrante y rijoso comunista del Berlín oriental, con quien planea fugarse a Moscú (a donde habría que remitirle sus revistas de moda y cotilleo).

La cabeza de MacNamara peligra si el escándalo revienta las paredes de su despacho, por lo que urde una trampa para que el joven rojo acabe apresado al otro lado de la Puerta de Brandemburgo, en manos de las camaradas nada corteses de la Volkspolizei. Pero la noticia que trae el médico tras atender el desmayo de Scarlett da una vuelta de tuerca que enloquece la trama hasta límites insospechados, siendo que la mejor parte de la película transcurrirá en el sector soviético.

El guión da palos más hacia la Europa dividida que hacia la América capitalista, aunque, sin duda, ésta última se representa gracias a la escasamente iluminada cabeza de Scarlett. Para Wilder está claro: todos son unos idiotas sin excepción. Mientras, denuncia el doble juego de la sociedad alemana, hace otro tanto con el comunismo, con un Otto que inicia una frase denunciando el belicismo de Occidente y la remata con una nada velada amenaza, puramente bélica, contra el capitalismo; aunque la parodia es marxista (de los hermanos, no nos confundamos), a medida que el reloj corre, con un Otto en proceso de conversión (demasiado rápida y eficaz) al capitalismo (o a ser un comunista rico), llega a ser un incordio, pues los personajes no hacen otra cosa que gritar y gritar.

Ciertamente, no sé qué treta arguyó el director para poder grabar en el Berlín oriental, sobre todo la persecución en automóvil (el soviético desgajándose en cada curva), pero es una película que parece adelantarse a muchos hechos: su estreno data de 15 de Diciembre de 1961 y se filma con anterioridad a que las relaciones entre bloques se tensen hasta el punto de hacer realidad el Telón de Acero el 13 de Agosto de 1961; por otra parte, el guión aduce al idílico noviazgo entre la URSS y Cuba (“Ellos nos mandan puros, nosotros misiles”), siendo que EEUU descubriría las bases de lanzamiento en la Gran Antilla unos meses más tarde, provocándose la Crisis de los Misiles (14-28 de Octubre de 1962).

Wilder juega con el humor con un asunto muy serio, sobre todo siendo él (como toda su familia) una víctima de la maquinaria de exterminio nazi, con un discurso claramente enfocado a atacar los totalitarismos, se vistan del color que quieran con tal de ensombrecer sus verdaderas intenciones. A él no le engañan.

Lectura de 7 de Noviembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 758 (Variable). Encapotado
  • Termómetro: 13º
  • Higrómetro: 44%

lunes, noviembre 06, 2017

Nada del otro «El Jueves»

Entre los márgenes dignos de toda desconfianza del Recuerdo han quedado mis años de estudiante universitario. Durante aquellos días, entre otras muchas cosas, era lector de la revista satírica «El Jueves»; me encantaba zambullirme entre las páginas donde se leían títulos como “Historias de la puta Mili”, “Makinavaja”, “Ovideo”, “La parejita”, “Mamen”, "Clara de noche" y un largo etcétera, que formaban una agradable melodía canallesca de entretenimiento a la que volvías una y otra vez, sin importar un bledo el que te supieras de memoria cada renglón que rellenaba cada bocadillo.

Pero los tiempos cambian y los calendarios caen, los años pesan, la cintura se ensancha y la azotea se despeja de vello; los destinos escritos se emborronan con la lluvia o se confunden bajo el sol y uno termina en un lugar donde recibes esporádicas visitas, a punta de pistola, de un bandido que se emboza sin necesidad, pues le conoces como si le vieras cada mañana. En uno de tanto encuentros nada fortuitos, más que nada al descubrir que reciben «El Jueves» en la biblioteca pública, caí presa de una garras de papel barato y tinta más barata aún, con un contenido de bazar de decimoquinta mano. No podía creer qué tenía entre las manos. ¿Dónde estaban las historias que antes tanto me gustaban? ¿Qué ha sido de ellas? Preguntas que me impulsan a escribir este post.

