martes, mayo 16, 2017

Guardia de cine: reseña a «El halcón maltés»

Título original: «The Maltese Falcon». EEUU. 1941. Film noir. Blanco y negro. 100 min. Director: John Huston. Guión: John Huston, basándose en la novela de Dashiell Hammett. Elenco: Humphrey Bogart, Mary Astor, Gladys George, Peter Lorre, Sidney Greenstreet

«El halcón maltés» de Huston es considerada, por justicia, la primera película del género film noir por derecho propio

Una sola escena, en reluciente blanco y negro, es la clave: un detective, duro y frío, es abordado en su oficina por una turbadora femme fatale. Es la imagen arquetípica y trillada del acervo cinematográfico y cultural dedicado al género negro; incluso aquellos que hemos tratado de jugar en la división literaria de la investigación detectivesca hemos pecado y plagiado, detallando con nuestras absurdas palabras a lo largo de textos vergonzantes, esos dos personajes condenados a encontrarse. Algo tiene; una fuerza hipnótica irresistible; y «El halcón maltés» da comienzo con esa simple escena y no con ninguna otra.

La considerada como la primera película negra seria, es la tercera adaptación al cine de la obra homónima del autor norteamericano Dashiell Hammet, publicada por entregas a finales de 1929 en la revista pulp Black Mask. El relato fascinó al joven hijo de Jacob Wilk, productor de la Warner, quien no dudó a la hora de hacerse con los derechos antes que nadie.

El afirmar que las dos anteriores adaptaciones se inspiraban en la novela de Hammet es decir mucho, pues en nada se parecen en cuanto a argumento y contenido, siendo ambas piezas prescindibles de la serie B; pero no dejaba de ser una historia interesante, sobre todo para el guionista John Huston quien, por contrato, tenía derecho a dirigir una película para la Warner y optó por llevar «El halcón maltés» de nuevo a las salas.

Fiel a la obra literaria, Huston revolucionó a la Warner señoreando el guión y el storyboard, algo nada común en la época. Se creía con el suficiente poder como para ser un pequeño dios en el estudio, tanto como para negarse a aceptar como protagonista a la estrella de la productora que protagonizaba todas las películas de gángsters y criminales: George Raft. Huston no se entendía con Raft y el actor odiaba al novato director, pero no sabemos si tanto como odiaba a Humphrey Bogart, pues logró que lo despidieran pocas semanas antes de correr como la pólvora la novedad de la filmación de «El halcón maltés».

Huston seguía en sus trece y sabía que Raft se negaría a interpretar el papel del detective Sam Spade; y los productores de la Warner, sabiendo que Raft no tardaría mucho en ahorcarse el solito con la soga de su creciente fama, hicieron con él un “intercambio de cromos”, cambiándolo por Henry Fonda, que hasta entonces dormía entre los cojines de la Fox.

Con un problema menos entre las lustrosas manos, Huston hizo que regresara Bogart, sobre todo por el bien de éste último.

La historia de «El halcón maltés» es considerada, como ya hemos adelantado anteriormente, la primera del género film noir o el título con el que arranca la época dorada de este tipo de producciones, que abandonan la ridícula categoría de la serie B o de  puro relleno en las sesiones dobles. Aunque Huston no consiguió un presupuesto que la mereciera el calificativo de superproducción (500.000 $ de entonces), pudo contar con la suficiente libertad económica como para aportar a la gran pantalla las ideas que lo catapultarían al firmamento de los directores de Hollywood, así como a Humphrey Bogart, hasta entonces encasillado en papeles de gris secundario en filmes de gángsteres y vaqueros.

«El halcón maltés» sienta las base del género: un cínico y duro detective privado con una relación amor-odio con la autoridad; una chica bonita que se aferra a las rodillas del tipo duro implorando su ayuda mientras le susurra, entre sollozos, una historia difícil de creer; y un objeto que todos desean y que tiene cierto valor en vidas humanas, en este caso, el dichoso halcón maltés, un tesoro de los caballeros de la orden de San Juan de Malta que se perdió en un viaje hasta las costas españoles durante el s. XVI y que ha ido dando tumbos tan alegre por toda la geografía europea y cambiando continuamente de manos con el paso de los siglos.

Aparte de la ansiedad que nos produce el querer saber cómo se resolverá el embrollo criminal, Bogart aporta a su papel un elemento de cinismo, misoginia y crueldad que nos resultará incluso simpático: al poco de conocerlo sabemos que tiene un affaire amoroso con la esposa de su socio, cuyo cuerpo aún está caliente en la morgue, y veremos cómo dirige su negocio, algo digno de alabanza y aplauso, y se mueve entre pistolas, acusaciones de asesinato y mentiras de las más variopintas, sobreviviendo con una buena dosis de falta de rubor a la hora de ir cogiendo billetes de carteras ajenas.

Los rostros de los actores que rodean a Bogart nos son conocidos y salvo por Ingrid Bergman (que a poco es fichada para ser la femme fatale en «El halcón maltés»), todos repetirían en «Casablanca», siendo que es este filme el que sirve de debut, a sus 61 años, para Sydney Greenstreet, en su papel de Kasper Gutman, con el que obtuvo el Oscar al mejor actor secundario.

Es una excelente película dotada de un rabioso guión, nada que le impidiera ser nominada y merecedora de tres Oscar, pero no podemos apartar la mirada y callarnos la boca respecto a la existencia de escenas descuadradas para el espectador, quien no sabe a qué asirse, no dejándole otra que molestar al paisano de la butaca de al lado: nos encontramos en el escenario del asesinato de Miles Archer y nos atropellan con la noticia de la muerte violenta del tipo al que la supuesta dulce señorita de pueblo ha contratado a Spade y Archer para que lo vigilaran; y cuando el capitán Jacobi, de La Paloma, entra en el despacho de Spade y se desploma muerto con el halcón en las manos, nosotros no sabemos quién es y qué relación tiene con la trama, siendo el propio Spade quien se lo aclara a su secretaria y al público. Con decir que resulta forzado no nos quedaríamos a gusto.

Como cualquier buena película de la época que se precie, descansa en sus diálogos y en la violencia justa, sin fuegos de artificio ni cartón piedra para dotar de fondos a los escenarios y ser alimento de los actores; un filme que le permitió a Bogart ser cabeza de cartel hasta el día de su muerte.

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