martes, julio 04, 2017

Guardia de literatura: reseña a «Aventuras de Arthur Gordon Pym», de Edgar A. Poe

«Adventures of Arthur Gordon Pym»
Club Joven Bruguera, nº 33
Editorial Bruguera SA, Barcelona. 1981
267 págs.
ISBN: 84-02-08212-2
Una novela que inspiró a escritores de la talla de Julio Verne y H. P. Lovecraft; siendo la única incursión de Edgar A. Poe en el mundo de las narraciones prolongadas y un experimento que le llega a explotar en las manos

El rey del relato macabro y de misterio, quien cimentó el género negro, el creador de sombras más famoso e influyente de la Historia moderna de la Literatura, Edgar Alan Poe, trató de emular a otros grandes de su tiempo negándose a tan solo publicar breves narraciones, pasajes de corta vida en los que impregnar la pasión de un alma torturada. «Aventuras (o Narración) de Arthur Gordon Pym» fue su única incursión en el no siempre agradable mundo de la novela y ahí es donde lo podemos comparar con esos grandes, como es el caso de Oscar Wilde. Poe hace protagonista y narrador a un hombre, ya en edad madura, que relata unas vivencias de adolescencia que comienzan cuando se deja arrastrar por las calenturientas historias que le relata Augustus, su amigo y compañero de fatigas, todas ellas con lejanas y exóticas tierras y el mar como telón de fondo. Debemos asentir ante la presentación de Poe, muy acertada para atraer al público en aquella lejana década de 1830.

Sin embargo y en mi humilde opinión, el experimento le explota a Poe en las manos a pesar de que es una obra que ha pasado a los anales de la Literatura, llegando a inspirar a Julio Verne, quien escribiría una secuela bajo el título «La esfinge de hielo», y a H. P. Lovecraft, quien sentía verdadera admiración por esta novela que le serviría para dar forma a «En las montañas de la locura». Y afirmo esto de forma tan categórica obligado por el amargo regusto de una lectura árida, agotadora y que encierra escasos instantes de lucidez y originalidad en el desarrollo de la trama.

Para abrir boca es como si Poe diera rienda suelta a una especie de obsesión malsana por la muerte por inanición, algo que es constante en estas aventuras inacabadas. Obsesión que provoca buena parte de la aridez ya comentada y que domina la novela en casi tres cuartas partes de la misma; como botón de muestra más que representativo el relato exhaustivo del encierro de Pym como polizón a bordo del bergantín ballenero Grampus, al que le sigue la pormenorizada relación de sucesos por parte de Augustus tras el motín contra el capitán Barnard. A esto debemos sumar cuando el Grampus termina sus días como un peligroso derrelicto en el que sobrevivirán a duras penas cuatro desdichados, aunque es entonces cuando se alcanza el clímax de la novela: la escena del buque presumiblemente holandés, tripulado por esqueletos (en clara alusión a la famosa leyenda) y aquella otra en la que los náufragos han de recurrir al canibalismo; clímax que desfallece cuando Poe, de forma inexplicable, obliga a Pym a narrar los hechos a modo de diario, algo del todo inverosímil y error en el que autor caerá nuevamente más adelante.

Cuando las aventuras a bordo del Grampus tocan a su fin, Poe no tiene “mejor” idea que someternos a una fría relación de datos geográficos, históricos y de fauna y flora extraídos de alguna enciclopedia o de las columnas de periódico referidas a las expediciones en las latitudes australes, tan en boga durante aquella época; detalles estos que no apreciará el lector cuando se le obligue a pasar de una narración pormenorizada a otra “acelerada”. Los dos únicos supervivientes del Grampus, Pym y Peters, son rescatados por la goleta Jane Guy, momento en el que arranca la segunda parte de la novela mediante la introducción de los datos objetivos reseñados antes, con ambos hombres enrolados en una expedición hacia el Sur (la lectura de coordenadas será una constante que nos pondrá a prueba); y es aquí donde Poe desvaría acerca de animales y hasta razas humanas, todo ello sin sustento científico alguno, que hace caer al relato en la más pura fantasía para rellenar huecos en blanco. Así sabremos de los Tsalal y su traición para con los hombres de la Jane Guy, y del viaje al Sur que Pym no termina de narrar o es interrumpido de forma abrupta (como último recurso clásico de tensión dramática), a un lugar cálido donde se haya un ser extraño, quizá sobrehumano.

A esto me molesto en añadir que Poe sufre varios deslices en su prosa, pues no parece que esté muy al tanto de qué tipo de mástiles posee un bergantín (que me corrija alguien si me equivoco, pero un navío de esa clase no posee un palo de mesana (sí trinquete y mayor (de estos últimos, cuantos necesite)), mas si cabe cuando, de lo que se extrae de la lectura, el Grampus solo contaba con dos mástiles), así como de los días que puede aguantar un ser humano sin tomar líquido alguno.

Aunque «Aventuras de Arthur Gordon Pym» sea una obra que llevaba largos años deseando leer, sobre todo desde que escuchara sus primeros compases en «Historias», de RNE, la experiencia se me ha hecho obscenamente cuesta arriba, quizá debido a la disasociación temporal, cada vez más amplia, entre los ojos y mentes de Poe y sus contemporáneos y los míos, ya entrados en el s. XXI. Pero tampoco debe ser esa la única razón, pues siempre he disfrutado mucho del resto de obras firmadas por este genio de las Letras norteamericanas y compunge mi corazón el tener que leerle la cartilla a Poe por culpa de esta novelita.

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