Reconozco que quizás no haya tomado las suficientes muestras de laboratorio como para alcanzar una conclusión válida, pero no por eso desacertada; solo confirmo la sospecha de la actual (y seguro que de hace un tiempo) mediocridad de la publicación.

La revista que sale los miércoles siempre tuvo entre ceja y ceja muchos estamentos sociales a los que sacó jugo del bueno. Siendo que nuestro país se rasca siempre las liendres de la Política, no me sorprende que aún arranque cada número con un repaso particular a los distintos partidos, pero durante las últimas lecturas (nunca acabadas) solo he topado con un inaceptable panorama de pobreza intelectual. Este es tal que dedican el 90% de los chistes (malos) a los PePos (partido del Gobierno y, por ello, merecedor de una especial atención en el menú), pero lo más brillante y trufado que son capaces de dedicarles es el epíteto descascarillado de “fachas”: facha aquí, facha allá, águila de San Juan volando por esta viñeta (símbolo robado impunemente a los Reyes Católicos por Paca la Culona y sus acólitos y sobre el que han vomitado sus consignas; siendo que los dibujantes de «El Jueves» se han estudiado sus cuarteles más que quien diseñó la moneda de cinco duros) y Franco traído de entre los muertos en plan Lázaro o, más apropiadamente, en plan «Reanimator». ¿En serio que solo se os ocurre eso, muchachos?

A continuación le viene el turno a la siguiente víctima propiciatoria, los Sociatas, pero reducidos o mutilados por culpa del escaso arte cómico a la Sra. Susana Díaz, la cual recibe idéntico trato que los anteriores, recibiendo la chapa de facha en la pechera y de lameculos de los PePos. Y, para terminar (y digo bien terminar), le toca el turno a los Naranjitos, que reciben su particular pan con tomaca con los mismos ingredientes ya nombrados.

Pero, ¡sorpresa sin Isabel Gemio!, no hay señal de los Potemitos. Silencio como única señal acordada a la mano que les debe también dar de comer, y eso que Coleta-morada-jáu y sus colegas son duros de pelar en la competición que se marcan todos los colorcitos para ver quién suelta la parida más gorda, creyendo yo bien que van en cabeza en esta particular carrera de camellos de feria avanti tutti jorobi, pues la imbecilidad endogámica es como la peste.

Fui pasando las páginas casi de forma automática, solo chocando con el humor más zafio y ruin, de ese que se viste de seda pero mona se queda que tan de moda a puesto el Gran Wyoming, que de grande tiene poco y lo malo. Chistes gruesos y de moneda falsa; una carreta pesada tirada por bueyes, perdón, autores mediocres; colillas aplastadas tras la desbandada generalizada de hace unos años, tan solo quedando el veterano «Grouñidos en el desierto» como potable. Una edición partidista, roncera y falta de inteligencia, de prestado mensaje de decimotercera mano en el que la polémica solo se crea siguiendo aguas a determinado grupito que le paga igual de bien que el Banco Santander (patrocinador de su web la última vez que accedí a la misma; joder, os la dais de progres, “anticapitalistas” o lo que sea, «mirad qué guay somos que hasta nos la pone dura el independentismo catalán y secundamos la huelga “general”», y luego os tragáis como patos famélicos las migajas que os echa el tirano de las finanzas y que aparece en banners hasta en el cuarto de baño, ¡bravo! ¿qué sois en realidad?).

Paso las páginas, ni intento la lectura. Se me nubla la vista o es que la revista solo despide humo, de ese de cortina. Su contenido no interesa, es aburrido y simplista, de picadura repetitiva y acusica; de indio de película western de los años ’50, al grito pelado de ¡facha! y cuchillo para cortar cabelleras

Sí, supongo que hoy me habré ganado algún silbido como poco (no sería el primero pues ya tuve un encontronazo con uno de estos “artistas” en Twitter, que ya me dedicó el consabido insulto (¿para qué ser original o consultar el diccionario de la RAE en busca de otra perla de nuestra lengua?) cuando le respondí “inadecuadamente” a una pregunta hecha por él mismo sobre qué opinión le merecía a la parroquia una de las últimas polémicas que unían el mundo satírico ilustrativo con el de la apología del terrorismo).

A todo ello, cerrar, pues se me han acabado las ganas, con el apunte de que no soy el único antiguo lector de «El Jueves» que ha discernido, aún sin el lapsus temporal del que yo he disfrutado, este vacío decrépito, de ausencia y de que todo tiempo pasado fue mejor.

Lectura de 6 de Noviembre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 758 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 14º
  • Higrómetro: 44%

martes, octubre 31, 2017

Resumen de publicaciones de Octubre de 2017

Artículos
—Arnaldo Tamayo Méndez, el primer cosmonauta cubano https://goo.gl/VdgqDD

Colaboraciones con HRM
—Entrevista a Montserrat Claros con motivo de la publicación de su novela «El periplo del Talismán» http://www.hrmediciones.com/index.php/blog-rei/91-noticias/155-entrevista-a-montserrat-claros-el-periplo-del-talisman
—Entrevista a Miguel Ángel López de la Asunción, coautor el libro «Los últimos de Filipinas. Mito y realidad del sitio de Baler» http://www.hrmediciones.com/index.php/blog-rei/87-contemporanea/160-entrevista-a-miguel-angel-lopez-de-la-asuncion-javier-yuste

Reflexiones a la luz de la bitácora (opinión)
—Un 8 de marzo cualquiera https://goo.gl/1UFvxY

Reseñas
—Reseña a la novela «Homeland. La huída de Carrie», de la franquicia «Homeland» https://goo.gl/CqbDnS
—Reseña a la clásica cinta «Mujercitas», de 1949 https://goo.gl/DujbND
—Reseña a la novela de Hisako Matsubara «Samurai» https://goo.gl/FE8ZiA
—Reseña a la segunda temporada de la serie de TV «Chicago PD» https://goo.gl/SsXrrf
—Reseña a la novela de culto de ciencia-ficción «La mano izquierda de la oscuridad», de Ursula K. Le Guin https://goo.gl/g6JynG

Guardia de literatura: reseña a «La mano izquierda de la oscuridad», de Ursula K. Le Guin

Minotauro.
Barcelona, 1984
271 pág.
ISBN: 84-350.0442-2
Le Guin establece una mística en la dualidad guedeniana, prácticamente perfecta, un equilibrio entre la luz y la oscuridad que no varía, que es imperturbable; una dimensión que muchos entienden como de defensa, desde la ficción, de la libertad sexual y la tolerancia hacia cualquier tendencia o inclinación

La mano izquierda de la oscuridad es la luz, al igual que la mano derecha de la luz es la oscuridad. La duplicidad del ser humano, ya sea como ente individual o a medio de un tercero: un hermano, un amante o un extraño procedente de las estrellas.

Esta novela de la segunda mitad de la década de 1960 fue una de tantas adoptadas como guía de los movimientos contraculturales, narrada en primera persona por sus dos protagonistas: Genly Ai, un terrícola enviado por el Ecumen —que es una federación de planetas donde medra la especie humana—, y Derem Estraven, el primer ministro del reino de Karhide, caído en desgracia al apoyar la misión de Ai. El primero nos permite leer un informe oficial sembrado de locuciones y opiniones; el segundo su accidentado diario personal; y, entre medias, se introducen descansos en la historia a medio de mitos y leyendas orales de Gueden, un helado planeta en el que se desarrollan distintas civilizaciones de humanos hermafroditas que adoptan un rol, aspecto y sexo determinados una vez al mes, durante un celo denominado kémmer, tras el cual, si no hay concepción, vuelven a un estado latente asexuado.

La misión de Ai es la de convencer a las principales naciones de Gueden para que firmen un tratado de alianza comercial, que se unan a una especie de comunidad económica de mundos humanos, pero la situación política entre Karhide y Orgoreyn, que mantienen una guerra fría al estilo EEUU y URSS o, al menos, India y Pakistán, pone graves trabas a la labor del enviado terrestre. Ai ha de vencer cuantiosos escollos, siendo que, como humano, yerra y desconfía de Estraven, que es el único en quien debería confiar en un planeta que el Ecumen siempre ha denominado como Invierno; cae en un grave y fatal error, pues Estraven sí pretende que su país, Karhide, encabece el acuerdo con los hombres de las estrellas, cree ciegamente en Ai a pesar de ser un perverso (siempre está en kémmer, con un rol masculino), alguien tildado de embustero al hablar de vuelos por el espacio (algo imposible de comprender para los habitantes de Gueden, donde no existen animales voladores ni matemática alguna que sustente la posibilidad de elevarse en los aires).

Genly Ai recorre parte de Karhide y, al fracasar en la audiencia con el rey Agraven, pone rumbo al vecino Orgoreyn, convencido de que allí habrá más personas dispuestas a prestarle oídos y a firmar un tratado con el Ecumen, provocando un efecto dominó por todo Gueden. Ai decide cruzar la frontera en el momento en el que Estraven es declarado traidor y proscrito.

Ai, sin darse cuenta, se encontrará en un grave peligro del que saldrá con vida gracias a la intervención de Estraven, quien se jugará algo más que el tipo para salvarle, compartiendo ambos una traumática experiencia en el Norte del planeta, que permitirá al terrestre comprender el valor de la dualidad de los habitantes de Gueden, hasta el punto de considerarla como una superioridad mística.

El enfrentarse a las primeras páginas de «La mano izquierda de la oscuridad» es poco menos que un reto no acto para enclenques literarios. La lectura es apretada y de difícil ubicación en nuestra imaginación, pues nos lanza sin cintos ni seguros a un acto ritual de Karhide, sin que tengamos la menor idea de lo que nos rodea; nos arranca del útero de la normalidad para que nuestra carne sienta el mordisco de lo inhóspito, lo cual forma en el lector el erróneo razonamiento de que la novela va a ser un peñazo de los que hacen Historia. Sin embargo, la cosa pronto remonta y resulta ser incluso atractivo acompañar a Genly Ai a lo largo de sus encuentros con distintos guedenianos y por sus descripciones; aunque resultarán más interesantes los descansos: los mitos y leyendas de Gueden que el propio Ai trascribe a la palabra escrita en su informe.

La novela no es de aventuras galácticas, sino la representación de una cultura humana (sobre la que arroja sombra la tesis de la intervención de un ente superior en el desarrollo y evolución de las diferentes razas humanas diseminadas por la galaxia), en la que los dos personajes interactúan hasta una unión propiamente guedeniana, sin la intervención del sexo aunque el matiz hermafrodita de la población sea una constante agotadora, la luz y la oscuridad que asumen como propias las particulares disciplinas o credos que se practican y estudian en Gueden.

No es de aventuras y, en ocasiones, cuanta con ciertas notas de trama puramente política, pues el Enviado busca un acuerdo interplanetario, la cual puede hacer recular a muchos lectores que huyan de este tipo de argumentos. La aventura en sí puede que sea la evasión de Ai, con la ayuda de Estraven, de la granja (gulag) donde es internado en Orgoreyn; el recorrido de ochenta y un días por el Hielo. Pero, a pesar de su importancia por la unión y comprensión entre los dos personajes, alcanzando la dualidad, es tedioso hasta el punto de poder saltarse uno varios párrafos y no perderse nada, siendo que solo hay que atender a los diferentes incisos nocturnos dentro de la tienda de campaña.

De una narración que se anuncia como fatigosa, pasa a otra capaz de despertar la curiosidad del lector por conocer una civilización con decenas de miles de años a sus espaldas, estancada en la Edad Media tras haber vivido una etapa industrial de tres milenios; que conoce a un ser de otro mundo, embajador de una federación galáctica; pero también la tesis de que una sociedad como la guedeniana, en la que todos sus miembros pueden conocer de primera mano una masculinidad y feminidad efímeras, salvo durante el embarazo, y que los condena en el buen sentido a ser una raza que holla el planeta de forma pacífica. Le Guin establece una mística en la dualidad guedeniana prácticamente perfecta, un equilibrio entre la luz y la oscuridad que no varía, que es imperturbable; una dimensión que muchos entienden como de defensa desde la ficción de la libertad sexual y la tolerancia hacia cualquier tendencia o inclinación.

Antes de cerrar, he de hablar algo mal acerca de la traducción al castellano de la obra, a cargo de Francisco Abelenda en la edición que he leído, que es del todo mejorable, pues se introducen términos que, si no erróneos, suenan bastante mal y pobres en comparación con el texto en su conjunto. Increíblemente pobres para un traductor de hace décadas (no para un actual).

Lectura de 31 de Octubre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 757,5 (Variable). Despejado
  • Termómetro: 17,5º
  • Higrómetro: 43%

miércoles, octubre 25, 2017

Arnaldo Tamayo Méndez, el primer cosmonauta cubano

Hoy no causa sorpresa alguna el rosario de banderas que coronan nuestra órbita terrestre desde la Estación Espacial Internacional (ISS), aunque aún haya muchos países que siguen con los pies pegados a la Tierra. Vivimos una suerte de recuperación del anhelo por el espacio, de capa caída desde la entrada en la década 1980 y por culpa de una serie de desastres humanos y financieros a los que se sumaría el colapso de uno de los grandes contendientes de la Guerra Fría; aunque aún estamos dando los primeros pasitos, que no se engañe nadie.

La Carrera Espacial está plagada cuantiosos hitos y curiosidades y hoy quiero tratar un hecho relacionado con los países que se asomaban al espacio, con tutela de los hermanos mayores, como gesto de buena voluntad, hermanamiento o como se quiera denominar más acertadamente. En esta ocasión reseño un hombre a quien acabo de conocer y cuya historia me parece llamativa por cuanto no tenía la más mínima idea de que existiera un cosmonauta cubano, el cual me ha salido al quite mientras investigaba sobre la guerra de 1898; anécdotas de investigador por Internet, que nadie se asuste.

Pasando de página en página, como un Fox Mulder ante una hemeroteca en microfilm, encontré a Arnaldo Tamayo Méndez (Baracoa, Guantánamo, 29 de Enero de 1942), quien formó parte de la tripulación de la Soyuz-38, en 1980; el primer latinoamericano, de ascendencia africana, que flotó en el espacio.

Tamayo es uno de esos hombres a los que la Casualidad, la Suerte o cualquiera de esas esquivas diosas le sonrió en un momento de anodina rutina para un chico de campo que conoce lo que es trabajar desde muy niño y que es huérfano de madre en un país como la Cuba comunista de los años 1950. En 1959 se alistó a la Asociación de Jóvenes Rebeldes y obtuvo, poco más tarde, el acceso al Instituto Tecnológico cubano, donde se le presentó la posibilidad de viajar a la URSS para prolongar sus estudios. Tamayo quedó deslumbrado ante la oferta de convertirse en piloto militar en una escuela soviética, un sueño para un chaval que admiraba profundamente a Alexéi  Marésiev, uno de los ases de la segunda guerra mundial, quien llegó a combatir con piernas protésicas.

Poco sospechaba Tamayo por aquella que sería admitido en la URSS e integrado en un proyecto de colaboración soviético para el Espacio años después; pero no nos adelantemos en acontecimientos. 

Tamayo se encontraba estudiando en Rusia cuando Yuri Gagarin daba un discurso en la Plaza de la Revolución el 26 de Julio de 1961; en el Colegio de Aviación de Eysk, para ser más exactos, donde adquirió conocimientos y experiencias que, en 1962, le valieron el ingreso en las Fuerzas Armadas Revolucionarias como piloto de combate.

Involucrado de lleno en lo que podríamos denominar con palabras prestadas como Guerra contra el Enemigo imperialista, durante la Crisis de los Misiles (14-28 de Octubre de 1962) Tamayo realizó veinte vuelos de reconocimiento y, después (1967), fue destinado a Vietnam del Norte como asesor militar en materia de defensa antiaérea.

La carrera militar como aviador de Tamayo atrajo las miradas de la cúpula comunista y consideraron adecuada su participación en el proyecto de colaboración Interkosmos, a los que se adscribirían cosmonautas de países satélites y del Pacto de Varsovia.

De entre los cincuenta aspirantes cubanos, el último corte solo lo superaron Tamayo y José Armando López Falcón (La Habana, 8 de Febrero de 1950), preferentemente por su dominio del idioma ruso y su disciplina, ingresando en el Centro de Preparación Yuri Gagarin, donde ambos se complementaban, pero solo Tamayo llegó a obtener su plaza en la Soyuz-38 tras el examen de 18 de Septiembre de 1980, acompañando a Yuri Viktorovich Romanenko (Orenburg, 1944). López, por su parte, sería tripulante de reserva. La noticia de la selección fue dada por Raúl Castro en persona.

El 19 de Septiembre de 1980, a las 0012 horas, Cosmódromo de Baikonur (actual Kazajstán), despegaba la Soyuz-38, la cual se acoplaría al complejo orbital Salyut 6 (1977-1982) a las 2349 horas de Moscú. En la estación, durante los ocho días que Tamayo estuvo en órbita, junto con los habitantes de la misma, Leonid Ivanovich Popov (Oleksandriia, 1945) y Valeri Viktorovich Riumin (Komsomolsk-on-Amur, 1939), y su compañero de misión, se realizaron un total de veinte experimentos médicos, biológicos, físicos y técnicos propuestos algunos de ellos por la Academia de Ciencias de Cuba (el cultivo de monocristales orgánicos en microgravedad a partir de azúcar cubano; la exploración del país antillano desde el espacio para la explotación minera; unas sandalias especialmente diseñadas para contrarrestar la ingravidez y los primeros electroencefalogramas a humanos en gravedad cero, etc.).

Tras el regreso de Tamayo a la Tierra, fue considerado en Cuba un héroe nacional y agasajado como merece la ocasión. A subrayar la orden tajante e inapelable de Fidel Castro prohibiendo al cosmonauta volar de nuevo, todo fuera para evitar otra desgracia como la de Yuri Gagarin al perder (o se lo hicieron perder) el control de su MIG-15 el 27 de Marzo de 1968.

Hoy día, Tamayo conserva el sueño de volver a viajar al Espacio, ese que cumplió cuando tenía 38 años, como también el de ver a otro cubano ascender tanto como lo hizo él hace más de 35 años.

Lectura de 25 de Octubre de 2017 a las 1200 horas



  • Barómetro: 759 (Variable). Cirros
  • Termómetro: 15º
  • Higrómetro: 44%

martes, octubre 24, 2017

Guardia de televisión: reseña a «Chicago PD. Segunda temporada»

Título original: «Chicaco P.D. 2nd season». 2014. Drama policíaco. Varios directores y varios guionistas. Elenco: Jason Begde, Jon Seda, Sophie Bush, Jesse Lee Soffer, Patricka John Fluegue, Marina Squerciati, Laroyce Hawkins, Elias Koteas, Amy Morton, Brian Geraghty, Stella Maeve, Markie Post

Tras una tremenda primera temporada, «Chicago PD» decae en lo absurdo, con detalles imposibles de tragar

Cuando alguien tuvo la genial (y necia) idea de comprar los derechos de emisión de «Chicago PD» para TVE, debió estar convencido de que daría el pelotazo en cuanto a audiencias, pues todo lo que triunfa en EEUU (por lógica) debe hacer otro tanto en nuestro país. Yo en particular visionaba por las noches (de los jueves, creo) esos episodios en La Primera en un estado a medio camino del éxtasis: por fin una serie dura y ruda de policías que se dejaba la mitad del presupuesto o más en tiroteos, persecuciones en automóvil, exteriores y violencia, sin dar gotas de oxígeno a la ñoñería típica y al uso; una franquicia dedicada a una unidad de choque o comando K (aunque se la denomine de forma genérica como Inteligencia del distrito nº 12) que destila cierto tufillo a mafioso con un jefe sobre el que cuelga la sospecha de ser un corrupto y un aficionado a la brutalidad policial. Pero, como era menester, la producción se fue diluyendo en la parrilla de programación de TVE, llegando a emitirse sus últimos estertores a partir de las 0.00 horas, hasta que desapareció por completo, absorbida por los conductos de ventilación de aquello que no interesa al común de los mortales ante el televisor.

Os podréis imaginar el cante hondo de palabrotas que entoné con arte y salero. En tales situaciones, todos somos así de folclóricas.

TVE me dejó pocas opciones y todo por la puta audiencia hormigueante y deficitaria, más apegada a la vulgaridad de encefalograma plano. Me detuve ante un portal de descargas y me limité a esperar que la fibra hiciera su trabajo; ¿algo que objetar?

Llegar al último segundo de la primera temporada me dejó satisfecho, aunque, claro, estaba el hecho de que uno de los hombres de Hank Voight, el jefe de la unidad de Inteligencia, ha sido asesinado y el supuesto corrupto es el principal sospechoso (ese muerto es el personaje que encarna el actor Archie Kao quien, supongo, pediría su sacrificio al percatarse de que era un calco exacto de sus tiempos en «CSI: Las Vegas»).

Tenía unas inmensas ganas de seguir de cerca las andanzas de este grupo en su segunda temporada y, en cuanto tuve la ocasión (tras acordarme y tener tiempo para ello), me llevé los archivos a casa y me puse al tema. Entonces… 

¡Dios, qué error cometí al querer saber cómo seguía!

A pesar de que se mantiene toda la acción y hasta cuenta con interesantes incorporaciones, como la del agente Roman, esta es una temporada un tanto odiosa y decepcionante, comenzando con que se solventa el crimen con el que se da cierre a la primera y se airea el tema de la corrupción de Voight en 42 minutos, desperdiciando algo que podría haber sido la línea argumental de todo un año (los guionistas son americanos, no españoles, joder); encima, el brutal Voigh pasa a ser una especie de Papá Noel bonachón que se dedica a regalar futuros mejores a base de fajos de billetes, con un aire paternalista blandengue que se cuela por entre la arrugada frente de Jason Beghe y no le pega nada. Otro detallito aborrecible es la obsesión por calentar la cama de todos los de la unidad durante las gélidas noches de invierno, siempre precedidas de escenas de sexo anodino; una bochornosa fiebre de Cupido que resulta difícil de digerir, como el fugaz paso de Lindsey por el FBI a lo Kate Beckett de «Castle» o los globos que pega Jon Seda en las escenas de acción que protagoniza (el puño le pasa a medio kilómetro del rostro del sospechoso de turno).

Pero lo peor de todo, lo que ya me hace sudar sulfuro, es la estrategia obsesiva por cruzar los guiones de «Chicago PD» con los de hasta tres franquicias de la cadena. Varias historias nacen en dichos títulos y finalizan, en el mejor de los casos, en la Unidad de Inteligencia, pero hay una en particular que ni sabremos de su génesis ni de su conclusión entre los rascacielos de la Ciudad del Viento, como es aquella en la que Nadia es secuestrada por un asesino en serie; la trama nace en «Chicago Med» (desconocida para mí) y muere en la tediosa y abotargante «Ley y Orden. Sección de víctimas especiales»; te “enteras” de lo que sucedió al comenzar el siguiente capítulo con el resumen de “anteriormente…”. Joder, ¿de qué vamos?

Acabé frenético por beberme el vaso de la segunda temporada de «Chicago PD» hasta el fondo, incluidos los posos, y pasar a otra cosa. Sus únicos capítulos potables son los dos últimos, aunque estén gangrenados con la enfermedad que se manifestó desde el minuto uno

Quizá me moleste en buscar las siguientes temporadas, pero una mueca de desagrado en mi rostro, acto reflejo como respuesta a tal pensamiento, ilustra a la perfección lo que con toda probabilidad acabaré haciendo.